Los reyes de la calle
Luis Enrique Anguiano
Vas
manejando tu coche por alguna de las calles del centro y una combi que venía
por una de las laterales se pasa el alto que le correspondía a su carril en un
alarde de irresponsabilidad, tú lo que haces es tocar el claxon y mentársela al
tipo pero no eres capaz de acelerar, alcanzarlo y hacerle ver su error ¿Por
qué? Pues porque el de la combi ya va algo lejos, el semáforo sigue en rojo y
que lo alcanzaras tendría que ser una maniobra harto peligrosa de rebasar en
pleno centro. Ni hablar de que te sacaría de tu ruta y eso haría que llegaras
mínimo media hora tarde a tu reunión con Julieta y eso si Julieta desea
seguirte esperando.
Así
que dejas que se vaya, que se mate el pinche güey y que mate a los otros incautos
que pusieron ciegamente su destino en las sucias manos de ese bruto, ese
analfabeto vial, ese maldito escuchacumbias poeta del piropo y artista de la
charla furtiva con sus colegas transportistas de gente incauta.
Las
tropelías de los malos conductores hacen que a uno le lleguen dudas y se
plantee varias cosas: la primera es ¿por qué diablos los semáforos siguen
siendo tres focos de colores y no una pluma como la que hay a la entrada de
ciertos barrios nice? Así nada de
volarse altos. Con una planeación presupuestal adecuada se puede hacer ese
cambio o ya de perdida darle chamba a dos que tres “indigentes” que andan por
ahí.
Otra
opción sería, por ejemplo, poner dos timbres en las combis: el rojo del pitido
de toda la vida y otro de color amarillo que estuviera conectado a un sistema
sencillo de choques eléctricos. Si te vas a bajar y el de la combi se portó
bien, rojo, caso contrario, amarillo. Además, las descargas eléctricas harían que
la batería se muriera pronto y la
combi quedaría parada sin poder circular más.
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| Foto: Cambio de Michoacán |
Una
solución ya más general sería poner un letrero a cada taxi, urbano, combi, etc.
en el que se describiera los hábitos viales del chofer: un vistoso naranja
fluorescente y el adjetivo imbécil
para los que manejan de forma desconsiderada. Para los otros, un azul cielo y
letras negras que recen “este hombre posee hábitos de manejo casi kantianos” y
no es que Kant fuera muy bueno al volante, dicen que el vato murió virgen y sin
saber qué cosa era un Ford Focus, sino por aquello de que los máximos valores
son la responsabilidad y la racionalidad.
Conozco
gente que maneja así, de forma kantiana. Mi hermana, por ejemplo, que maneja
muy bien aunque me hace llegar tarde cada que me da ride. Los conductores kantianos deberían ser los amos y señores de
las rutas viales, pero la realidad es que son más bien los malos conductores
los que ostentan la corona. Y todo por gandallas.
Otra
cosa que podríamos hacer con los malos conductores del transporte público
sería, básicamente, dejar de usarlo y comenzar a procurarnos medios
alternativos como la bicicleta, el triciclo, las piernas, el aventón
intra-citadino o la teletransportación. Eso de las piernas no suena tan
descabellado, todos los usuarios del transporte público tenemos una anécdota en
la que alguien se sube a la combi sólo para bajarse tres o cuatro cuadras
adelante. Siendo personas mayores o mujeres embarazadas, lo entiendes, pero
¿esas niñas bien que van allá y ríen
y hacen ruido de manera pubescente en su trayecto al cine que pagaron 6 pesos
cada una con tal de no caminar? No me jodas.
Así
como hay malos choferes, también hay malos pasajeros. Por ejemplo el chuntarito
que se acaba de subir, y no lo digo por su singular peinado, su bigotito
chocomilero o la combinación surreal de sus ropas, sino por el volumen de su
celular y las canciones que ahí se van reproduciendo. O los dos chavos que van
presumiendo sus hazañas de cama y hablan sin tapujos de lo fácil que fue
tirarse a sutana o a mengana (la única vez que me tocó presenciar eso, un señor
que iba en el asiento del “¿le pasa, por favor?” les levantó la voz y les
ordenó que dejaran de decir tantas babosadas y que mostraran respeto para con
los demás, que esa no era manera de hablar sobre las mujeres y menos delante de
tanta gente. Los chavos se callaron, pusieron cara de mal diagnóstico médico,
miraron fijamente al suelo y lo único que salió de sus bocas fue “¿estudiaste
para el de cálculo?” y la respuesta “no”).
Los
años de ride me han enseñado que en la carretera se puede conocer a mucha y muy
florida gente. Tiene lógica: es el lugar que todos deben ocupar antes de ocupar
otro lugar. Tanto los malos choferes como los malos pasajeros irrumpen en los
contextos e inevitablemente te provocan el deseo de levantarte de tu asiento e
irrumpirles la dentadura.
Cuesta
algo de trabajo ser un buen chofer, ser un buen pasajero es sumamente fácil. La
cultura vial cuesta, pero es preferible que te cueste algunas tardes de regaños
de tu profesor de manejo o quien sea que te está enseñando a que te cueste la
vida de alguien más. También es mejor que te cueste algo de paciencia escuchar
tu música favorita en casa o con audífonos a que te cueste una considerable
cantidad de dinero que irá a parar al bolsillo de algún dentista.
O
cirujano plástico si la cosa se pone realmente mal.



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