domingo, septiembre 30, 2012

EL IZCUINTLE: Los reyes de la calle



Los reyes de la calle

Luis Enrique Anguiano


Vas manejando tu coche por alguna de las calles del centro y una combi que venía por una de las laterales se pasa el alto que le correspondía a su carril en un alarde de irresponsabilidad, tú lo que haces es tocar el claxon y mentársela al tipo pero no eres capaz de acelerar, alcanzarlo y hacerle ver su error ¿Por qué? Pues porque el de la combi ya va algo lejos, el semáforo sigue en rojo y que lo alcanzaras tendría que ser una maniobra harto peligrosa de rebasar en pleno centro. Ni hablar de que te sacaría de tu ruta y eso haría que llegaras mínimo media hora tarde a tu reunión con Julieta y eso si Julieta desea seguirte esperando.
Así que dejas que se vaya, que se mate el pinche güey y que mate a los otros incautos que pusieron ciegamente su destino en las sucias manos de ese bruto, ese analfabeto vial, ese maldito escuchacumbias poeta del piropo y artista de la charla furtiva con sus colegas transportistas de gente incauta.
Las tropelías de los malos conductores hacen que a uno le lleguen dudas y se plantee varias cosas: la primera es ¿por qué diablos los semáforos siguen siendo tres focos de colores y no una pluma como la que hay a la entrada de ciertos barrios nice? Así nada de volarse altos. Con una planeación presupuestal adecuada se puede hacer ese cambio o ya de perdida darle chamba a dos que tres “indigentes” que andan por ahí.
Otra opción sería, por ejemplo, poner dos timbres en las combis: el rojo del pitido de toda la vida y otro de color amarillo que estuviera conectado a un sistema sencillo de choques eléctricos. Si te vas a bajar y el de la combi se portó bien, rojo, caso contrario, amarillo. Además, las descargas eléctricas harían que la batería se muriera pronto y la combi quedaría parada sin poder circular más.
Foto: Cambio de Michoacán
Una solución ya más general sería poner un letrero a cada taxi, urbano, combi, etc. en el que se describiera los hábitos viales del chofer: un vistoso naranja fluorescente y el adjetivo imbécil para los que manejan de forma desconsiderada. Para los otros, un azul cielo y letras negras que recen “este hombre posee hábitos de manejo casi kantianos” y no es que Kant fuera muy bueno al volante, dicen que el vato murió virgen y sin saber qué cosa era un Ford Focus, sino por aquello de que los máximos valores son la responsabilidad y la racionalidad.
Conozco gente que maneja así, de forma kantiana. Mi hermana, por ejemplo, que maneja muy bien aunque me hace llegar tarde cada que me da ride. Los conductores kantianos deberían ser los amos y señores de las rutas viales, pero la realidad es que son más bien los malos conductores los que ostentan la corona. Y todo por gandallas.
Otra cosa que podríamos hacer con los malos conductores del transporte público sería, básicamente, dejar de usarlo y comenzar a procurarnos medios alternativos como la bicicleta, el triciclo, las piernas, el aventón intra-citadino o la teletransportación. Eso de las piernas no suena tan descabellado, todos los usuarios del transporte público tenemos una anécdota en la que alguien se sube a la combi sólo para bajarse tres o cuatro cuadras adelante. Siendo personas mayores o mujeres embarazadas, lo entiendes, pero ¿esas niñas bien que van allá y ríen y hacen ruido de manera pubescente en su trayecto al cine que pagaron 6 pesos cada una con tal de no caminar? No me jodas.
Así como hay malos choferes, también hay malos pasajeros. Por ejemplo el chuntarito que se acaba de subir, y no lo digo por su singular peinado, su bigotito chocomilero o la combinación surreal de sus ropas, sino por el volumen de su celular y las canciones que ahí se van reproduciendo. O los dos chavos que van presumiendo sus hazañas de cama y hablan sin tapujos de lo fácil que fue tirarse a sutana o a mengana (la única vez que me tocó presenciar eso, un señor que iba en el asiento del “¿le pasa, por favor?” les levantó la voz y les ordenó que dejaran de decir tantas babosadas y que mostraran respeto para con los demás, que esa no era manera de hablar sobre las mujeres y menos delante de tanta gente. Los chavos se callaron, pusieron cara de mal diagnóstico médico, miraron fijamente al suelo y lo único que salió de sus bocas fue “¿estudiaste para el de cálculo?” y la respuesta “no”).
Los años de ride me han enseñado que en la carretera se puede conocer a mucha y muy florida gente. Tiene lógica: es el lugar que todos deben ocupar antes de ocupar otro lugar. Tanto los malos choferes como los malos pasajeros irrumpen en los contextos e inevitablemente te provocan el deseo de levantarte de tu asiento e irrumpirles la dentadura.
Cuesta algo de trabajo ser un buen chofer, ser un buen pasajero es sumamente fácil. La cultura vial cuesta, pero es preferible que te cueste algunas tardes de regaños de tu profesor de manejo o quien sea que te está enseñando a que te cueste la vida de alguien más. También es mejor que te cueste algo de paciencia escuchar tu música favorita en casa o con audífonos a que te cueste una considerable cantidad de dinero que irá a parar al bolsillo de algún dentista.
O cirujano plástico si la cosa se pone realmente mal.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Deja tu comentario aquí