Wrestlemania
pibil
Rígel Solís Rodríguez
Aquella noche de octubre
yo debía de ir al Festival de Improvisación Libre, Free Jazz y Noise, más bien
quería ir, de hecho iba a ir. Pero de última hora, faltando tres para la cita,
mi chica puso a mi disposición un lugar en Ring Side para ver el espectáculo de
la World Wrestling Entertaiment, WWE, como parte de su gira Raw World Tour en
el mismísimo estadio Kukulkán, hogar del pelotero equipo Leones de Yucatán. Un
snob como yo, con profundas raíces populacheras, no debía ni dudarlo por medio
segundo, tenía que aceptar a la primera y lanzarme al masivo entretenimiento de
los lances, llaves y contrallaves, sin embargo, le di varias vueltas al asunto
antes de plantar a los músicos de vanguardia.
El festival, llamado
Cha'ak'ab Paaxil (“música libre”, en maya) es un evento anual de free jazz,
improvisación electroacústica y noise en Mérida, y que en esta su cuarta
edición pintaba exquisito e imperdible. En mi mente se armó tremenda trifulca
entre la música y el show de tipos musculosos, viejas buenotas y demás
parafernalia que Darren Aronofsky, con Mickey Rourke y Marisa Tomei, pusiera en
evidencia en su gustada película The Wrestler. Empecé a formular y asignar
ventajas a la fucking lucha gringa: la neta, la lucha libre está en la
categoría de arte, al menos la mexicana, es teatro, performance, oratoria,
danza, literatura, diseño y en fin. Además un evento así en este pueblo con
ganas de ser gran urbe también resultaba imperdible.
Y ahí nos tienen a mi nena
y a mí en la novena fila listos para la catarsis luchística, es decir, mamarse
y gritar pendejada y media a los luchadores, réferi y todo el que se pueda.
Digo, si hasta en los tinacos hay niveles porqué chingado no en una sociedad
clasista como la meridana y me imagino del resto del país. Porque una cosa es
ir a la grada, en casa de su rechingada madre, y otra ir al ring side para ver
de cerquita a los ídolos y divas del cuadrilátero. Así que ahí, entre chavas
fresas, hijos de papi y demás gente bonita, estaban desde el zar de los taxis
hasta el próximo gobernador de Yucatán. ¿Que cómo sé que es el próximo
mandamás? Coño, no lo sé, pero eso dicen.
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| "Sin titulo" _ Luan Mart |
O sea, este aspirante a
gobernar la mítica tierra del Mayab no iba a meterse a un concierto de free
jazz y otras jaladas con veinte intelectuales que lo pudieran cuestionar y
cagotear. Yo sí, que soy retepretensioso y no soy hípster sólo porque me paso
de feo y simpático y no tengo dinero para comprarme ropita de marca. Así que el
que suspira por la silla gubernamental vio la oportunidad para darse un baño de gentío y saludar, como
un divo más, a los de cerca y los de lejos, para que vieran que es de pueblo y
come kibis con repollo picado y chile habanero, marquesitas de queso de bola,
toma su cerveza Montejo y dispara los chicharrones con salsa botanera y las
papas a la francesa con salchicha frita.
¡Cofiiiii, saca la mota!
Gritaba el borracho que se sentó en mi lugar numerado I-29. ¡Que salga la
Parka! Y el niño de al lado le explicaba que esto era la W, no la Triple A. Díganme
si esto no es catarsis. Las nenas vueltas locas y uno que otro machín a punto
de por fin declararse gay tras la salida de John Morrison. La sabrosa Beth
Phoenix dándole sus nalgadas a la Kelly Kelly estuvo de alharido. Así nos
divertimos los superfluos, esto también es exquisito. Y cuando sale Alberto del
Río la función apunta derecha la flecha al clímax de la noche. Te digo que es
un montaje muy bien planeado y llevado a ejecución. El mexicano toma el
micrófono y prende a la banda, lo amas o lo odias, con él no hay mamaditas.
Y del Río terminó de
llevarse la noche junto con la mayoría de las mentadas de madre, partiéndole la
suya a John Cena y perdiendo por descalificación. Esto no es lo mismo que la
lucha libre mexicana ni mucho menos la local, vaya, se parece un tanto pero no
es igual. Y también es verdad que a los gladiadores mexicanos de antaño les
costó un huevo y la mitad del otro elevar su práctica a las intangibles e
inexplicables emociones y sensaciones que sólo el arte puede producir, para que
la cultura mediática megalómana del mainstream impuesto por el aparato gringo
acabara convirtiéndola en un show banal que, sin embargo, disfrutamos como
niños y nos permite escapar de la puta realidad atroz que nos juega el culo día
con día.
Cierto que no se vio como
en la televisión, vaya, como que nos estafaron un tanto, ya que no trajeron la
parafernalia completa, pero también cierto que por la tele no se llega al
paroxismo de la experiencia en vivo y en caliente que conduce a eso que
catarsis le dicen. Y cuando íbamos buscando la salida del estadio, reconocí
entre el personal de seguridad al maestro Lobo Salvaje, leyenda viva de la
lucha libre yucateca. Lobo, hubieras subido y les rompías la madre, le dije al
tiempo que deslizamos las palmas y chocamos los puños. Pedimos la reta pero nos
tuvieron miedo, me contestó sacándome la sonrisa. Y acabé de irme con la
garganta destrozada, la mente alegre y el alma borracha.



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