Mo
Pablo Leal
Al llegar a donde estaba el guardia de la entrada tuve un incómodo
presentimiento, me acerqué a él (se distinguía de los invitados sólo por un
pequeño pañuelo rojo emergiendo del bolso pectoral de su traje, todo lo demás
era igual, un sombrero de copa, una corbata de moño, y un traje impecable) me
observó un momento, sin expresión alguna y dijo después - ¿se le ofrece algo?
- Si -contesté – ¿me permite entrar?
Él me observó con extrañeza y señalando mí cabeza dijo- lo siento, no te
puedo dejar pasar sin un sombrero apropiado-. Supongo que mi humilde gorro
tejido no era suficiente.
- Puedes ir a Mo- dijo para darme ánimo- no queda muy lejos, debes haber
pasado por ahí para llegar aquí. En Mo podrás abastecerte de sombreros.
¡¿Abastecerme de Sombreros?! ¿Acaso necesitaba más de uno? En fin, agradecí
su tenue y fingida amabilidad y salí rápidamente a Mo; tuve que ir corriendo
cuesta abajo para no llegar tarde, ya abajo crucé el puentecillo de madera del
riachuelo, un lugar refrescante y sombreado, luego seguí por el camino unos
metros más, antes de dar esa repentina curva de la vereda que parece
estrellarse contra una sólida pared de árboles y piedras. Después de rodear el
obstáculo me sentía ya un poco agobiado, a partir de ahí el camino era recto
ininterrumpido en esa planicie y al final
podían verse las pequeñas casa de Mo. No faltaba mucho, tal vez un
kilómetro solamente.
El sol era abrasador, incluso pensé en abandonar la tarea, pero no era posible,
necesitaba entrar, aún si para ello debía caminar (correr más bien) toda la
calzada atrás para comprar un ridículo sombrero. En fi, en unos minutos logré
llegar a las orillas de Mo, los perros me recibían oliéndome los zapatos, un
hombre trabajaba curtiendo pieles cerca del camino y el trigo de la planicie se
ondulaba armónicamente con el viento fresco que venía de las montañas. Llegué
al primer negocio del camino y toqué la puerta con unas monedas. El sujeto
tardó unos instantes en abrir.
-Oh, pase, pase – dijo con una rasposa y graciosa voz- no esperaba clientes de ustedes el día de hoy
¿No se le hará tarde? Lo mismo le pasó a un joven que vino la semana pasada,
¡Bah! Y tuvo que quedarse un rato aquí hasta que cesara la ventisca, pero
estuvo bien, pude contarle del tiempo cuando yo frecuentaba ese lugar también,
pero ya no lo hago joven, ahora vendo sombreros a quienes eran como yo, creo
que mi hermana aún asiste…
No quería ser descortés pero tenía prisa, y todos saben que un viejo
solitario no es de mucha ayuda cuando se debe resolver un asunto rápidamente.
-Ah… buenos días- interrumpí, tal vez muy bruscamente- quisiera comprar un
sombrero, es necesario par la reunión.
- es cierto, ¡no va a entrar con ese harapo en la cabeza joven! Recuerdo
cuando yo fui por primera vez, me ocurrió algo similar ¿sabe? Pero por surte mi
padre iba conmigo y me permitieron entrar tuve sirte esa vez…
- Está bien señor- volví a interrumpir- ¿me podría mostrar lo que tiene?
-Claro joven, mire tengo sombreros de copa alta, mediana y unos bombines
también, creo, se los mostraré en seguida.
Era estresante ver al anciano menearse sobre su bastón caminando para abrir
la vitrina central del negocio, parecía una eternidad.
-Mire joven – dijo – aquí están, los de copa alta cuestan doscientos
cincuenta el kilogramo, los bombines cuestan ciento treinta el kilogramo y…
- ¿Perdón? ¿Los vende por kilogramo?
![]() |
| Othón Ramírez Ruvalcaba |
El hombre me miró con altanería, como si fuera lo más normal del mundo
vender sombreros por kilogramo.
- Ah… si joven, en efecto. Sería ridículo que comprara uno sólo, ¡No podría
llegar ni a la mitad del camino con él a salvo! Es más, yo le recomiendo,
considerando como han estado las cosas últimamente, que llevara entre 1kg y
1.5kg de sombreros, con esos será apenas suficiente.
¿Qué le pasa a este anciano? ¿De que demonios hablaba?- pensaba. En fin,
viejo o no debe saber más que yo de estos asuntos.
- Está bien señor seguiré su consejo – dije un poco dudoso - ¿Podría darme
1.5kg de bombines?
- Claro joven, y como es mi primer cliente del día, y considerando la
situación, le daré 2kg por sólo tres monedas más.
No entendía para nada, pero accedí y le pagué la suma acordada. Rápidamente
me dirigía a la puerta cuando me detuvo.
- ¡Joven! – Bramó – no olvide llevar siempre un sombrero puesto cuando vaya
por el camino de regreso, si no lo hace podría perderse, la vereda lo engañaría
y lo llevaría lejos de su destino. Si lleva un sombrero podrá evitarlo y lo
llevará justo a donde quiere ser llevado.
Desconcertado asentí secamente y salí del lugar, pero al voltear hacia el
camino, hacia el llano ¡éste no estaba! En su lugar había un gran desierto
arenoso, el camino serpeaba entre las dunas, medio tapado por la arena. Sin más
que hacer comencé a caminar con un sombrero en la cabeza y el resto apretados
contra mi pecho. Soplaba una suave y fresca brisa, aunque esa verde hierba, el
trigo, las montañas y la planicie habían desaparecido por completo.
Desconcertado traté de seguir el camino, con arena en los zapatos y un futuro
incierto. Pasó un rato, me iba a ajustar el sombrero, pensando en el consejo
del viejo, pero ya no estaba ¡se había esfumado! Me detuve en seco y miré
alrededor, no había nada más que arena, el viento no era tan fuerte como para
habérmelo arrebatado: simplemente desapareció. Un poco consternado me coloqué
otro y seguí caminando. A lo lejos se veía algo similar a un oasis, a donde el
camino llevaba. Durante mi andar el camino se tapaba con arena y al reaparecer,
barrido por el viento herbal, tenía un rumbo completamente distinto, tocaba mi
cabeza y no había ningún sombrero, me colocaba uno nuevo y en unos segundo la
arena descubría el verdadero camino. Así fue varias veces hasta que llegué al
oasis, por el que pasaba el riachuelo, parecía que todo estaba en orden
entonces, excepto por aquella pared de árboles y rocas (ya no estaba). En fin,
crucé el río por el puente de madera y comencé a subir la cuesta, que no se
veía desde el camino. Al acercarme a la cima todo estaba en orden, las paredes
de setos finamente recortados y el guardia con su pañuelo rojo. Era algo
extraño. El guardia me observó un momento, sin expresión alguna nuevamente y yo
volteé hacia atrás, hacia Mo… ¡Y ahí estaba! Estaba el río entre los árboles,
la pared, la brusca curva, y el largo camino sobre la planicie; el trigo se
ondulaba, las montañas se alzaban imponentes
a ambos lados, y allá lejos se veían los reflejos del sol en las
pequeñas ventanas de las casas de Mo, apenas unos puntos de luz que impactaban
directo a la entrada, al guardia tras de mi.
-Veo que ya ha regresado – dijo gravemente el guardia – los bombines ya no
son muy comunes pero creo que no hay problemas. Pase.
Agradecí y entré, con las manos vacías, sin ningún sombrero más que el que
llevaba puesto. Un jardín separaba a la entrada de las escaleras que conducían
al interior del edificio y en medio de él yacía una gran piedra mohosa.
Atravesé el jardín y llegué al pie de las escaleras, muchas personas más,
increíblemente parecidas, entraban y salían del lugar. Subí y entré en la
primera puerta a la derecha, la verdad no sabía el orden pero seguí a un
pequeño grupo que discutía asuntos intelectuales y supuse que sería la opción
correcta. Al entrar a ese gran salón el pequeño grupo al que seguía se disolvió
entre la monótona masa de personajes iguales que ya estaban ahí. Todos ellos
permanecían inmóviles, con las manos en los bolsillos y observando el decorado
del techo sin expresión, ruido o murmullo alguno. Intermitentemente alguno de
ellos fruncía el seño y movía la cabeza para ver bien, como si algo anduviera
mal con lo que observan, después de un momento, con otro punto de vista volvía
a quedar inmóvil observando el techo.
- Creo que este no es mi lugar – pensé, y sigilosamente salí del salón.
Seguí a otro pequeño grupo de aparentes intelectuales por un pasillo aledaño y
alfombrado con un rojo intenso que chocaba con el mármol del resto del suelo.
El nuevo grupo entró en una puerta entreabierta que tenía implantado el número
XXI; entré con ellos. Éste era más pequeño que el anterior, pero también
carecía de mueble alguno, tenía piso de madera y un techo más bajo. En el
centro del cuarto había un niño, trajeado también, acostado boca abajo
bruscamente sobre el suelo, el vaho que emanaba de su nariz empañaba el
brillante piso barnizado. Tenía los brazos y las piernas abiertas cual
estrella, y permanecía ahí inmóvil, a excepción de su suave y calmada
respiración.
Los hombres a los que seguía lo observaban detenidamente e intercambiaban
uno que otro comentario, en una lengua extranjera, de vez en cuando. Mientras,
el muchacho permanecía inmutado.
- Este me parece más familiar, pero tampoco es mi lugar – pensé un tanto
desorientado.
Salí del cuarto acompañado del crujir de las maderas del suelo a mi paso.
Sin nada más, sin ninguna otra opción me dirigí al final del pasillo donde
había una puerta más pequeña que, a diferencia del resto, no era asquerosamente
blanca, adornada y reluciente, sino que mostraba su color natural, maltratado y
un tanto obscuro, obscurecida tal vez por la luz matinal que entraba por la
ventana del pasillo. Al llegar a ella tomé la perilla y la giré suavemente, con
un fuerte crujir de las bisagras entré al cuarto, más pequeño, más pequeño aún
que los demás, pero igual de elegante y pretensioso, carente de muebles. Y ahí
estaba, frente a mí, al fondo del cuarto estaba Mauricio, sentado en una silla
muy cerca de la pared, observándola fijamente sin ruido, murmullo o expresión
alguna.
Con una sonrisa tal vez, me acerqué a él y coloqué mi mano sobre su hombro,
como una pequeña palmada muestra de mi afecto. No se inmutó en lo absoluto. En
cambio continuó observando fijamente la pared.
- ¿Mauricio? – le dije al ver que no reaccionaba, pero nada; permaneció
inmóvil viendo la pared. Lo moví un poco con la mano y repetí su nombre con más
fuerza, pero nada.
- Es muy tarde – pensé. Y resignado bajé la cabeza y me recosté en una
esquina del cuarto.



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