miércoles, agosto 01, 2012

LOS IRREVERSIBLES: Mo



Mo

Pablo Leal


Al llegar a donde estaba el guardia de la entrada tuve un incómodo presentimiento, me acerqué a él (se distinguía de los invitados sólo por un pequeño pañuelo rojo emergiendo del bolso pectoral de su traje, todo lo demás era igual, un sombrero de copa, una corbata de moño, y un traje impecable) me observó un momento, sin expresión alguna y dijo después - ¿se le ofrece algo?
- Si -contesté – ¿me permite entrar?
Él me observó con extrañeza y señalando mí cabeza dijo- lo siento, no te puedo dejar pasar sin un sombrero apropiado-. Supongo que mi humilde gorro tejido no era suficiente.
- Puedes ir a Mo- dijo para darme ánimo- no queda muy lejos, debes haber pasado por ahí para llegar aquí. En Mo podrás abastecerte de sombreros.
¡¿Abastecerme de Sombreros?! ¿Acaso necesitaba más de uno? En fin, agradecí su tenue y fingida amabilidad y salí rápidamente a Mo; tuve que ir corriendo cuesta abajo para no llegar tarde, ya abajo crucé el puentecillo de madera del riachuelo, un lugar refrescante y sombreado, luego seguí por el camino unos metros más, antes de dar esa repentina curva de la vereda que parece estrellarse contra una sólida pared de árboles y piedras. Después de rodear el obstáculo me sentía ya un poco agobiado, a partir de ahí el camino era recto ininterrumpido en esa planicie y al final  podían verse las pequeñas casa de Mo. No faltaba mucho, tal vez un kilómetro solamente.
El sol era abrasador, incluso pensé en abandonar la tarea, pero no era posible, necesitaba entrar, aún si para ello debía caminar (correr más bien) toda la calzada atrás para comprar un ridículo sombrero. En fi, en unos minutos logré llegar a las orillas de Mo, los perros me recibían oliéndome los zapatos, un hombre trabajaba curtiendo pieles cerca del camino y el trigo de la planicie se ondulaba armónicamente con el viento fresco que venía de las montañas. Llegué al primer negocio del camino y toqué la puerta con unas monedas. El sujeto tardó unos instantes en abrir.

-Oh, pase, pase – dijo con una rasposa y graciosa voz- no  esperaba clientes de ustedes el día de hoy ¿No se le hará tarde? Lo mismo le pasó a un joven que vino la semana pasada, ¡Bah! Y tuvo que quedarse un rato aquí hasta que cesara la ventisca, pero estuvo bien, pude contarle del tiempo cuando yo frecuentaba ese lugar también, pero ya no lo hago joven, ahora vendo sombreros a quienes eran como yo, creo que mi hermana aún asiste…

No quería ser descortés pero tenía prisa, y todos saben que un viejo solitario no es de mucha ayuda cuando se debe resolver un asunto rápidamente.
-Ah… buenos días- interrumpí, tal vez muy bruscamente- quisiera comprar un sombrero, es necesario par la reunión.
- es cierto, ¡no va a entrar con ese harapo en la cabeza joven! Recuerdo cuando yo fui por primera vez, me ocurrió algo similar ¿sabe? Pero por surte mi padre iba conmigo y me permitieron entrar tuve sirte esa vez…
- Está bien señor- volví a interrumpir- ¿me podría mostrar lo que tiene?
-Claro joven, mire tengo sombreros de copa alta, mediana y unos bombines también, creo, se los mostraré en seguida.
Era estresante ver al anciano menearse sobre su bastón caminando para abrir la vitrina central del negocio, parecía una eternidad.
-Mire joven – dijo – aquí están, los de copa alta cuestan doscientos cincuenta el kilogramo, los bombines cuestan ciento treinta el kilogramo y…
- ¿Perdón? ¿Los vende por kilogramo? 

Othón Ramírez Ruvalcaba

El hombre me miró con altanería, como si fuera lo más normal del mundo vender sombreros por kilogramo.
- Ah… si joven, en efecto. Sería ridículo que comprara uno sólo, ¡No podría llegar ni a la mitad del camino con él a salvo! Es más, yo le recomiendo, considerando como han estado las cosas últimamente, que llevara entre 1kg y 1.5kg de sombreros, con esos será apenas suficiente.
¿Qué le pasa a este anciano? ¿De que demonios hablaba?- pensaba. En fin, viejo o no debe saber más que yo de estos asuntos.
- Está bien señor seguiré su consejo – dije un poco dudoso - ¿Podría darme 1.5kg de bombines?
- Claro joven, y como es mi primer cliente del día, y considerando la situación, le daré 2kg por sólo tres monedas más.
No entendía para nada, pero accedí y le pagué la suma acordada. Rápidamente me dirigía a la puerta cuando me detuvo.
- ¡Joven! – Bramó – no olvide llevar siempre un sombrero puesto cuando vaya por el camino de regreso, si no lo hace podría perderse, la vereda lo engañaría y lo llevaría lejos de su destino. Si lleva un sombrero podrá evitarlo y lo llevará justo a donde quiere ser llevado.
Desconcertado asentí secamente y salí del lugar, pero al voltear hacia el camino, hacia el llano ¡éste no estaba! En su lugar había un gran desierto arenoso, el camino serpeaba entre las dunas, medio tapado por la arena. Sin más que hacer comencé a caminar con un sombrero en la cabeza y el resto apretados contra mi pecho. Soplaba una suave y fresca brisa, aunque esa verde hierba, el trigo, las montañas y la planicie habían desaparecido por completo. Desconcertado traté de seguir el camino, con arena en los zapatos y un futuro incierto. Pasó un rato, me iba a ajustar el sombrero, pensando en el consejo del viejo, pero ya no estaba ¡se había esfumado! Me detuve en seco y miré alrededor, no había nada más que arena, el viento no era tan fuerte como para habérmelo arrebatado: simplemente desapareció. Un poco consternado me coloqué otro y seguí caminando. A lo lejos se veía algo similar a un oasis, a donde el camino llevaba. Durante mi andar el camino se tapaba con arena y al reaparecer, barrido por el viento herbal, tenía un rumbo completamente distinto, tocaba mi cabeza y no había ningún sombrero, me colocaba uno nuevo y en unos segundo la arena descubría el verdadero camino. Así fue varias veces hasta que llegué al oasis, por el que pasaba el riachuelo, parecía que todo estaba en orden entonces, excepto por aquella pared de árboles y rocas (ya no estaba). En fin, crucé el río por el puente de madera y comencé a subir la cuesta, que no se veía desde el camino. Al acercarme a la cima todo estaba en orden, las paredes de setos finamente recortados y el guardia con su pañuelo rojo. Era algo extraño. El guardia me observó un momento, sin expresión alguna nuevamente y yo volteé hacia atrás, hacia Mo… ¡Y ahí estaba! Estaba el río entre los árboles, la pared, la brusca curva, y el largo camino sobre la planicie; el trigo se ondulaba, las montañas se alzaban imponentes  a ambos lados, y allá lejos se veían los reflejos del sol en las pequeñas ventanas de las casas de Mo, apenas unos puntos de luz que impactaban directo a la entrada, al guardia tras de mi.
-Veo que ya ha regresado – dijo gravemente el guardia – los bombines ya no son muy comunes pero creo que no hay problemas. Pase.
Agradecí y entré, con las manos vacías, sin ningún sombrero más que el que llevaba puesto. Un jardín separaba a la entrada de las escaleras que conducían al interior del edificio y en medio de él yacía una gran piedra mohosa.
Atravesé el jardín y llegué al pie de las escaleras, muchas personas más, increíblemente parecidas, entraban y salían del lugar. Subí y entré en la primera puerta a la derecha, la verdad no sabía el orden pero seguí a un pequeño grupo que discutía asuntos intelectuales y supuse que sería la opción correcta. Al entrar a ese gran salón el pequeño grupo al que seguía se disolvió entre la monótona masa de personajes iguales que ya estaban ahí. Todos ellos permanecían inmóviles, con las manos en los bolsillos y observando el decorado del techo sin expresión, ruido o murmullo alguno. Intermitentemente alguno de ellos fruncía el seño y movía la cabeza para ver bien, como si algo anduviera mal con lo que observan, después de un momento, con otro punto de vista volvía a quedar inmóvil observando el techo.
- Creo que este no es mi lugar – pensé, y sigilosamente salí del salón. Seguí a otro pequeño grupo de aparentes intelectuales por un pasillo aledaño y alfombrado con un rojo intenso que chocaba con el mármol del resto del suelo. El nuevo grupo entró en una puerta entreabierta que tenía implantado el número XXI; entré con ellos. Éste era más pequeño que el anterior, pero también carecía de mueble alguno, tenía piso de madera y un techo más bajo. En el centro del cuarto había un niño, trajeado también, acostado boca abajo bruscamente sobre el suelo, el vaho que emanaba de su nariz empañaba el brillante piso barnizado. Tenía los brazos y las piernas abiertas cual estrella, y permanecía ahí inmóvil, a excepción de su suave y calmada respiración.
Los hombres a los que seguía lo observaban detenidamente e intercambiaban uno que otro comentario, en una lengua extranjera, de vez en cuando. Mientras, el muchacho permanecía inmutado.
- Este me parece más familiar, pero tampoco es mi lugar – pensé un tanto desorientado.
Salí del cuarto acompañado del crujir de las maderas del suelo a mi paso. Sin nada más, sin ninguna otra opción me dirigí al final del pasillo donde había una puerta más pequeña que, a diferencia del resto, no era asquerosamente blanca, adornada y reluciente, sino que mostraba su color natural, maltratado y un tanto obscuro, obscurecida tal vez por la luz matinal que entraba por la ventana del pasillo. Al llegar a ella tomé la perilla y la giré suavemente, con un fuerte crujir de las bisagras entré al cuarto, más pequeño, más pequeño aún que los demás, pero igual de elegante y pretensioso, carente de muebles. Y ahí estaba, frente a mí, al fondo del cuarto estaba Mauricio, sentado en una silla muy cerca de la pared, observándola fijamente sin ruido, murmullo o expresión alguna.
Con una sonrisa tal vez, me acerqué a él y coloqué mi mano sobre su hombro, como una pequeña palmada muestra de mi afecto. No se inmutó en lo absoluto. En cambio continuó observando fijamente la pared.
- ¿Mauricio? – le dije al ver que no reaccionaba, pero nada; permaneció inmóvil viendo la pared. Lo moví un poco con la mano y repetí su nombre con más fuerza, pero nada.
- Es muy tarde – pensé. Y resignado bajé la cabeza y me recosté en una esquina del cuarto.

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