Esos accidentes laborales...
Luis Enrique Anguiano
Hace
tiempo me rompí un brazo mientras trabajaba. Fue una situación algo tonta: me
puse a caminar por el borde de un anaquel mientras intentaba alcanzar unas
cajas con balones de basket, resbalé y caí sobre mi muñeca izquierda. Un hueso
se había partido en 4, otros nada más una fisura. Traje un yeso por 3 meses o
algo así, tenía como 15 días que acababa de entrar a trabajar a ese Aurrera y
los directivos me vieron con algo de desconfianza.
Vayan
mucho a chingar a veinte, uno no anda por ahí rompiéndose brazos y muñecas para
que esos güeyes paguen el doctor. Al momento de la caída pensaba en todo menos
en que la empresa se hiciera cargo de mí. Ni siquiera sabía que mi quincena me
llegaría íntegra. Cuando me quitaron el yeso, recuerdo que de inmediato, al día
siguiente tuve que regresar a trabajar y la muñeca me dolía si la movía mucho.
Ni hablar de que el brazo estaba flaco y debilitado un poco por la presión del
yeso y otro poco por no moverlo o usarlo en ese lapso. Y yo tenía que cargar
cajas con pesas, mover estufas y latas de pintura.
En
verdad, en verdad os digo que a la iniciativa privada uno le vale madres y los
accidentes llegan como los ladrones en la noche. No os sintáis mal por llegar a
chingar a una empresa para la que sólo eres un número. La paz os dejo, la paz
os doy que al fin y al cabo a los directivos les vale madres de no ser porque
sí, hay gente que sí va por la vida accidentándose y cobrando seguros.
Bien,
tengo un tío (Hola juanpe!) que trabaja en una fábrica de plásticos, uno de
esos lugares en los que si no pones suficiente atención es posible que te pase
algo muy malo, y en alguna ocasión él nos comentó de cuánto decide pagar la
empresa por la pérdida, por ejemplo, de un dedo. Si te rebanas el pulgar te dan
50 mil pesos y te pichan el doctor.
Relativamente
es una buena compensación: pierdes un dedo pero ganas un puesto de tacos y una
prótesis. El problema es que sin un pulgar no puedes hacer mucho que digamos.
Intenta pedir ride sin el pulgar, jugar Xbox o usar el control remoto ¿Ah,
verdad? Saca de onda. Hay pocas situaciones cotidianas, no laborales, en las
que puedas perder un pulgar, una pierna o te rompas un brazo. Existe el dinero,
existe la manera para ganarlo y existen los riesgos padecidos por querer ganar
lana.
Las
muertes laborales se cuentan por miles al año alrededor del mundo. Quizás la
solución es huevonearle y ¡Listo! Sin trabajar en una mina, las posibilidades
de morir bajo 100 toneladas de piedra se reducen a casi cero. Y digo casi
porque la estupidez humana es muy grande, casi tan grande como su curiosidad.
Todos
los trabajos tienen riesgo de accidentes: bomberos calcinados, mineros
aplastados, buzos ahogados, secretarias violadas, políticos electos… Ni hablar;
a veces el nivel de la ganancia es proporcional al peligro del trabajo. Por
ejemplo, el narcotráfico junto con el secuestro son uno de los empleos
informales mejor pagados, ni hablar de que si haces bien el trabajo vives como
rey, pero en todo momento está el riesgo de que te descuarticen, te entamben o
pozoleen (es decir, que te descuarticen, te metan en un tambo y te diluyan con
ácido).
Hay
trabajos buenos, los hay malos y los hay de la vil chingada y también hay cosas
peores: los buzos de drenaje profundo, por ejemplo, que son una especie de
técnicos de mantenimiento que checan que toda la basura de las ciudades salga
como debe de salir. Sus trajes no son los de un buzo común, deben tener ciertos
requerimientos como ser a prueba de cortadas y filtraciones porque el vato está
nadando literalmente entre todos los desperdicios de la metrópoli. Si el buzo
sale herido o cortado, ya se lo cargó la chingada por el riesgo altísimo de
infección de alguna madre que ya se creía erradicada o inexistente.
Imagínate
nadar en un tubo de unos 7 metros de diámetro, lleno de mierda diluida. De
miles de millones de mierdas diluidas. Bolsas, botellas, fierros, personas y
hasta un pinche vocho según uno de los buzos. Siempre está el riesgo de bajar y
que lo último que veas es un pedazo de tubo que te de un chingadazo en la
escafandra, te la cuarteé y se empiece a filtrar el detritus de sólo Dios sabe
cuántas personas.
Se
la juegan esos colegas. No vayamos tan lejos, ahí está el gremio de los
electricistas. Tendrán varias y muy buenas prestaciones pero viven colgándose
de cables que transmiten suficiente energía como para rostizar un pollo en dos
segundos.
Entonces,
una cosa es que te caigan unas carpetas o una caja de archivo mal acomodada en
el anaquel y te despeine o rompa algo y otra muy diferente es meterte a nadar
al intestino grueso de una ciudad. A veces que las cosas truenan, sacan
chispas, la copiadora se llega a fundir y dices “¿Pero por qué a mi, Dios?
Justo hoy…” y no tienes ni pinche idea de que alguien está siendo despellejado
por no fijarse con quién se metía.
Ligeros
o graves, los accidentes laborales siempre, siempre son prevenibles si uno pone
suficiente atención.


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