domingo, agosto 26, 2012

EL IZCUINTLE: Esos accidentes laborales...



Esos accidentes laborales...

Luis Enrique Anguiano


Hace tiempo me rompí un brazo mientras trabajaba. Fue una situación algo tonta: me puse a caminar por el borde de un anaquel mientras intentaba alcanzar unas cajas con balones de basket, resbalé y caí sobre mi muñeca izquierda. Un hueso se había partido en 4, otros nada más una fisura. Traje un yeso por 3 meses o algo así, tenía como 15 días que acababa de entrar a trabajar a ese Aurrera y los directivos me vieron con algo de desconfianza.
Vayan mucho a chingar a veinte, uno no anda por ahí rompiéndose brazos y muñecas para que esos güeyes paguen el doctor. Al momento de la caída pensaba en todo menos en que la empresa se hiciera cargo de mí. Ni siquiera sabía que mi quincena me llegaría íntegra. Cuando me quitaron el yeso, recuerdo que de inmediato, al día siguiente tuve que regresar a trabajar y la muñeca me dolía si la movía mucho. Ni hablar de que el brazo estaba flaco y debilitado un poco por la presión del yeso y otro poco por no moverlo o usarlo en ese lapso. Y yo tenía que cargar cajas con pesas, mover estufas y latas de pintura.
En verdad, en verdad os digo que a la iniciativa privada uno le vale madres y los accidentes llegan como los ladrones en la noche. No os sintáis mal por llegar a chingar a una empresa para la que sólo eres un número. La paz os dejo, la paz os doy que al fin y al cabo a los directivos les vale madres de no ser porque sí, hay gente que sí va por la vida accidentándose y cobrando seguros.
Bien, tengo un tío (Hola juanpe!) que trabaja en una fábrica de plásticos, uno de esos lugares en los que si no pones suficiente atención es posible que te pase algo muy malo, y en alguna ocasión él nos comentó de cuánto decide pagar la empresa por la pérdida, por ejemplo, de un dedo. Si te rebanas el pulgar te dan 50 mil pesos y te pichan el doctor.
Relativamente es una buena compensación: pierdes un dedo pero ganas un puesto de tacos y una prótesis. El problema es que sin un pulgar no puedes hacer mucho que digamos. Intenta pedir ride sin el pulgar, jugar Xbox o usar el control remoto ¿Ah, verdad? Saca de onda. Hay pocas situaciones cotidianas, no laborales, en las que puedas perder un pulgar, una pierna o te rompas un brazo. Existe el dinero, existe la manera para ganarlo y existen los riesgos padecidos por querer ganar lana.
Las muertes laborales se cuentan por miles al año alrededor del mundo. Quizás la solución es huevonearle y ¡Listo! Sin trabajar en una mina, las posibilidades de morir bajo 100 toneladas de piedra se reducen a casi cero. Y digo casi porque la estupidez humana es muy grande, casi tan grande como su curiosidad.
Todos los trabajos tienen riesgo de accidentes: bomberos calcinados, mineros aplastados, buzos ahogados, secretarias violadas, políticos electos… Ni hablar; a veces el nivel de la ganancia es proporcional al peligro del trabajo. Por ejemplo, el narcotráfico junto con el secuestro son uno de los empleos informales mejor pagados, ni hablar de que si haces bien el trabajo vives como rey, pero en todo momento está el riesgo de que te descuarticen, te entamben o pozoleen (es decir, que te descuarticen, te metan en un tambo y te diluyan con ácido).
Hay trabajos buenos, los hay malos y los hay de la vil chingada y también hay cosas peores: los buzos de drenaje profundo, por ejemplo, que son una especie de técnicos de mantenimiento que checan que toda la basura de las ciudades salga como debe de salir. Sus trajes no son los de un buzo común, deben tener ciertos requerimientos como ser a prueba de cortadas y filtraciones porque el vato está nadando literalmente entre todos los desperdicios de la metrópoli. Si el buzo sale herido o cortado, ya se lo cargó la chingada por el riesgo altísimo de infección de alguna madre que ya se creía erradicada o inexistente.
Imagínate nadar en un tubo de unos 7 metros de diámetro, lleno de mierda diluida. De miles de millones de mierdas diluidas. Bolsas, botellas, fierros, personas y hasta un pinche vocho según uno de los buzos. Siempre está el riesgo de bajar y que lo último que veas es un pedazo de tubo que te de un chingadazo en la escafandra, te la cuarteé y se empiece a filtrar el detritus de sólo Dios sabe cuántas personas.
Se la juegan esos colegas. No vayamos tan lejos, ahí está el gremio de los electricistas. Tendrán varias y muy buenas prestaciones pero viven colgándose de cables que transmiten suficiente energía como para rostizar un pollo en dos segundos.
Entonces, una cosa es que te caigan unas carpetas o una caja de archivo mal acomodada en el anaquel y te despeine o rompa algo y otra muy diferente es meterte a nadar al intestino grueso de una ciudad. A veces que las cosas truenan, sacan chispas, la copiadora se llega a fundir y dices “¿Pero por qué a mi, Dios? Justo hoy…” y no tienes ni pinche idea de que alguien está siendo despellejado por no fijarse con quién se metía.
Ligeros o graves, los accidentes laborales siempre, siempre son prevenibles si uno pone suficiente atención.

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