El graffiti es una farsa
Luis Enrique Anguiano Torres
Todo
lo que van a leer es cierto.
Ocurre
que ahí tienen a un chavito que iba en la prepa y se le ocurrió de buenas a
primeras que podía andar de graffitero. Buscó a los que sabían y se compró sus
botes, copió sus primeros bocetos y salió a la calle a darle color a una barda…
Le gustó y siguió practicando.
El
tiempo pasó. Mudó de ciudad, de amigos y de vida, de presupuestos y de
compañera de vida pero el graffiti ahí seguía, como la lepra o los cisticercos.
Estudió culturología, una ingeniería trunca y se volvió defensor de la
divulgación científica. El graffiti comenzó a abrirle paso: concursó en eventos,
eventualizó en concursos, lo buscaban para que hiciera murales. Pintó para
grupos políticos y religiosos de los que se considera enemigo pero todo sea por
el pinche amor al arte. Y al dinero también, chingue a veinte; no porque uno
pinte al hijo de Jehová o al pinche Salinas significa que esté de acuerdo con
ello y viceversa.
Un
día concluyó algo que venía sospechando desde hacía ya tiempo. ¿Desde
exactamente cuándo? Sólo Dios lo sabe, pero ya tenía rato con esa idea en la
cabeza. Se quedó pensando en aquellos artículos suyos donde defendía a ultranza
“la expresión juvenil por excelencia, el arte callejero” y más blah-blah. Se
acordó de los videos que hizo para la escuela en los que se representó a sí
mismo, pintando. Aquel ensayo sobre filosofía de la cultura.
Esa
mañana, o tarde, no recuerdo, su “visión intelectual de rayos X” no mostró el
esqueleto que decían que tenía el cadáver. No había esa estructura. Nada. Fue
una puñalada al sueño del adolescente pero de adulto uno tiene suficiente
encabronamiento contra el mundo como para no sentir una madre así. Pero, digo,
uno sobrevivió a “los reyes magos somos nosotros, hijo” que no sobreviva a un
fraude de este tipo. No hay un argumento claro que defienda que un graffiti
necesariamente significa algo.
Por
principio de cuentas no todo el graffiti significa algo: hay muchos estilos y
hay chavos y chavas que sólo pintan su nombre de manera muy, muy, muy
estilizada y colorida. Si te llegas a topar con un caso tipo “Es que me apodan
el Jetas, pero pongo ‘Larva’ porque creo que todos somos una larva en la
sociedad” el sujeto en cuestión, el Jetas, no llevará su argumento más allá de
eso; el 90% de los grafiteros utilizan “tags” o “firmas” les dicen ellos,
seudónimos que significan nada en absoluto y cuando pretenden explicar un
graffiti que a todas luces carece de cualquier sentido semiótico, te topas con
ideas trasnochadas y malviajes explicativos del calibre de este texto.
El
graffiti ilegal, el ominoso protagonista del “síndrome de la ventana rota” (Muy
buena teoría, le faltan putas pero… Oh! Wait…) Amado y odiado a partes iguales
aún entre los graffiteros y, más allá de ser una reiteración territorial o un
llano “yo la tengo más grande que los otros” lo plasmado no significa nada
salvo el tag del fulano o fulana que lo hizo.
Hay
graffiti que sí se acerca a la expresión conceptual –los que se hacen por
encargo, por ejemplo– pero a veces se trata de algo muy inconsciente o vago.
Los que practican este graffiti “de significados” créanme que son minoría.
Del
graffiti se suele pensar que hay grandes razones que apuntalan su práctica y se
tiene la creencia de que su entendimiento es harto difícil. Todo lo opuesto; se
practica porque se puede y se quiere y en realidad para entenderlo no se
necesita de mucho. Está tan sobrevalorado como la presencia política de EU en
los asuntos internacionales.
He
sabido de gente que ha dicho “mi sueño es morir pintando” o que me digan “nunca
dejaré de hacer esto” y resulta que esos son los primeros que abandonan el
barco.
Esos
son los “toys”, los chavos que no agarran el rollo de practicar el graffiti en
serio y terminan dejándolo simplemente porque “no era lo suyo”. Que son incapaces
de admitir que no será una parte sustancial de su vida. El término “toy” apela
a dos tipos de personas; los faroles que acabo de describir y los chavos que
están haciendo sus pininos y que “ahí la llevan”.
Hay
chavos que sólo pintaron una vez en su vida, hay chavos que comenzarán a pintar
en enero y para marzo ya no habrá ni rastro de ellos. Hay chavos a los que han
balaceado por meterse con la barda equivocada o las personas equivocadas y sus
“crews”, su grupo de amigos graffiteros, irremediablemente les terminará
montando una o varias pintas en su honor y lo harán ver como toda una leyenda
cuando en realidad no era tan bueno. ¡No, jóvenes! Hay que ser humilde en esta
madre. Honestidad y humildad son lo que le hace falta al graffiti.
¿Y
el chavo que se dio cuenta de todo esto? Siguió pintando. A la fecha lo sigue
haciendo. Pinta lo que quiere y lo hace porque le gusta, sabe que hacerle
manita de puerco a la barda y al discurso para decir “neee, es que esta es mi
forma de expresarme…” es injusto y es falaz. No soporta a los que hacen eso,
pero a veces recuerda que él también lo hizo y por eso, cuando se encuentra con
alguien así, procura ser paciente aunque a veces estalla, se encabrona y luego
se le pasa.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí