Teatro
mágico
J. Ángel Cuevas
-Vamos
al show.
-¿Cuál
show?
-Un
minicirco andante; en las aldeas circundantes a nuestro pueblo se anda diciendo
que está muy bueno, que es emocionante, atractivo, mágico.
Cuando
llegamos vimos una pequeña carpa, donde sólo cabían dos personas, más bien era
una casa de campaña, pero estaba decorada como las grandes carpas. El show se
daba al aíre libre, en un paraje, rodeado de grandes árboles melancólicos.
Había
mucha gente, supongo que todo el pueblo estaba ahí reunido. Todos estábamos
impacientes; el show aún no comenzaba, siendo que la negrura del bosque ya
estaba presente como si fuese el invitado de honor.
El
show comenzó, únicamente eran dos integrantes: un hombre adulto, negro, de un
metro noventa de estatura, cabeza rapada, de ojos maliciosos; una niña: de diez
años, morena, pelo enmarañado, ojos tristones.
| Felipe Gaytán |
Después
supimos que el hombre era su padrastro, que ellos se habían quedado solos
porque él había matado a su mamá (ella le había sido infiel): la había
estrangulado dentro de la carpa mientras la pequeña dormía. Desde aquel momento
sólo viajaban ellos dos dando espectáculo.
Estaba
por terminar el show, la niña cogió con ambas manitas los bordes de la tela de
la entrada de la carpa, el padrastro la hincó y la jaló de la cabellera.
Levantó la falda, se bajó el pantalón, metió su miembro, friccionó; la niña
tenía la cabeza metida dentro de la carpa, el cuerpo fuera, observada por los
espectadores; ella miraba la oscuridad del dormitorio (la invitada de honor).
El
hombre terminó. Tiró una carcajada, los dientes afloraron, picudos, amarillos.
La niña cayó bocabajo, los ojos crispados de lágrimas, desorbitados: está
muerta. La espalda del hombre suda, brilla con la luz de la fogata que estaba
detrás de él, en el centro del paraje. La gente aplaude, están como locos,
maravillados. Atrás de ellos, en los alrededores, está presente la sonrisa de
la invitada de honor.


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