Mantus
religiosa
Mina
& Yodo
Cuando Mantus, el chico insomne de cuarto semestre de
prepa rebasaba las cuatro tazas de café en una sola noche, significaba que era
una ocasión especial. Especial como lo puede ser el inicio de un paraíso
artificial o el final de otro ciclo de tortura mental.
Esa tarde no le importo perder Física, ya que el maestro
era tan huevon que nunca pasaba asistencia, en Inglés hicieron un examen de evaluación
por lo que la clase terminó temprano y por eso estaba tan de buen humor que no
le importó escuchar las pendejas de todos los días al motorocker mientras se comían
una torta de queso amarillo. Las dos horas de Matemáticas fueron eternas. La
maestra no les reprochaba el escándalo a sus alumnos mientras Mantus, sentado,
esperaba el final.
Dos cigarros y procurar no mirar a los lados para evitar
frenar la llegada a la salida con algún conocido para después abordar el Ruta Cien.
Cena, televisión y minutos después la ciudad cierra los
ojos para ignorar la madrugada.
4:23 a.m.
Dejando la sexta taza de café en la mesa, Mantus se desprendió
del sillón como una costra de una herida fresca para merodear por las calles de
una ciudad deshabitada.
Neza mostraba su lado oculto a esa sombra desterrada del paraíso
del sueño que fumaba los cigarros sin acabar que encontraba y de vez en cuando
atentaba contra las pequeñas capillas religiosas
El territorio era conocido: oscuridad, soledad, nicotina.
Después de haber pasado la
Av. Sor Juana no le cupo duda de que
alguien lo seguía.
Demasiado tarde para reaccionar. Al voltear para
confirmar lo obvio un puño se estrello en su rostro sacando volando el railegh que se encontraba en su boca.
Tambaleo un poco sin perder completamente el equilibrio para descubrir que (con
todo y corona de espinas) Jesucristo se acercaba peligrosamente listo para otro
ataque. Esta vez fueron dos golpes más directo al cuerpo.
| "El asado de Jesucristo" _ Daniel Aguilar Ruvalcaba |
Mantus no sabía muy bien que hacer y menos por qué el “mártir”
le gritaba cosas en un idioma extraño, parecía molesto. Ante la impresión, optó
por juntar líquido y mucosidad en su boca para arrojarlo directo al ojo de
Cristo, quien hizo una mueca de odio traduciéndose en un fuerte empujón contra
la pared cercana con la participación de varios golpes más que buscaban
destrozarle el alma a un Mantus ya lastimado.
Parecía esperar una respuesta a sus gritos pero lo único
que consiguió fue otro proyectil líquido (ahora con un ingrediente rojizo) que
quedo escurriendo de la barba del agresor.
Mantus supo que vendría otra tunda pero decidió no
esperarla haciendo que una descarga de euforia le hiciera sacar la navaja
escondida y enterrar su filo una y otra y otras tantas veces en el mismo
Jesucristo.
Era extraño. Se suponía que “el hijo de dios” había
muerto hace mucho tiempo pero su cuerpo inmutable escurriendo en el concreto demostraba
lo contrario.
Juntando las pocas fuerzas que le quedaban, Mantus corrió
directo a su casa para entrar en su habitación y guardar silencio.
Pensó lo perfecto que seria en ese momento una ducha
caliente, cigarros y dormir…
Faltaba poco para que amanezca.
Cuando despertó, escuchó gritar a gente en la calle.


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