lunes, julio 16, 2012

El yo más-turbado


"Arnulfo vs. Los Hombres Guapos" by José Zarzi


Por Arcadio Gálvez Olivares

Y pensando, entre ensoñaciones, existimos, pero nunca llegamos a nada. Podemos tomar cualquier cosa... los viajes, por ejemplo. A la gente joven, con energía y hambre de descubrimientos, es a quien por lo general le apasionan los viajes. En la adolescencia viajar se convierte tal vez en el mayor estímulo de nuestras vidas; creemos que tal vez en países lejanos podremos olvidar la angustia que nos corroe, apaciguar el continuo bullicio interior propio de la juventud. Y cuando el “saber amargo que del viaje se obtiene” aniquila nuestra esperanza de infinito, regresamos a la tierra que nos vio nacer, muertos, derrotados… y descubrimos el amor, revivimos para formar una familia, tener hijos, trabajar y ser productivos. Entonces volvemos a viajar mucho, sobre todo por cuestiones de trabajo. Damos conferencias en Tokio y Buenos Aires, acumulamos millas de viajero frecuente al por mayor, y conocemos hasta el más recóndito paraje olvidado del planeta. Avanzamos en la loca carrera hacia la vejez y la muerte, nos jubilamos y entonces de verdad podemos viajar, porque ya lo decía Céline mejor que nadie: el viaje es interior. Tenemos ahora la senilidad ociosa tan preciada, cuentas en el banco, propiedades inmobiliarias y sobre todo mucho tiempo libre. Es momento de comprar paquetes vacacionales a todas partes, pero ya no hay deseo de viajar ni fuerzas para hacerlo… sin embargo se viaja. ¿Quién es, entonces, el auténtico viajero? ¿El joven, el adulto, el anciano? ¿Todos?
¿Lo ven? Nunca se llega a nada, ¿adónde habríamos de llegar? ¿Para qué? Son estupideces que se piensan solamente por pasar el rato… filosofar es pasar el rato. Pasatiempos todos, dice Juan Onanista. Pasatiempos y nada más. ¿Y qué otra cosa podría hacerse aquí, en La Bufa, solo? Pensar, existir, soñar, divagar… aunque no sirva para un carajo, lo mismo da. Hay que pensar en el camino que ha recorrido aquella piedra para llegar hasta aquí, en la cueva de San Ignacio y sus cuervos guardianes, en mi propia tumba allá en lo alto, en los riachuelos y en los mosquitos. Es entonces cuando uno existe realmente, sin artificios. Cogito ergo sum. Es entonces cuando existir pesa terriblemente y la conciencia del Universo palpita a través de los músculos de tu cuerpo. Es entonces cuando se recuerda a la mujer amada, a Felicia, y blasfemas contra los dioses por haberte arrebatado la única razón que tenías para seguir viviendo.
Es decir, ¿qué caso tiene descubrir cosas que no quieren ser descubiertas? Por ejemplo, el atole. ¡Imaginemos un mundo sin atole! Seguro que los tamaleros descubrirían alguna otra bebida similar, y un tamal oaxaqueño, al igual que yo, no es más que un receptor del mundo, que palpita y tiembla al compás de los astros cuando se lo comen y se desintegra en tu estómago. Regresará después en forma de pasto, caballos y moscas, igual que tú y que yo, tamales de la vida, enchiladas del destino (¿o eran chuletas?), botanas de Dios. Vaya que tengo hambre…
Y todo esto, ¿a qué nos lleva? Finalmente, alguien a quien le gusta Pessoa no puede escribir mal. La mejor muestra de ello son Tabucchi y Vila-Matas. He ahí el meollo del asunto. ¿Cuántos escritores han errado el camino por no leer lo suficiente a Burroughs o Beckett? ¿Cuántas vacas han muerto sacrificadas en los rastros? ¿Cuántos platos se han roto en los restaurantes por meseros distraídos? Pareciera que a nadie le importan estas cuestiones trascendentales en la vida del hombre moderno. Qué tristeza.
En divagaciones así me entretenía cuando no me masturbaba físicamente. Chaquetas mentales (Felicia odiaba esa frase). Ocasionalmente algún dolor de muelas aparecía y todas mis atenciones se concentraban en sentir, morbosamente, el mayor dolor posible. Mis sentidos distorsionados me indicaban que hay una cantidad total de dolor soportable, y mientras más dolor menos tiempo de sufrimiento. A veces funcionaba el asunto, a veces no.
Recordemos que algunos conservadores ultra-derechistas dicen que dejamos de ser jóvenes cuando nos casamos, otros que cuando perdemos la inocencia, cuando maduramos o cuando dejamos de estudiar. Yo digo que dejamos de ser jóvenes cuando ya no sabemos dónde conseguir un poco de marihuana.
No me expreso con suficiente claridad, pero en fin, a lo que quiero llegar es a lo siguiente: ¿por qué la gente memoriza poemas, pero no tratados filosóficos o novelas? Mi vida es una habitación que se mueve constantemente, con ventanas al fondo del mar. Un sueño de Felicia.

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