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| "Arnulfo vs. Los Hombres Guapos" by José Zarzi |
Por Arcadio Gálvez Olivares
Y pensando,
entre ensoñaciones, existimos, pero nunca llegamos a nada. Podemos tomar
cualquier cosa... los viajes, por ejemplo. A la gente joven, con energía y
hambre de descubrimientos, es a quien por lo general le apasionan los viajes.
En la adolescencia viajar se convierte tal vez en el mayor estímulo de nuestras
vidas; creemos que tal vez en países lejanos podremos olvidar la angustia que
nos corroe, apaciguar el continuo bullicio interior propio de la juventud. Y
cuando el “saber amargo que del viaje se obtiene” aniquila nuestra esperanza de
infinito, regresamos a la tierra que nos vio nacer, muertos, derrotados… y
descubrimos el amor, revivimos para formar una familia, tener hijos, trabajar y
ser productivos. Entonces volvemos a viajar mucho, sobre todo por cuestiones de
trabajo. Damos conferencias en Tokio y Buenos Aires, acumulamos millas de
viajero frecuente al por mayor, y conocemos hasta el más recóndito paraje
olvidado del planeta. Avanzamos en la loca carrera hacia la vejez y la muerte,
nos jubilamos y entonces de verdad podemos viajar, porque ya lo decía Céline
mejor que nadie: el viaje es interior. Tenemos ahora la senilidad ociosa tan
preciada, cuentas en el banco, propiedades inmobiliarias y sobre todo mucho
tiempo libre. Es momento de comprar paquetes vacacionales a todas partes, pero
ya no hay deseo de viajar ni fuerzas para hacerlo… sin embargo se viaja. ¿Quién
es, entonces, el auténtico viajero? ¿El joven, el adulto, el anciano? ¿Todos?
¿Lo ven? Nunca
se llega a nada, ¿adónde habríamos de llegar? ¿Para qué? Son estupideces que se
piensan solamente por pasar el rato… filosofar es pasar el rato. Pasatiempos
todos, dice Juan Onanista. Pasatiempos y nada más. ¿Y qué otra cosa podría hacerse
aquí, en La Bufa ,
solo? Pensar, existir, soñar, divagar… aunque no sirva para un carajo, lo mismo
da. Hay que pensar en el camino que ha recorrido aquella piedra para llegar
hasta aquí, en la cueva de San Ignacio y sus cuervos guardianes, en mi propia
tumba allá en lo alto, en los riachuelos y en los mosquitos. Es entonces cuando
uno existe realmente, sin artificios. Cogito
ergo sum. Es entonces cuando existir pesa terriblemente y la
conciencia del Universo palpita a través de los músculos de tu cuerpo. Es
entonces cuando se recuerda a la mujer amada, a Felicia, y blasfemas contra los
dioses por haberte arrebatado la única razón que tenías para seguir viviendo.
Es decir, ¿qué
caso tiene descubrir cosas que no quieren ser descubiertas? Por ejemplo, el atole.
¡Imaginemos un mundo sin atole! Seguro que los tamaleros descubrirían alguna
otra bebida similar, y un tamal oaxaqueño, al igual que yo, no es más que un
receptor del mundo, que palpita y tiembla al compás de los astros cuando se lo
comen y se desintegra en tu estómago. Regresará después en forma de pasto,
caballos y moscas, igual que tú y que yo, tamales de la vida, enchiladas del
destino (¿o eran chuletas?), botanas de Dios. Vaya que tengo hambre…
Y todo esto, ¿a
qué nos lleva? Finalmente, alguien a quien le gusta Pessoa no puede escribir
mal. La mejor muestra de ello son Tabucchi y Vila-Matas. He ahí el meollo del
asunto. ¿Cuántos escritores han errado el camino por no leer lo suficiente a
Burroughs o Beckett? ¿Cuántas vacas han muerto sacrificadas en los rastros?
¿Cuántos platos se han roto en los restaurantes por meseros distraídos?
Pareciera que a nadie le importan estas cuestiones trascendentales en la vida
del hombre moderno. Qué tristeza.
En divagaciones
así me entretenía cuando no me masturbaba físicamente. Chaquetas mentales
(Felicia odiaba esa frase). Ocasionalmente algún dolor de muelas aparecía y
todas mis atenciones se concentraban en sentir, morbosamente, el mayor dolor
posible. Mis sentidos distorsionados me indicaban que hay una cantidad total de
dolor soportable, y mientras más dolor menos tiempo de sufrimiento. A veces
funcionaba el asunto, a veces no.
Recordemos que
algunos conservadores ultra-derechistas dicen que dejamos de ser jóvenes cuando
nos casamos, otros que cuando perdemos la inocencia, cuando maduramos o cuando
dejamos de estudiar. Yo digo que dejamos de ser jóvenes cuando ya no sabemos
dónde conseguir un poco de marihuana.
No me expreso con suficiente claridad, pero en fin, a lo que
quiero llegar es a lo siguiente: ¿por qué la gente memoriza poemas, pero no
tratados filosóficos o novelas? Mi vida es una habitación que se mueve
constantemente, con ventanas al fondo del mar. Un sueño de Felicia.


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