El alma de la fiesta
Luis Enrique Anguiano Torres
No
sabes cómo diablos es que accediste. Si fue por la insistencia de tu madre
sabes que no pusiste mucha atención cuando dijo “Todos estarán ahí”. Todos.
¿Cuáles todos? ¿Todos los de tu salón o todos con los que te juntas? No, en
este caso es “Todos los integrantes de la familia”. Demasiado tarde para
bajarse del auto, si lo haces quizás termines con los brazos rotos por rodar en
el asfalto o quizás golpees a alguien en tu fugaz trayecto. Comienzas a pensar
cómo puedes salvar el rato, quizás… Quizás si le llamas a tu prima aquella,
Erika… O mejor ¿Que tal si buscas el número de Fer y de Luis y les mandas un
mensaje para que te recojan? Sí, Fer siempre llega bien presentable y le cae
bien a tu familia porque es el chistoso, aparte Luis llegaba por las tardes a
tu casa a hacer tarea y tu mamá tiene la idea de que es un pan de dios.
Llegamos
y comienzas a no saber qué hacer, ves el salón de la fiesta, fijas la vista
sobre los globos que están encima de la puerta y tu cara ahora parece la de un
arquitecto que no está seguro de si esa pared inclinada la había planeado así
inicialmente, en eso se escucha el grito de tu tía, que entre bolso, tacones y
chal (pashmina, le dicen ahora) alcanza a equilibrar un “No te bajes de la
banqueta” proferido hacia uno de sus hijos en edad de kínder.
Entras
al salón y ahí lo ves. Todo un manjar visual: mesas metálicas arregladas con
manteles largos, sillas de lámina –que son las mismas que te ponen en algunas
taquerías– enfundadas en lienzo blanco y con un moño rosa-nacarado en la parte
trasera. Un arreglo floral sobre la mesa y dos refrescos tamaño familiar: una
coca-cola y una fresca o fanta o squirt. Una verdadera epístola sobre la
sociedad mexicana: no bastando con vestir de seda a la mona, encima le ponemos dos
botellotas de plástico llenas de gaseosa.
La
fiesta transcurre de manera más o menos tranquila salvo por uno de tus primitos
que se cayó y ahora llega, inconsolable, a que su mamá le limpie las lágrimas o
le meta unas nalgadas mientras le dice “te dije que no te metieras a la
jardinera” sin ponerse a pensar que esa orden tiene un nivel de
conceptualización muy alto para un niño de tres años.
Ya
se va la mexicana que fruta vendía, ciruela, chabacano, melón y sandia.
Verbena, verbena, sigue la verbena y tus compadres te dejaron abajo, tu prima
nomás no llegó a pesar de que tu tía te dijo “dijo que llegaba, nada más que
pasara su amiga por ella” y tu comienzas a pensar en lo afortunada que es Erika
por haber decidido que no iba. Así que, agua y ajo. Entre chácharas banales con
tus tíos y una poca de interacción con un par de primos menores, sientes que la
alcoholización ya te está ganando. Ya prendidas las farolas del jardín, suena
tu celular y se iluminan tu sonrisa y la pantallita con un “¿dónde estás? Luis
apenas se va a meter a bañar”. De repente, suena.
Ahí
está, ha llegado, ya nos inundó a todos y con esas notas son afiladas las
sonrisas de las tías y la mamá que te dice “ven, vamos a bailar, casi ni te has
movido” tú dices “no” “ándale” que no” y suena un bajeo temible. Es la huella
del alma de la fiesta, temible como el espíritu de la navidad futura o en este
caso el pasado que se niega a morir, suena la voz a través de los bafles: “no
rompas más, mi pobre corazón, estás pegando justo entiéndelo” Míralos, bailando
tan contentos golpeando el suelo y con el puño en alto como si se tratara de un
sindicato a punto de irse a la huelga, tú que te sientes tan fuera de lugar y
mínimo con el 70% de los ahí presentes posees un lazo sanguíneo directo. Y
ahora comienzan a bailar, Koke Muñiz en una parodia a Luciano Pavarotti bailaba
exactamente igual mientras cantaba el “Hunky punky” de Tatiana, la reina de los
niños, con una simulada voz de tenor.
¿Qué
importa que hayan pasado 17 años? ¿Qué importa que sean música y baile
“típicamente” estadounidenses? Dijera Redolés “qué importa-oh” y podríamos
continuar “qué importa, que nadie pueda nombrar siquiera una banda famosa de
country, que importa, que sea lo mismo que la banda pero del otro lado de la
frontera” Y ahí siguen, aplauso, movimiento de muñecas, inclinación de hombros
y cabeceo, no te olvides del pie adelante para que puedas rotar al momento del
siguiente aplauso. Es surreal, una oda a la multiculturalidad: mexicanos usando
ropa que es “moda” en New York, las mujeres con maquillaje “francés” y
escuchando “música” de un grupo “country”.
Serenidad
y paciencia, serenidad y paciencia Solín… Ya, ya aquellos dijeron que en unos
minutos llegan, ya no tardan. Volteas a ver el improvisado sindicato de baile
“Unidos por el violín” y ahora suena un acorde de guitarra, muy texana.
Guerrero de mil batallas, presente en millones de fiestas desde que fue puesto
en público, ahora llega la incomparable historia del indomable, el único, el
valiente Payaso de Rodeo que salva la vida de un jinete cuando mal anda su
suerte, es el payaso de rodeo-oh.
La
canción es prácticamente ininteligible. Semejante habilidad con la lengua sólo
has visto en el Hip-hop y en una o dos exparejas que para nada te vendría mal
que hicieran acto de presencia en este mismo momento. Cualquier cosa menos
estos remedos de vaqueros. A pesar de que han grabado varios discos y son
conocidos por otras canciones como “Arriba, arriba, abajo, abajo” o los covers
de Joan Sebastian, siempre deben estar presentes en todos los festejos
familiares que se presten de serlo con esas dos canciones, una después de otra
sin importar el orden.
Tu
familia ahora baila dos brinquitos a un lado, dos brinquitos al otro, hacia
atrás, ahora hacia delante y giro de 90º. Se repite. Sí, así es como se baila
el country de verdad, es un baile algo monótono, por así decirlo, ya que lo
chido no radica en la habilidad de los pies y las manos sino en la
sincronización con el resto de los bailarines. A diferencia de la bachata, la
cumbia o el sonidero que sí son bailes de verdad (y que de seguro es lo que
sigue en el repertorio) el country no exige mucho de los bailarines: que tengan
pies y que su oído funcione, nada más.
Tu
mamá, sonriente, desde la fila de en medio te hace señas con una sonrisa así de
“ven, mira, ven” pero tú, sin dejar de cruzar los brazos sólo haces un
movimiento de negación con la cabeza. Justo, en ese momento, te llega un
mensaje. Fer y Luis están afuera del salón y es hora de irnos que porque ya saben
con quién está Erika y van para allá a seguir la fiesta por su lado.
No
se necesita ser un genio para abandonar el barco, vas y te despides de tus
padres de inmediato y les dices que prometes llegar bien, al cabo vas con
aquellos dos. Huyes. Quédense con su baile grupal, llegará el día en que mis
hijos o mis nietos me reclamen por estar bailando música de hace 17 años pero
no será hoy.


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