Para tratar de entender a los roqueros mexicanos
Rogelio Villarreal
Rock mexicano por Chiapas y... por Televisa
Maliciosas y
escurridizas las declaraciones de Maldita Vecindad al periodista Arturo García
Hernández (La Jornada, 31 de octubre de 1996) un día antes de su concierto en
el cine Metropolitan de la Ciudad de México: «A la crítica de rock en México le
ha faltado estudiar, investigar, actualizarse para juzgar con mayor comprensión
y profundidad lo que está pasando en la escena rockera nacional.» Lo que añadía
enseguida mi amigo Pacho me hizo esbozar una sonrisa de incredulidad: «En
general los críticos siempre están buscando al grupo que sea abanderado de sus
ideales y se comporte como ellos creen que debería ser [...] De ahí que me
parezca supercomprensible (sic) que a muchos críticos mayores de 30 o 35 años
les deje de gustar lo que ahorita están haciendo los chavitos, porque muchas
veces las utopías de los chavitos no son las que ellos tenían.» ¿A quiénes se
refería Pacho con «chavitos»? Espero que no a ellos mismos, que, vestidos
siempre de adolescentes tardíos y obligados también siempre a buscar la
excentricidad, ya rebasan todos ellos los treinta. ¿O quiere decir que los
malditos, treintones sensibles e inteligentes, sí entienden y comparten las
utopías de los chavitos? ¿Pero de cuáles chavitos, carajo? ¿Y cuáles son esas
novedosas utopías? «Muchas de esas críticas», continuaba Pacho, «se hacen en
función de parangones sesenteros y setenteros que consideraban que la visión
del cambio social era unívoca: paz y amor, comunismo y socialismo...»
Si mal no
recuerdo, Roco, en casi todas las entrevistas televisadas, y hasta en la
revista Eres, declaraba —la expresión de un profeta en su rostro, captada en todo su esplendor en
nuestro video El rock sí tiene la culpa (1993) realizado por Víctor Mariña y
quien esto escribe— que «lo más contestatario, lo más subversivo, es la risa,
el amor», rematando con arrobados mensajes de espiritualidad y fraternidad ante
los aplausos y la mirada fascinada de Verónica Castro. Como habría declarado un
perfecto hippie sesentero, sin duda.
Nadie ha
satanizado a la televisión. En términos de difusión de la música de los roqueros
mexicanos y de otros países todos tenemos claro que ésta, aun más que la radio,
es el medio más eficaz. Pero pretender utilizarla para transmitir un mensaje
«contestatario» —así sea en MTV—, una palabra muy cara a Roco y a muchos de
ellos —férreos zapatistas, ecologistas, místicos y demás—, no es más que un
síntoma de flagrante ingenuidad, si no es que de torpeza, y más aún cuando
estos grupos se pliegan y asumen tácitamente el hipócrita lenguaje del
monopolio aceptando sin chistar sus reglas y condiciones so riesgo de no volver
a ser invitados —y por consiguiente, de perder ventas y popularidad: Maldita
Vecindad, quizá más que ninguna otra banda, es el ejemplo por excelencia de
sumisión a las condiciones de su mánager y de la compañía disquera: que lo
digan si no, entre otras cosas, las canciones que nunca pudieron salir al
público porque así lo quiso Ariola en un desplante de torpeza y prepotencia.
Los Malditos, tan ufanos de su independencia artística y de su coherencia
ideológica, sólo tragaron saliva y volvieron al estudio a grabar uno de los
peores álbumes de su carrera —eso sí, políticamente correcto—; el otro es el
aberrante Mostros, que quizá supera en clichés y estereotipos al desangelado
Baile de máscaras.
A pesar de
tratarse de una crítica llana y directa que se limita a cuestionar el ambiguo,
incoherente y raquítico cuerpo ideológico y conceptual del rock mexicano en las
pantallas televisivas y en los conciertos masivos —en los que hasta ahora ha
prevalecido un tono exageradamente nacionalista rayano en la histeria y el
chovinismo—, los grupos lo han tomado como una afrenta personal, rehusándose
inexplicable y sistemáticamente a entablar una polémica que sería provechosa
para todos: periodistas, músicos y público, incluyendo a los chavitos de Pacho.
Hubo quien
llegó a acusarme de poco solidario y hasta de contrarrevolucionario por haber
dejado de apoyar y escribir a favor de la ya veterana nueva camada de roqueros
mexicanos. ¿Habrá alguien capaz de escuchar rock en español todo el tiempo?, le
pregunté a Pacho hace ya varios años. La sola idea es escalofriante, y así lo
reconoció. Sin embargo, a pesar de mis rudas críticas al penoso desempeño del
rock nacional en los medios —sobre todo en la televisión— siempre he sabido
apreciar y valorar el trabajo musical de algunos de estos grupos: la Avalancha
de Éxitos (1997) y el nuevo álbum doble Revés/Yo soy (1999) de Café Tacuba, por
ejemplo, me parecen puntos culminantes de la música pop contemporánea.
El universo
musical es tan vasto y pródigo que me apenan los fanáticos de un solo género
—sea éste el thrash-death-metal, la clásica (a la que Roco desprecia
olímpicamente), la quebradita o la balada ranchera—, más parecidos a los
sectarios fundamentalistas o a los hinchas futboleros que a degustadores
inteligentes de la música toda. ¿Por qué no tomarse el tiempo para escuchar un
poco de aquí y de allá, precisamente ahora, en esta época en que casi todas las
manifestaciones de la cultura universal están a nuestro alcance? ¿O es que la
música se trata también de convicciones e ideologías excluyentes? Ya me imagino
a las esclerosadas hordas de chavos banda suicidándose en masa a la muerte de
su deleznable y neopanista gurú Alex Lora. ¿Cómo reaccionarían ante las
oligofrénicas piezas del delirante autor catalán Pascal Comelade, cuyos
arreglos con instrumentos de juguete pueden ser a un tiempo arrebatados y
estremecedores? Quisiera ver sus rostros cuando sonaran los estruendosos
primeros acordes de «La noche», obra maestra del innovador rumbero colombiano Joe
Arroyo, o de las descuadradas y chirriantes cumbias de su paisano Alfredo
Gutiérrez y los Corraleros del Majagual. Quizá tendrían una expresión parecida
a la mía si me viera obligado a escuchar el anacrónico órgano melódico de Juan
Torres o, para ubicarnos más en nuestros días, el piano de Yanni o el de Raúl
Di Blasio. Podría alegar, en mi descargo, que estos últimos, junto a las
vulgares salsas dizque «eróticas» de Eddie Santiago y sus cientos de imitadores
en Nueva York y América Latina son, ni más ni menos, basura pura —¿alguien
quiere contradecirme?
Música de
todas las latitudes y de todas las épocas: los mejores cocteles se preparan,
por ejemplo, con Led Zeppelin, Gavin Bryars y Acerina y su Danzonera; Nusrat
Fateh Alí Khan, Tom Waits y Daniel Santos; Chelo Silva, The Residents y David
Bowie. Enfrentar la música toda y disfrutarla. Romper las barreras entre los
géneros y entenderlos, asimilarlos en su compleja riqueza: del irlandés Billy
Bragg al minimalista Michael Nyman; de las armoniosas baladas de Abba a los
ácidos guitarrazos de Concrete Blonde and The Illegals; de los soundtracks (The
Commitments, Trainspotting, Wild at Heart...) al Graciasland de El Vez, el
Elvis Presley chicano; de Nina Simone y Os Mutantes a las excelentes
recopilaciones de Buy Product (Cowboy Junkies, Aimee Mann, The Raincoats...);
del chicano Money Mark (el cuarto Beastie Boy) a los británicos Tindersticks
(banda de tintes darks en cuyo primer disco hay un tema compuesto a partir de
un cuento de Juan Rulfo); de la imponente cantante sefardita angloegipcia
Natacha Atlas a las sinuosas evoluciones neoprogresivas de Nona Delichas —de
Tijuana— o la apacible, dulce y queda voz de Hope Sandoval, de Mazzy Star.
A principios
de este año la voraz mánager de bandas roqueras Marusa Reyes envió un boletín
por internet a los medios de comunicación, anunciando la venturosa llegada de
Saúl Hernández y Sabo Romo a Los Ángeles para grabar, junto a Stewart Copeland,
ex baterista de The Police, una versión de Does everyone stare the way I do?,
para el álbum-homenaje al seminal y desaparecido grupo de los ochenta, de
pronta aparición.
No puedo
resistir la tentación de reproducir el pintoresco mensaje adjunto de Saúl a sus
innumerables fans, agradeciéndoles su fidelidad y su paciencia ante la ausencia
temporal del creador y líder de Jaguares:
Hola aliado–aliada: es el único adjetivo (sic) que puedo
utilizar para acercarme ligeramente a definir la imagen que tengo de ti.
Inseparable guerrero, mi cómplice de luchas, eres la tierra que me convierte en
árbol y me hace crecer hasta tocar el cielo. En momentos de oscuridad prendiste
tu veladora y pronunciaste mi nombre, y por qué no decirlo, cuidaste de mi
alma. La soledad nunca me alcanzó y cuando me asomaba al vacío estabas tú.
Cartas, correos electrónicos, telefonazos, encuentros callejeros, me
demostraron que incondicionalmente estamos juntos, que el dolor nos une más,
mucho más, y que somos más fuertes que las traiciones, las enfermedades, los
apañones, la crítica (sic). Que el sistema no es tan grande frente a nosotros,
la discriminación no existe en nuestras mentes, que la marginación, eterna
enemiga, sólo existe en sociedades decadentes como la nuestra. Por tu
fortaleza, por tu credibilidad, porque utilizas la inteligencia y no la
violencia, te respeto. Te quiero dar las gracias por tu apoyo, porque juntos
hombro con hombro construyamos un mejor futuro para toda la raza. Por mi parte
te seguiré respondiendo con lo único que me queda: mi vida. Gracias por todo y
por todos, nos veremos en el próximo concierto.
Tu carnal, Saúl Hernández
Más que su
prosa lastimera y rebuscada, aderezada con gastadas imágenes indianas, lo que
resalta es la megalomanía inaudita que trasudan sus palabras: un ejército de
fans incondicionales prende veladoras y reza por el alma del solitario y
estoico Saúl, un árbol de falsa humildad cuyas ramas rozan el cielo para, desde
ahí, lanzar bendiciones o anatemas, ya sea que se trate de su amado cuan
adormecido y pisoteado público o bien de traidores o críticos decadentes. ¿Qué
clase de futuro mejor imagina el hierático cantante para «la raza»? Quizá uno
donde la crítica sea inexistente y los discursos de los diputados estén
salpicados de metáforas prehispánicas y alusiones esotéricas de pacotilla.
Guerreros y cómplices, los incontables fanáticos del Dios Jaguar seguirán
tratando de descifrar las claves secretas y los misteriosos guiños ocultos en
las incomprensibles letras de sus monótonas letanías. Y, seguramente,
bendecirán su alma y su voz.
El rock —y
sus géneros derivados y periféricos, como el pop, el rap y tantos otros
estilos— es, como todos sabemos, un espléndido negocio y por lo mismo está
repleto de vivales y oportunistas. Y no me refiero solamente a los tiburones de
la industria, productores y representantes, sino a los propios artistas. Más de
una vez he expresado mis justificados reparos ante las baladas monótonas y
reiterativas de los cantantes de la avejentada nueva trova cubana o del
insufrible trasnochador Joaquín Sabina, y mi escepticismo ante las pomposas y
«espirituales» declaraciones de universalidad de Manú Chao o las beligerantes
rolas anarcozapatistas de Ska-P y de Tijuana No (quienes, a la menor
provocación, espetan al público, en franco autorreflejo freudiano: «¡Marcos es
tu padre!»).
Hace varios
meses se organizó en las afueras del Distrito Federal un gran festival de ska,
en el que participaron cerca de trescientos grupos, encabezando el cartel, but
of course, mis queridos [ex] amigos de Maldita Vecindad. Más que de variedad o
de riqueza, el festival parecía un desfile de clones tocando hasta el hartazgo
el mismo ritmo machacón acompañándolo de vocesitas desafinadas que hablaban de
tamagotchis descompuestos, de peces convertidos en improbables pasteles y de
que, válgame, no sabemos amar... entre otras sentencias que rezuman una
profunda visión de la vida.
Lo mismo
pasa, en menor escala, probablemente, con el rap y el hip hop. La herencia del
ininteligible rap machista-derechista de Control Machete, así como los
agresivos pero infantiles desplantes de Molotov y las bromas insulsas de
Plastilina Mosh están marcando a las nuevas bandas del género, que copian
incluso al detalle los gestos de enojo y los simiescos balanceos de sus
maestros, cada vez más alejados de ilustres e inteligentes predecesores como
Cypress Hill, Delinquent Habits o Beastie Boys.
Por fortuna,
en la escena local brotan con cierta regularidad agrupaciones que apuntan hacia
otras vertientes de la música contemporánea, algunas más conocidas que otras
—Titán, Las Ultrasónicas, Intestino Grueso, Lost Acapulco, Los Esquizitos— y
que hacen pensar que el rock y sus derivados no es sólo un asunto de
adolescentes tardíos incapaces de cuestionar mínimamente las letras y la
estructura musical de las rolas que los prenden.
[1998-1999]
Del libro “Sensacional de contracultura” (Ediciones Sin Nombre, 2009)
* * *
Rogelio Villarreal (Torreón, Coah., 1956), periodista, escritor y editor, es autor de
Cuarenta y 20 (Moho, 2000), El dilema de Bukowski (Ediciones Sin Nombre, 2004),
El periodismo cultural en los tiempos de la globalifobia (Conaculta-Ediciones
Sin Nombre, 2006) y de Sensacional de contracultura (en prensa). Ha publicado
prólogos e introducciones para catálogos y diversos libros, y colaborado en
varios libros colectivos. Colabora eventualmente en diarios y revistas del país
y del extranjero. Dirigió las revistas La Regla Rota y La Pus moderna y
actualmente es editor de la revista Replicante.



Está verga Noctis. Coincido en muchas cosas, pero acáaaa. ¿no cae un poco en lo que critica?
ResponderBorrarEstá verga Noctis. Coincido en muchas cosas, pero acáaaa. ¿no cae un poco en lo que critica
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