Literatura de mesa de consultorio
Luis
Enrique Anguiano Torres
Faltan
12 minutos para tu cita y acabas de dar el paso para entrar al consultorio; es
uno de esos lugares que huelen a bata y a acero quirúrgico. El ortodoncista te
dijo que no sería la gran cosa y tú esperas que así sea porque, francamente, tener
caries a tu edad es ridículo. En lo que aparece el galeno bucal, decides hojear
(y ojear) una de las revistas que están sobre la mesita. El resultado de la
“lectura”, desastroso, invita a no querer ver otra revista de esas. No se
trataba del boletín de “Salud bucal e infecciones pustulosas” de este mes, no.
Tampoco era un reportaje sobre la gangrena. Era una revista de TV Notas, lo que se suele llamar
“lectura fácil” aunque, para ser honestos, lo único digno de leer era el nombre
y las medidas de la modelito en bikini que aparece en las páginas centrales.
¿Por
qué? ¿Qué diablos tienen esas publicaciones que nos provocan tanta repulsa? O
bueno, al menos a mí en lo personal me la provocan y bastante, tengo una idea
de por qué y espero que si usted está en este mismo caso, sabrá entenderme. Al
buen entendedor pocos ejemplos y debo reconocer que la pérdida de contacto es
evidente desde que empecé mi huelga de no ver la programación del 2 ni del 13
desde hace algunos años. Muchas caras no me resultan familiares y no tenía idea
de por qué fulano de tal se había divorciado y que ahora su ex esposa se
cachondeaba en una playa privada a un morro 10 años menor que ella.
Pobre
desgraciado. Su esposa, su modelito de televisión resultó ser una cabrona y su
matrimonio (cumplido bajo la ley de la palabra de Dios) se vino abajo y lo tuvo
que deshacer. ¿El resultado? Fulanita ahora tiene la libertad de hacer lo que
se le venga en gana y tirarse a quien quiera –total, ella elige aunque los
medios le tengan la moral por los suelos– y Fulanito ahora puede disfrutar de
su homosexualidad sin mayores reproches.
Que a
tal cantante le quitaron piedras en el riñón. Que este otro vato comparte las
fotos de su viaje a los Alpes con su familia. Que sutanita trae el demonio
adentro y que por eso se drogaba tanto así que le hicieron un exorcismo
contando con excelentes resultados y ahora promete que nunca más tocará una
línea de coca en su vida. Cosas bien ordinarias, pues, nada más que nos la
venden como si le ocurriera a personas extraordinarias. Lamento desilusionarlos
pero todas y cada una de las personas que aparecen en esas ediciones son
perfectamente humanos; ríen, lloran, orinan, defecan, pagan y son pagados.
Cuando
lees “Joan Sebastian es atacado por el cáncer de próstata” te pones a pensar en
casi todo excepto que es entre los testículos y el intestino donde el güey
tenía el problema. Vale, quizás ese ejemplo fue demasiado pero juro por Diosito
y sus apóstoles que estaba ahí, impreso. Esa revista me estaba enterando que un
fulano tenía cáncer en las profundidades de su persona y que era una buena
noticia que ahora se encontrara bien de salud.
Llegados
a este momento, quizás ya estemos adivinando por qué nos causa repulsión este
tipo de “lectura fácil”. Así, entrecomillado porque no creo que eso deba ser
lectura. En principio porque necesitan imágenes para TODO, aún la columnita de
la receta para el domingo y los horóscopos tienen fotos. La editorial. Los
testimonios de la gente que compró la mano sagrada de los 7 colores. Todo, todo
tiene imágenes y es curioso que para leer cosas a momento tan ramplonas tengas
que haber sido enganchado primero por una fotografía sugerente. El texto es
supeditado a la imagen en prácticamente todo momento.
¿Ya
viste que el restaurant donde cacharon a Diego Luna con sus hijos es idéntico
al que una vez fuimos? ¿Ya viste el nuevo vestido de Lucerito? Ay no. Eso no es
de Dios, mira, Jacqueline tan buena persona y le robaron su coche. Lectura
“fácil” por no decir vana, superflua.
El
problema no es aquí la manera en que se presentan semejantes datos. El problema
es que algo así desea conformarse como parte de nuestra realidad. O sea, hay
gente que compra esas revistas, las colecciona de seguro y se pone a platicar
con alguien más sobre los contenidos de las mismas. No es una lectura muy
edificante que digamos. Quizás… Quizás haya alguien, un dios o un arcángel que
decidió y dijo “esas pinches publicaciones están destinadas a las mesitas
centrales de los consultorios y las estéticas” y quizás nadie las compra.
Quizás la revisa misma usa la estrategia peñanietesca de aparentar que tiene
circulación y aceptación entre la gente. Ni siquiera el cuento ni los chistes o
la caricatura que aparecen en las últimas hojas son buenos. Vaya gasto de papel
y tinta.
O,
quizás… No es un desperdicio. No. Es lo que se llama mal ejemplo. Alguien en
alguna ocasión que se le cuestionó sobre sus hábitos de lectura (aficionado a
los libros de superación personal) dijo con algo de recelo y de aire de mártir
“es que es lo único que puedes leer en las madrugadas cuando vas en el metro
camino al trabajo”. NO, discúlpame pero no. Eso no es un argumento para abogar
por la existencia de la “lectura fácil”. Ni siquiera es un argumento, propiamente
dicho. Nadie obliga a la gente a que lea cosas que prácticamente no llevan a
ningún lugar. Nadie dijo que es obligación moral de algún tipo de persona en
particular tener que leer basura. “Es que yo no estudié mucho y varias cosas no
las entiendo” te pueden decir, pero la verdad es que hay autores que para ser
leídos no exigen que tengas una carrera. No. Es una ilusión eso de que la “alta
lectura” o como sea, es difícil. No sé por qué existe esa noción.
Es
cierto, hay autores que son lentos como la infancia de Heidi. Otros autores que
espantan con el tamaño de sus libros (quizás Joyce la tenía chiquita y el Ulises fue su manera de desquitarse con
el mundo) y hay otros muchos que utilizan palabras que al principio no
entendemos, pero no pasa nada si en casa tenemos un diccionario que nos saque
del apuro.
Es
cierto: Sartre no es de esas cosas que te encuentres por ahí, en una estética y
Hesse no está entre los favoritos de los revisteros en los consultorios. Quizás
me estoy volando la barda al comparar una revista de esas con una publicación ya más seria como un libro de los nuevos
clásicos, pero lo mismo se puede aplicar a otras ediciones de mejores
contenidos. No se puede reemplazar porque el segundo tipo de lectura, las
letras serias, exigen que te pongas a pensar en la relación que guardas con el
texto mientras que la TVyLiteratura se vende a sí misma como algo con lo que ya
estamos relacionados pero la verdad es que no: Uy sí, claro! Las vacaciones de
Jaime Camil tienen mucho que ver conmigo.
Le das
vuelta a las hojas cada vez más rápido y terminas por cerrar la revista y
educadamente ponerla (aunque de forma algo brusca) en el lugar donde la
encontraste y del que nunca debió haberse movido. Estás contemplando las otras
posibilidades de lectura cuando, afortunadamente, aparece Cheli y te dice que pases.
En unos minutos, el dolor del taladro en el nervio dental hará que ni te
acuerdes de Joan Sebastian y su cáncer de próstata. Dios bendiga la anestesia
local.



es de lo mas idiota que e leido pero es verdad
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