En el umbral de la literatura
Elvira Ramos Rivera
“Quizá precisamente del abismo más
profundo en que no es posible la redención por las fuerzas humanas, quizá
precisamente de esta podredumbre y de este ridículo, quizá precisamente de la
desesperanza y de los sufrimientos puedan llegar la gracia y la redención”[1]
Cuando nos enfrentamos por primera vez a la literatura de
Pinjás Sadé encontramos ciertas connotaciones bastante conocidas que nos
dirigen directamente a Nietzsche y a “Así
habló Zaratustra”.
Se trata ésta, de una “novela” autobiográfica escrita
cuando el autor tenía 27 años cuya aparición, en una sociedad hebrea cuyos
valores ideológicos iban dirigidos únicamente hacia la consecución de un
estado, y para nada centrada en los valores patrióticos, más bien se puede
considerar como una poética vital, un viaje profundo hacia lo más íntimo de sí
mismo, una inmersión sin flotador en lo más profundo del ser, para encontrar
respuestas allí donde se han alojado durante toda la vida solo preguntas.
La cultura en la que hace aparición Pinjás Sadé, está
inmersa en una búsqueda incesante de la solución a un conflicto social
fundamentado en los desajustes jerárquicos de clase, alimentados por la
concentración de diásporas en continua progresión y que aún no se habían
superado las brechas culturales entre las comunidades de inmigrantes.
Así pues, la novela La
vida como parábola supuso para muchos una liberación de esta cultura
estatal tan arraigada e interrumpida por este intento de introspección
emocional antagónica a lo establecido socialmente hasta el momento.
El autor pretendía, a mi juicio, una búsqueda de la
individualidad cercando lo absoluto de sí mismo por medio de una actitud
emotiva hacia los demás.
Este intento “romántico” se fundamenta con la atracción
del autor hacia lo joven, hacia los conceptos primitivos del ser humano,
iniciando una tendencia hacia el estado natural del hombre, y sobre todo
haciendo uso de la soledad, los sufrimientos y el exilio interior para
encontrar las respuestas que al inicio mencionaba.
Todos estos sentimientos de agonía emocional e
intelectual se centran en una unidad que, paradójicamente, está formada por un
amor bicéfalo, hacia la vida y hacia la muerte, a partes iguales.
La presencia del Romanticismo alemán en su formación
autodidacta, le hace romper con todo tipo de convenciones, y mostrar su total
desacuerdo con la estructura del mundo que le impedía un desarrollo completo de
su libertad individual.
Pinjás Sadé estaba lleno de ilusiones que enriquecían
esta transformación buscada con este libro.
Sin embargo se
trata, por otro lado, de mostrar no solo un aspecto filosófico del ser humano
sino la mala influencia del judaísmo tradicional como ralentizador de un
espíritu de renovación social y emocional.
Algo parecido, a mi juicio, con lo pretendido por Thomas
Mann con La montaña mágica y Herman
Hesse con Siddartha. Dos novelas de
aprendizaje, más la segunda que la primera, cuyas estructuras generales son muy
semejantes a las “confesiones” de La vida
como parábola.
Sin embargo, encuentro ciertas dificultades a la hora de
catalogar La vida… pues en su
estructura confluyen tanto la prosa como la poesía, en un intento filosófico de
mostrar la diversidad de posturas frente a los acontecimientos, sin ajustarse a
las normas literarias de la época.
Usa para ello el autor su propia experiencia, así como
una rica intertextualidad con el Nuevo y el Antiguo Testamento como bases
literarias e ideológicas, así como un gran repertorio de mensajes que ya
encontrábamos en obras de Hölderin, Montaigne o incluso en textos clásicos de
Platón.
Es muy curiosa la intertextualidad de esta obra pues
incluso mensajes relacionados con la Cábala muestran el conocimiento profundo
de las corrientes espirituales del momento por parte del autor.
Esto nos lleva a pensar que la cierta marginación del
escritor puede ser intencionada debido a su consideración personal íntimamente
enfocada hacia la consecución de una misión como buscador de respuestas y
transmisor de las mismas, en cierta medida una actitud altamente ególatra y
sobre todo rebelde frente a la sociedad que le rodea.
Pero no es el único que muestra esta actitud en su
tiempo, ya a lo largo de todo el siglo XIX, son muchos los autores que deciden
ir en contra de lo establecido socialmente y se hacen llamar “malditos”.
No buscan sino mostrar su potencia emocional al público y
no hacen otra cosa que destruirse a sí mismos y hacer de esta destrucción una
forma de vida y su razón de ser.
Así pues, serán los Románticos, Baudelaire, Rimbaud,
Verlain o Céline los que muestren este “malditismo” europeo sin apenas raíces
religiosas como un mal que agota la creatividad del personaje, con la única
diferencia que en el “malditismo” de Sadé sí que podemos encontrar
connotaciones profundamente judías, religión con una fuerte sensación de unión
comunitaria que confrontaba con la actitud profundamente individualista de
Pinjás.
Esta actitud provocadora digna de cohabitar con la
literatura europea de entreguerras que reivindica el mal por el mal como
necesidad humana, el mal como una forma de estética, como hicieron Céline, Hesse, Sartre, Camus… Esta
actitud moderna le sirvió para ser incluido y considerado de la nueva tendencia
literaria siendo voz discordante en el panorama literario hebreo.
De hecho él mismo dice en relación al proceso creativo de
La vida como parábola que “los relatos no los puse para darle colorido
a la obra sino para ilustrar cuestiones filosóficas y teológicas (…) puede
decirse que esas historias fueron inventadas por Dios o por la vida o por el destino,
y son más importantes que lo que yo podría inventar. Yo solo trato de inventar
el comentario, de entender lo que es esa vida. La vida me plantea interrogantes
y yo trato de darles una respuesta con los medios de expresión que tengo”[2].
Es muy posible que sus ideas, con las que “tiraba
piedras” a través de su escritura, no fueran otra cosa sino un intento de
deconstruir los cánones establecidos hasta el momento en la literatura hebrea.
Algunos de ellos serían la liberación del yo con respecto a las ataduras de la
diáspora, una idea del yo cuya única forma de ser es por medio de la
pertenencia a un colectivo, y sobre todo, frente a la aparición de una línea literaria liderada por
los escritores de la Shoah, los supervivientes del Holocausto.
En definitiva, Sadé es un postmoderno dentro de la
literatura hebrea que comparte con los que vendrán mucho después ciertas
características posmodernistas, unas raíces culturales diluidas, una falta
abrumadora de esperanzas de futuro y una riqueza lingüística que permite la
entrada de cualquier idioma y sobre todo una apertura a los nuevos mundos.
Pinjás Sadé dejo allanado el camino a autores nuevos pero
siempre se mantuvo consecuente con su propio estilo, que buscaba en las raíces
germánicas y cristianas su propia identidad de hombre extraño y singular.
Todo ello por medio de una llamada de aventura que tiene
varios procesos de evolución, fortalecida por medio de la aparición de un
maestro que le ayuda, como en el caso de Así
habló Zaratustra y el Nuevo Testamento.
Gracias a esto, se cruza el umbral establecido y queda a
merced de un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, que perfectamente
podría ser la situación de la literatura de búsqueda, que no consigue las
respuestas pretendidas pero sí hacernos saber que es posible soñar.
[2] R. Flantz, “ An
interview with Pinchas Sadeh”, Modern Hebrew literature vol ), nº 1-2, 1983,
p,23.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí