lunes, mayo 28, 2012

LAS AFUERAS: En el umbral de la literatura



En el umbral de la literatura


Elvira Ramos Rivera



“Quizá precisamente del abismo más profundo en que no es posible la redención por las fuerzas humanas, quizá precisamente de esta podredumbre y de este ridículo, quizá precisamente de la desesperanza y de los sufrimientos puedan llegar la gracia y la redención”[1]


Cuando nos enfrentamos por primera vez a la literatura de Pinjás Sadé encontramos ciertas connotaciones bastante conocidas que nos dirigen directamente a Nietzsche y a “Así habló Zaratustra”.
Se trata ésta, de una “novela” autobiográfica escrita cuando el autor tenía 27 años cuya aparición, en una sociedad hebrea cuyos valores ideológicos iban dirigidos únicamente hacia la consecución de un estado, y para nada centrada en los valores patrióticos, más bien se puede considerar como una poética vital, un viaje profundo hacia lo más íntimo de sí mismo, una inmersión sin flotador en lo más profundo del ser, para encontrar respuestas allí donde se han alojado durante toda la vida solo preguntas.
La cultura en la que hace aparición Pinjás Sadé, está inmersa en una búsqueda incesante de la solución a un conflicto social fundamentado en los desajustes jerárquicos de clase, alimentados por la concentración de diásporas en continua progresión y que aún no se habían superado las brechas culturales entre las comunidades de inmigrantes.
Así pues, la novela La vida como parábola supuso para muchos una liberación de esta cultura estatal tan arraigada e interrumpida por este intento de introspección emocional antagónica a lo establecido socialmente hasta el momento.
El autor pretendía, a mi juicio, una búsqueda de la individualidad cercando lo absoluto de sí mismo por medio de una actitud emotiva hacia los demás.
Este intento “romántico” se fundamenta con la atracción del autor hacia lo joven, hacia los conceptos primitivos del ser humano, iniciando una tendencia hacia el estado natural del hombre, y sobre todo haciendo uso de la soledad, los sufrimientos y el exilio interior para encontrar las respuestas que al inicio mencionaba.
Todos estos sentimientos de agonía emocional e intelectual se centran en una unidad que, paradójicamente, está formada por un amor bicéfalo, hacia la vida y hacia la muerte, a partes iguales.
La presencia del Romanticismo alemán en su formación autodidacta, le hace romper con todo tipo de convenciones, y mostrar su total desacuerdo con la estructura del mundo que le impedía un desarrollo completo de su libertad individual.
Pinjás Sadé estaba lleno de ilusiones que enriquecían esta transformación buscada con este libro.
Sin  embargo se trata, por otro lado, de mostrar no solo un aspecto filosófico del ser humano sino la mala influencia del judaísmo tradicional como ralentizador de un espíritu de renovación social y emocional.
Algo parecido, a mi juicio, con lo pretendido por Thomas Mann con La montaña mágica y Herman Hesse con Siddartha. Dos novelas de aprendizaje, más la segunda que la primera, cuyas estructuras generales son muy semejantes a las “confesiones” de La vida como parábola.
Sin embargo, encuentro ciertas dificultades a la hora de catalogar La vida… pues en su estructura confluyen tanto la prosa como la poesía, en un intento filosófico de mostrar la diversidad de posturas frente a los acontecimientos, sin ajustarse a las normas literarias de la época.
Usa para ello el autor su propia experiencia, así como una rica intertextualidad con el Nuevo y el Antiguo Testamento como bases literarias e ideológicas, así como un gran repertorio de mensajes que ya encontrábamos en obras de Hölderin, Montaigne o incluso en textos clásicos de Platón.
Es muy curiosa la intertextualidad de esta obra pues incluso mensajes relacionados con la Cábala muestran el conocimiento profundo de las corrientes espirituales del momento por parte del autor.
Esto nos lleva a pensar que la cierta marginación del escritor puede ser intencionada debido a su consideración personal íntimamente enfocada hacia la consecución de una misión como buscador de respuestas y transmisor de las mismas, en cierta medida una actitud altamente ególatra y sobre todo rebelde frente a la sociedad que le rodea.
Pero no es el único que muestra esta actitud en su tiempo, ya a lo largo de todo el siglo XIX, son muchos los autores que deciden ir en contra de lo establecido socialmente y se hacen llamar “malditos”.
No buscan sino mostrar su potencia emocional al público y no hacen otra cosa que destruirse a sí mismos y hacer de esta destrucción una forma de vida y su razón de ser.
Así pues, serán los Románticos, Baudelaire, Rimbaud, Verlain o Céline los que muestren este “malditismo” europeo sin apenas raíces religiosas como un mal que agota la creatividad del personaje, con la única diferencia que en el “malditismo” de Sadé sí que podemos encontrar connotaciones profundamente judías, religión con una fuerte sensación de unión comunitaria que confrontaba con la actitud profundamente individualista de Pinjás.
Esta actitud provocadora digna de cohabitar con la literatura europea de entreguerras que reivindica el mal por el mal como necesidad humana, el mal como una forma de estética, como  hicieron Céline, Hesse, Sartre, Camus… Esta actitud moderna le sirvió para ser incluido y considerado de la nueva tendencia literaria siendo voz discordante en el panorama literario hebreo.
De hecho él mismo dice en relación al proceso creativo de La vida como parábola que “los relatos no los puse para darle colorido a la obra sino para ilustrar cuestiones filosóficas y teológicas (…) puede decirse que esas historias fueron inventadas por Dios o por la vida o por el destino, y son más importantes que lo que yo podría inventar. Yo solo trato de inventar el comentario, de entender lo que es esa vida. La vida me plantea interrogantes y yo trato de darles una respuesta con los medios de expresión que tengo”[2].
Es muy posible que sus ideas, con las que “tiraba piedras” a través de su escritura, no fueran otra cosa sino un intento de deconstruir los cánones establecidos hasta el momento en la literatura hebrea. Algunos de ellos serían la liberación del yo con respecto a las ataduras de la diáspora, una idea del yo cuya única forma de ser es por medio de la pertenencia a un colectivo, y sobre todo, frente  a la aparición de una línea literaria  liderada por  los escritores de la Shoah, los supervivientes del Holocausto.
En definitiva, Sadé es un postmoderno dentro de la literatura hebrea que comparte con los que vendrán mucho después ciertas características posmodernistas, unas raíces culturales diluidas, una falta abrumadora de esperanzas de futuro y una riqueza lingüística que permite la entrada de cualquier idioma y sobre todo una apertura a los nuevos mundos.
Pinjás Sadé dejo allanado el camino a autores nuevos pero siempre se mantuvo consecuente con su propio estilo, que buscaba en las raíces germánicas y cristianas su propia identidad de hombre extraño y singular.
Todo ello por medio de una llamada de aventura que tiene varios procesos de evolución, fortalecida por medio de la aparición de un maestro que le ayuda, como en el caso de Así habló Zaratustra y el Nuevo Testamento.
Gracias a esto, se cruza el umbral establecido y queda a merced de un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, que perfectamente podría ser la situación de la literatura de búsqueda, que no consigue las respuestas pretendidas pero sí hacernos saber que es posible soñar.


[1] La vida como parábola, pág 208.
[2] R. Flantz, “ An interview with Pinchas Sadeh”, Modern Hebrew literature vol ), nº 1-2, 1983, p,23.



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