Estamos
aquí por el premio
Luis Enrique Anguiano Torres
Se dice que los
jóvenes son el futuro del país. No es cierto, los jóvenes no son el futuro, son
el presente. Basta con ver las noticias para darse cuenta de eso. Pero, el
presente texto no pretende ser una apología del despertar político de las
últimas semanas, tampoco pretende ser lo contrario. Ese tema me lo voy a
brincar como quien se brinca una auditoría de hacienda porque hoy creo que
tengo la excusa con peso suficiente –todas las excusas tienen el peso
suficiente- como para hablar de un tema tan banal, tan falaz, pero también,
lleno de particularidades como lo es un “festival cultural de la juventud”. Los
que hayan estado por ahí a esa hora del día sabrán a qué me refiero.
No es ningún secreto
que cuando se llegan los tiempos electoreros los partidos quieren ganarse el
favoritismo de la gente a como dé lugar: se organizan mítines, se contratan
animadores, se compran despensas que no valen ni 50 pesos la unidad para
transmitir la imagen de bonanza que –seamos sinceros- el partido pretende tener
porque en realidad tiene mucho más. Los “festivales culturales” (entrecomillado
para que se note la intención) son de los eventos que más simpatía me provocan
por la cantidad de teatro que se puede sentir en el ambiente. Todos ahí,
reunidos, unos con propaganda en mano lista para repartirla pretendiendo que
les interesas y ahí está uno con la patineta en mano listo para deslizarse por
la rampa que pusieron pretendiendo que le interesa participar.
Todos estamos ahí
por el premio, es lo que ocurre. No nos interesa quién pagó por el sonido ni
quién le conseguirá las drogas al DJ. Llegada la hora, cuando el candidato
aparezca sobre la tarima y el sonido baje de volumen para dar paso a una
perorata que versa sobre la energía de la juventud en estos días, todos desde
nuestros lugares pondremos cara de póker y pretenderemos estar interesados en
sus propuestas
Aparentar,
aparentar. De eso se trata y eso explica las comillas. Ellos aparentan que el
gasto que hicieron en un día subsanará la falta de espacios en todo un
cuatrienio o sexenio. Desde el momento en que uno pone un pie en el evento se
da cuenta de la naturaleza del mismo. Ves sus caras, escuchas sus palabras y
sabes que algo anda mal. Las “expresiones” urbanas están fragmentadas desde el
momento que ves que no todos se llevan bien y que cada quien participa en ellas
por sus muy personales motivos. Desde el chavo que no para de hablar de arte
callejero y tampoco suelta la bolsa con pintura, hasta la vaca sagrada del
patinaje que se las da de buenrollista pero que en cada maniobra destila un
“véanme, soy el mejor”.
No faltan los
despistados que andan por ahí: la familia que se quedó a ver qué ocurría y
terminarán pachecos y moneados los tres sin darse cuenta en qué momento les
llegó el petatazo. Está el chavo que
ya por haber comprado algunas revistas y haber visto algunos videos cree que
tiene los pies en el terreno y esta tarde se enfrentará al inminente rechazo de
al menos un practicante habitual de la improvisación en el micrófono o la
tornamesa. Los mismos organizadores, se puede decir, que estarán bastante
perdidos y se notará en fallas que estarán precedidas por los términos poco y mal; pocas rampas y mal colocadas. Pocos aerosoles y mal elegidos.
Pocas canciones y mal ecualizadas o mal seleccionados. Pocos micrófonos y mal
conectados. Pocas propuestas y mal colocadas.
Pero ¡Ocurre algo
bien simpático, chicuelos! Los organizadores del evento no saben que tienen
enfrente, no una expresión genuina sino una suma de expresiones forzadas a
participar en conjunto. En la naturaleza urbana no existen las interacciones
que se ven en un microclima como un “festival de arte urbano”: afloran las
envidias, aparecen los rencores y entre que tú eres el papá de mi sobrino y yo
a ese güey no lo quiero ver en mi barrio, el candidato se desvive por ganar
atención de uno de los sectores que más marginan durante el año. Ojalá y se
tomaran de forma crítica sus propuestas pero, al menos en este caso, cada quien
tiene su cabeza puesta en otra parte. Los organizadores cometieron un error al
anunciar premiaciones, ahora el evento está saturado pero ¡No teman! Que los
organizadores han tenido todo perfectamente planeado desde un principio y ahora
saldrán con la maravillosa idea de que, si no traes tu pulserita de asistente,
con toda la pena te tendrás que pasar a retirar aunque ya estés a mitad de tu
acto y luciéndote ante un público que nunca tienes.
De repente huele a
mota. El candidato hace como que no ocurre nada. El asistente pone cara de
“ash” y el resto del staff comienza a
cuchichear y a hacer bromas. El candidato pierde 20 puntos extra de atención
que se diluye en el aire como el vapor del thinner que está oliendo el flaco
aquel detrás de las bocinas. El candidato sigue en su discurso, centrado en
hablar de una juventud a la que no entiende y no se ha dignado a escuchar. Una
juventud a la que no se tomó la molestia de consultar y tan es así que es
evidente que su política para con los jóvenes no será lo que su bocota diga sino
que dará por hecho que ya sabe qué cosa nos gusta y cuáles son nuestras
exigencias y que con cualquier cosa nos contentaremos.
¡Va siendo que no
chucha! Ni nos contentamos con esto ni de repente eres nuestro gallo. Nosotros
estamos aquí por el premio, gracias.


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