Todos los besos son bienvenidos
Eusebio
Ruvalcaba
Beethoven le dio un
beso a Liszt. Se dice que Liszt y su padre se presentaron en la casa de
Beethoven para que el niño tocara ante el venerado compositor. Que tocó y que
Beethoven —harto de los niños prodigio— los puso de patitas en la calle; pero
la invitación para el concierto que el pequeño artista daría ese mismo día
quedó asentada. Pues bien, esa noche, ya en el concierto, luego de que el niño
Liszt hubo tocado, Beethoven salió de la nada, se subió al escenario, cargó a
Liszt y le dio un beso en la frente. El clamor general aún es posible
escucharlo.
Ni yo soy Liszt ni
Pedro Infante era Beethoven, pero a él y a mí nos sucedió algo parecido. No;
más lindo todavía.
Pedro Infante siempre
está de moda. Por eso cuento lo que estoy contando. La imagen y el carisma de ese hombre recorren la
memoria colectiva más allá de lo que en este país cualquier acontecimiento o personalidad
pudiese lograr, por más esfuerzos que se hagan. ¿Cómo le hizo?, se preguntan
los publirrelacionistas de las figuras públicas. Y se empeñan en dar con la clave, la llave que abre corazones y
torna de carne y hueso las siluetas de pura sombra. ¿Cómo le hizo?, se
inquieren inútilmente. La respuesta es muy simple. Casi de recetario: póngase a
hervir sentido del humor, simpatía, generosidad, voz aterciopelada, mirada
seductora, cuerpo atlético, galanura, talento musical, facultades histriónicas,
buen gusto, sencillez, humildad, y el producto se llama Pedro y se apellida
Infante.
Era yo un niño de
cuatro o cinco años y vivía en las calles de Miguel Ángel, en Mixcoac, barrio
por el que hace más de 50 años —¿de veras tantos?— los únicos vehículos que
transitaban eran carromatos tirados por mulas. En aquella época mi padre era el
violín concertino, es decir el primer violín, de la orquesta de los
cinematógrafos, y no había película nacional cuya música no fuese grabada por
aquélla. Tan sentida era la cosa, que cuando de chiquillo íbamos al cine a ver
una película mexicana —lo cual era rarísimo; en la familia éramos adeptos al
cine gringo— y de pronto se oía un violín, mi madre se ponía a llorar, y decía,
palabras más, palabras menos: “Es tu papá, es tu papá, qué maravilloso toca”.
Enseguida se enjugaba las lágrimas… Acá entre nos, mi padre siempre tuvo
amante, una tras otra, y creo que más bien ésa era la razón del llanto. La cosa
es que tocar en aquella orquesta le facilitaba a mi padre el conocimiento de
estrellas del cine. En esa época la gente no era tan engreída. Por ejemplo,
enfrente de donde vivíamos, allá en Mixcoac, en las calles de Miguel Ángel, vivía
Tin Tan, y cada 11 de enero, cumpleaños de mi padre, era el primero en
felicitarlo. Sonaba el timbre a las 8 de la mañana, y era él, muy trajeado. Le
abríamos la puerta y se dirigía hasta la sala. Mi padre se ponía a charlar con
él de las novedades cinematográficas, que no eran otra cosa que los chismes.
Pues bien, por alguna
razón que obviamente no recuerdo cierta mañana me levanté muy temprano y corrí
de la recámara a la sala; pero cuál no sería mi sorpresa cuando vi que alguien
dormía en el sofá. Había una persona ahí, acurrucada bajo un sarape de
Saltillo. Me acerqué cautelosamente, con el sigilo propio de un niño ante lo
desconocido, y aquel hombre se percató de mi presencia. Se quitó de encima el
sarape, y se me quedó viendo para sonreírse inmediatamente. Se levantó muy poco
a poco y se me acercó hasta quedar a unos centímetros de mí. Entonces me cargó
y me dio un beso en la frente, luego me depositó en el suelo, lanzó una
carcajada y yo corrí hasta la recámara de mis progenitores. Traería el susto en
la cara, porque mi padre me explicó que ese señor era Pedro Infante, y que le
estaba enseñando a tocar el violín. Más que a mí, a mis padres esta anécdota
les causó muchísima gracia, tanto que con los años la contarían a todo el que
quisiera oírla. Ignoro qué película estaría haciendo Pedro Infante en ese
momento —¿Sobre las olas?, ¿Los tres huastecos?—, pero lo que sí
tengo claro es que a la vuelta del tiempo mi padre me comentaría: “El talento
de Pedro para la música era increíble. En dos clases aprendió las bases del
violín, como si ya lo supiera”.
* * *
Eusebio Ruvalcaba.
(Guadalajara, Jalisco). Narrador, poeta, periodista y dramaturgo. Entre sus
libros publicados destacan Un hilito de
sangre, Música de cortesanas, Una cerveza de nombre derrota, entre otros. Fue
columnista de la revista de rock La mosca
en la pared y actualmente lo hace en el suplemento Laberinto del diario Milenio. Ha colaborado en infinidad de
revistas y periódicos del país.



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