por Sergio J. Monreal
Hace
ya varios meses que, al menos en internet, lo mismo por
medio de cadenas de correo electrónico que a través de las llamadas redes
sociales, vienen proliferando una serie de mensajes y pronunciamientos respecto
al derecho que las personas dedicadas al trabajo artístico tienen de cobrar por
sus servicios, respecto a su aspiración por vivir dignamente del horizonte
laboral que han elegido, y respecto a la hipotética posibilidad de que el
Estado pudiera llegar a hacerse cargo de sufragar en beneficio suyo
determinadas prestaciones sociales.
Se trata de temas que, según mi parecer, deben ser
planteados por separado, y cuya inclusión indiscriminada dentro del mismo
costal provoca confusiones y equívocos, evitando que el problema de fondo pueda
ser perfilado con un mínimo de claridad.
Que dedicarse profesionalmente a la Literatura, la
Música, la Danza, las Artes Plásticas o el Teatro exige la formación, el
desarrollo y el ejercicio de un oficio tan digno y tan exigente como el que
más, tendría que quedar a estas alturas fuera de todo debate. Tampoco está a
discusión la importancia de que los artistas aprendan a cobrar por su trabajo
un precio justo, coherente tanto con sus específicas condiciones y procesos de
formación, producción y divulgación, como con el contexto de recepción donde lo
ofertan (igual de ignominiosas las instituciones culturales empecinadas en
pagar mil pesos por una función o un concierto, o las luminarias que —con
impune carga a los devastados erarios públicos federal, estatal y municipal—
viven facturando bajo parámetros de primer mundo). Menos aún podría objetarse
la importancia de que el público aprenda y se acostumbre a pagar un precio
justo por el disfrute de bienes y servicios artísticos y culturales, quitándose
de la cabeza la idea de que le está haciendo un favor o brindándole una
oportunidad para expresarse a quien se los proporciona.
Pero ninguno de estos argumentos, cada uno de ellos de
elemental sentido común, legitima para acometer la festiva y banal idealización
de un gremio para nada idílico, ni en materia de responsabilidad profesional ni
en materia de responsabilidad pública.
La devaluación del oficio artístico no pasa en
principio por la discriminación o la marginalidad a la que socialmente tiende a
relegársele, incluso en una ciudad como la nuestra (donde la superficial
abundancia de eventos mal logra disimular el patente desinterés del grueso de
la ciudadanía local por el arte y la cultura). Pasa sobre todo por el
desconocimiento y el caprichoso ejercicio de las reglas profesionales básicas
de dicho oficio, a cargo de buena parte de quienes han elegido dedicarse a él.
En términos generales se asume que, para cobrar como tal, un cirujano debe
dominar con mínima capacidad los rudimentos elementales de su disciplina,
mismos que no quedan sometidos ni a su caprichosa subjetividad ni al
relativismo interpretativo (“a ti te parece malo, a mí me parece bueno”); o
sabe operar o no, punto. Para asumirte con derecho a cobrar como trabajador de la
cultura, parece en cambio que el dominio del oficio fuera un asunto
prescindible, negociable y tremendamente difuso. Basta presentarse como poeta,
actor, coreógrafo, perfomancero, etc., apechugar cierta capacidad para el
cinismo y el ridículo (al cabo aquí nadie tiene parámetros para valorar
objetivamente lo que estoy haciendo) y labrarse una reputación por cansancio.
Obedeciendo a una cuestión no digamos ya de ética,
sino hasta de orden práctico, para reivindicar el derecho a cobrar por ejercer
un oficio, habría que reivindicar primero, desde nuestro propio hacer, el
ejercicio digno de ese oficio.
Cierto, Roberto Artl es un monumental escritor que no
sabía escribir (que no dominaba los rudimentos técnicos de la escritura
literaria); pero no saber escribir de ninguna manera se vuelve automática
garantía para alcanzar la monumental estatura de Roberto Artl como escritor. Sorprende
la cantidad de inocentes que le apuestan todas sus veladoras a la opción de ese
único milagro; pero sorprende más la cantidad de gandules que viven de sus
rentas gracias a la miserable fe en ese milagro.
Pero la devaluación del oficio artístico por causa de
los propios responsables de ejercerlo, no es el único tema de necesario
esclarecimiento. Al reivindicar el hipotético derecho que los trabajadores del
arte y la cultura tendrían para reclamarle al espacio público de que forman
parte algún tipo de retribución, es imprescindible deslindar el grado de
responsabilidad realmente asumido por estos frente a dicho espacio.
Y en semejantes términos, el déficit resulta
inocultable. Pues más allá de cierta forzada retórica, empecinada en aseverar
que los artistas se la viven pensando en términos de grandes ideales, altruismo
espiritual y engrandecimiento humano del prójimo, lo cierto es que el ínfimo
lugar que su trabajo ocupa en términos reales dentro del horizonte de
existencia del ciudadano promedio, obedece no sólo a las inercias externas de
un orden social deshumanizado y consumista, sino a la nula disposición y
capacidad que, sobre todo desde el salinismo, ellos vienen mostrando para
asumir compromisos con su entorno histórico, nacional, regional, etc.
Contra lo que pudiera suponerse, esto último no tiene
porqué entrañar ninguna pretensión de servilismo ilustrativo o didáctico por
parte de los creadores, sino apenas por un lado la elemental conciencia de que
la obra es siempre una forma de redimensión de la realidad compartida y un
espacio de diálogo formulado de cara a los otros, y por otro la ubicación
responsable de los modos en que ambos aspectos han de solventarse a nivel
material y práctico.
El artista no puede someter la forma y el contenido de
su producción a lineamientos ideológicos
o altruistas de ninguna especie, por más nobles y elevados que estos sean, sino
a costa de sacrificar el sentido general de la misma, al cual en última
instancia se debe. Pero ese profundo sentido de responsabilidad y de respeto
frente a la peculiar naturaleza de su quehacer, resulta inconcebible sin el
permanente recordatorio del costo que debe estar dispuesto a pagar por hacer lo
que ha elegido hacer. Para quien se dedica a la actividad artística, tanto o
más importante que la capacidad de cobrar dignamente por el trabajo propio
resulta la de ser capaz de realizar y sostener ese trabajo contra toda posibilidad
de pago, recompensa o reconocimiento.
Reducir la relación entre supervivencia material y
fidelidad hacia la obra a los términos biográficos de un Van Gogh o un Allan
Poe (imprescindibles genios que vivieron y murieron en la miseria) representa por
supuesto un disparatado y melodramático exceso; parte importante de la
formación de un joven artista, pasa por la defensa irrestricta de su derecho a
una subsistencia digna. Pero pretender valerse de ese tipo de referentes para
garantizarle a los miembros del gremio artístico nacional una legitimidad que
sus propios hechos no han sabido ganarle, pretendiendo obtener a través suyo
toda suerte de exenciones, prebendas, dádivas, prestaciones y subsidios,
constituye como mínimo una desvergüenza; parte fundamental de la formación de
todo joven artista, pasa por el entendimiento de que cualquier usufructo de
bienes públicos exige una clara y puntual retribución a la ciudadanía que los
posibilita.
Trazar el patente y lamentable estado de indefensión
laboral que los trabajadores del arte y la cultura deben afrontar en este país,
exige tomar como dos importantes puntos de referencia tanto su incapacidad para
la generación y el sostenimiento de proyectos autogestivos con efectiva
incidencia en el entorno ciudadano, como su incapacidad para retribuir en ese
mismo entorno los beneficios, insuficientes o no, obtenidos de la
infraestructura estatal.
Escritores, teatreros, coreógrafos, cineastas,
músicos, pintores, no cesan de inconformarse por la insuficiencia de los presupuestos
y recursos con que las instituciones del Estado Mexicano garantizan la
manutención que ellos no han sabido ganarse, pero resultan más bien poco
expeditos a la hora de explicarle al pueblo de México cuáles son los motivos
por los que él debe sufragarlos. Pasan de inmediato a los terrenos de la
insustancial retórica y la sentimental metáfora: “los artistas nos hemos
sacrificado durante generaciones por nuestro país, lo hemos comprendido, lo
hemos expresado, lo hemos dignificado, el arte
humaniza nuestras sociedades”.
Basta asomarse a cualquier ventana con vista hacia el
subsuelo (esa zona de realidad que los promocionales mal disimulan) para
preguntarse de qué país de las maravillas estarán hablando todos esos cuentos
de hadas.
*Texto de próxima aparición en la edición impresa de Clarimonda #30: Populacho, en la sección "En el debraye..."


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