miércoles, diciembre 28, 2011

¿Del arte o para el arte?


por Sergio J. Monreal



Hace ya varios meses que, al menos en internet, lo mismo por medio de cadenas de correo electrónico que a través de las llamadas redes sociales, vienen proliferando una serie de mensajes y pronunciamientos respecto al derecho que las personas dedicadas al trabajo artístico tienen de cobrar por sus servicios, respecto a su aspiración por vivir dignamente del horizonte laboral que han elegido, y respecto a la hipotética posibilidad de que el Estado pudiera llegar a hacerse cargo de sufragar en beneficio suyo determinadas prestaciones sociales.
Se trata de temas que, según mi parecer, deben ser planteados por separado, y cuya inclusión indiscriminada dentro del mismo costal provoca confusiones y equívocos, evitando que el problema de fondo pueda ser perfilado con un mínimo de claridad.
Que dedicarse profesionalmente a la Literatura, la Música, la Danza, las Artes Plásticas o el Teatro exige la formación, el desarrollo y el ejercicio de un oficio tan digno y tan exigente como el que más, tendría que quedar a estas alturas fuera de todo debate. Tampoco está a discusión la importancia de que los artistas aprendan a cobrar por su trabajo un precio justo, coherente tanto con sus específicas condiciones y procesos de formación, producción y divulgación, como con el contexto de recepción donde lo ofertan (igual de ignominiosas las instituciones culturales empecinadas en pagar mil pesos por una función o un concierto, o las luminarias que —con impune carga a los devastados erarios públicos federal, estatal y municipal— viven facturando bajo parámetros de primer mundo). Menos aún podría objetarse la importancia de que el público aprenda y se acostumbre a pagar un precio justo por el disfrute de bienes y servicios artísticos y culturales, quitándose de la cabeza la idea de que le está haciendo un favor o brindándole una oportunidad para expresarse a quien se los proporciona.
Pero ninguno de estos argumentos, cada uno de ellos de elemental sentido común, legitima para acometer la festiva y banal idealización de un gremio para nada idílico, ni en materia de responsabilidad profesional ni en materia de responsabilidad pública.
La devaluación del oficio artístico no pasa en principio por la discriminación o la marginalidad a la que socialmente tiende a relegársele, incluso en una ciudad como la nuestra (donde la superficial abundancia de eventos mal logra disimular el patente desinterés del grueso de la ciudadanía local por el arte y la cultura). Pasa sobre todo por el desconocimiento y el caprichoso ejercicio de las reglas profesionales básicas de dicho oficio, a cargo de buena parte de quienes han elegido dedicarse a él. En términos generales se asume que, para cobrar como tal, un cirujano debe dominar con mínima capacidad los rudimentos elementales de su disciplina, mismos que no quedan sometidos ni a su caprichosa subjetividad ni al relativismo interpretativo (“a ti te parece malo, a mí me parece bueno”); o sabe operar o no, punto. Para asumirte con derecho a cobrar como trabajador de la cultura, parece en cambio que el dominio del oficio fuera un asunto prescindible, negociable y tremendamente difuso. Basta presentarse como poeta, actor, coreógrafo, perfomancero, etc., apechugar cierta capacidad para el cinismo y el ridículo (al cabo aquí nadie tiene parámetros para valorar objetivamente lo que estoy haciendo) y labrarse una reputación por cansancio.
Obedeciendo a una cuestión no digamos ya de ética, sino hasta de orden práctico, para reivindicar el derecho a cobrar por ejercer un oficio, habría que reivindicar primero, desde nuestro propio hacer, el ejercicio digno de ese oficio.
Cierto, Roberto Artl es un monumental escritor que no sabía escribir (que no dominaba los rudimentos técnicos de la escritura literaria); pero no saber escribir de ninguna manera se vuelve automática garantía para alcanzar la monumental estatura de Roberto Artl como escritor. Sorprende la cantidad de inocentes que le apuestan todas sus veladoras a la opción de ese único milagro; pero sorprende más la cantidad de gandules que viven de sus rentas gracias a la miserable fe en ese milagro.
Pero la devaluación del oficio artístico por causa de los propios responsables de ejercerlo, no es el único tema de necesario esclarecimiento. Al reivindicar el hipotético derecho que los trabajadores del arte y la cultura tendrían para reclamarle al espacio público de que forman parte algún tipo de retribución, es imprescindible deslindar el grado de responsabilidad realmente asumido por estos frente a dicho espacio.
Y en semejantes términos, el déficit resulta inocultable. Pues más allá de cierta forzada retórica, empecinada en aseverar que los artistas se la viven pensando en términos de grandes ideales, altruismo espiritual y engrandecimiento humano del prójimo, lo cierto es que el ínfimo lugar que su trabajo ocupa en términos reales dentro del horizonte de existencia del ciudadano promedio, obedece no sólo a las inercias externas de un orden social deshumanizado y consumista, sino a la nula disposición y capacidad que, sobre todo desde el salinismo, ellos vienen mostrando para asumir compromisos con su entorno histórico, nacional, regional, etc.
Contra lo que pudiera suponerse, esto último no tiene porqué entrañar ninguna pretensión de servilismo ilustrativo o didáctico por parte de los creadores, sino apenas por un lado la elemental conciencia de que la obra es siempre una forma de redimensión de la realidad compartida y un espacio de diálogo formulado de cara a los otros, y por otro la ubicación responsable de los modos en que ambos aspectos han de solventarse a nivel material y práctico.
El artista no puede someter la forma y el contenido de su producción a  lineamientos ideológicos o altruistas de ninguna especie, por más nobles y elevados que estos sean, sino a costa de sacrificar el sentido general de la misma, al cual en última instancia se debe. Pero ese profundo sentido de responsabilidad y de respeto frente a la peculiar naturaleza de su quehacer, resulta inconcebible sin el permanente recordatorio del costo que debe estar dispuesto a pagar por hacer lo que ha elegido hacer. Para quien se dedica a la actividad artística, tanto o más importante que la capacidad de cobrar dignamente por el trabajo propio resulta la de ser capaz de realizar y sostener ese trabajo contra toda posibilidad de pago, recompensa o reconocimiento.
Reducir la relación entre supervivencia material y fidelidad hacia la obra a los términos biográficos de un Van Gogh o un Allan Poe (imprescindibles genios que vivieron y murieron en la miseria) representa por supuesto un disparatado y melodramático exceso; parte importante de la formación de un joven artista, pasa por la defensa irrestricta de su derecho a una subsistencia digna. Pero pretender valerse de ese tipo de referentes para garantizarle a los miembros del gremio artístico nacional una legitimidad que sus propios hechos no han sabido ganarle, pretendiendo obtener a través suyo toda suerte de exenciones, prebendas, dádivas, prestaciones y subsidios, constituye como mínimo una desvergüenza; parte fundamental de la formación de todo joven artista, pasa por el entendimiento de que cualquier usufructo de bienes públicos exige una clara y puntual retribución a la ciudadanía que los posibilita.
Trazar el patente y lamentable estado de indefensión laboral que los trabajadores del arte y la cultura deben afrontar en este país, exige tomar como dos importantes puntos de referencia tanto su incapacidad para la generación y el sostenimiento de proyectos autogestivos con efectiva incidencia en el entorno ciudadano, como su incapacidad para retribuir en ese mismo entorno los beneficios, insuficientes o no, obtenidos de la infraestructura estatal.
Escritores, teatreros, coreógrafos, cineastas, músicos, pintores, no cesan de inconformarse por la insuficiencia de los presupuestos y recursos con que las instituciones del Estado Mexicano garantizan la manutención que ellos no han sabido ganarse, pero resultan más bien poco expeditos a la hora de explicarle al pueblo de México cuáles son los motivos por los que él debe sufragarlos. Pasan de inmediato a los terrenos de la insustancial retórica y la sentimental metáfora: “los artistas nos hemos sacrificado durante generaciones por nuestro país, lo hemos comprendido, lo hemos expresado, lo hemos dignificado, el arte  humaniza nuestras sociedades”.
Basta asomarse a cualquier ventana con vista hacia el subsuelo (esa zona de realidad que los promocionales mal disimulan) para preguntarse de qué país de las maravillas estarán hablando todos esos cuentos de hadas.

*Texto de próxima aparición en la edición impresa de Clarimonda #30: Populacho, en la sección "En el debraye..."

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Deja tu comentario aquí