domingo, junio 02, 2013

EL IZCUINTLE: Cavilaciones sobre el tatuaje y sus motivos.


Cavilaciones sobre el tatuaje y sus motivos

K’umanda Escamilla*


Luego de una de mis recurrentes visitas al doctor, en la hoja de diagnóstico leo en las observaciones lo siguiente: “Mujer de 24 años de edad, presenta cefalea frontal, blah blah blah, depresión y ansiedad, diaforética, blah blah blah… tatuajes distintos de figuras varias en varias partes del cuerpo…”
Y justo que leí eso último me pregunté: ¿Qué tiene que ver mis tatuajes con el diagnóstico de un dolor de cabeza? ¿Son tan notorios? De repente parecía que hablaba de mis tatuajes como parte de alguno de mis desórdenes mentales. De pronto, recordé la frase que escuché decir a un artista tatuador conocido: “todos los tatuadores tienen problemas psicológicos” y en automático me pregunté: ¿Y no, entonces, también los tatuados?
A pesar del contexto histórico que remonta a los orígenes del tatuaje, hasta 2000 años A.C., la particularidad de esta práctica en épocas contemporáneas, a diferencia de otras épocas y culturas, es que cada vez se va desasociando más de las prácticas rituales o religiosas y se alía de razones estéticas, emocionales e individualistas del usuario.
Desde muy joven, en la pubertad probablemente, me sentí atraída por las figuras de aquellos que se llenaban los brazos con tintas de colores vistosos y figuras con increíbles historias, solía usar tatuajes temporales de henna cuando ahorraba el dinero para adornarme las piernas, el cuello o los hombros con algunas figurillas simples. Pero no fue hasta los 18 o 19 años que me hice mi primer tatuaje permanente.
En ese entonces, solía pasar mucho tiempo en el cuarto que una amiga rentaba cerca de donde vivía, y frente a su cuarto un chico que apenas comenzaba su carrera como tatuador rentaba también una habitación. Fue así como nos conocimos todos, y uno de aquellos días mis amigas y yo le propusimos que nos tatuara y pues ¡va! Que se arma  “el jale”. Yo siempre había deseado unas estrellas delineando mi nuca o mis hombros, otra amiga quería un hada en su espalda y otra quería una libélula; un fin de semana nos juntamos y nos fuimos a tatuar.
Foto: K'umanda Escamilla
Llegando ahí, todas nerviosas como primerizas, entré yo primero, me comía las uñas. Daniel, el tatuador, me muestra las agujas que utilizará, nuevas en su empaque sellado y sin embargo seguían luciendo tan peligrosas, y esa máquina que hacía un ruido que me recordaba las consultas al dentista pero con más potencia; pero ya no había marcha atrás un par de minutos después iba comenzando.
La verdad es que sí dolió un poquito, pero ese dolor valió por la emoción con la que salí corriendo a casa de mi madre a presumirlo, ésta inmediatamente se alarma y grita que le parecía muy grande, pero al final lo aceptó resignada. Yo estaba que no cabía de alegría, fotos por aquí y por allá, peinados que mostraban frecuentemente la nuca, bueno, todo un atractivo nuevo.
En fin, siempre pensé que me gustaban los tatuajes solo por cómo se veían, y quería hacerme más, pero son caros, ¿saben? Además de otro inconveniente, no quería volver  a pasar por ese irritante dolorcito de la máquina de agujas diabólicas que usan; así que siempre que juntaba el dinero para otro tatuaje, terminaba gastándomelo en otra cosa y poniendo excusas, pero después de 5 años me animé por fin a continuar con lo que había comenzado; esta vez no solo iba por un tatuaje, quería ver mi brazo izquierdo cubierto en una manga de tinta, y la idea para la primera parte ya la tenía más o menos armada, sólo me hacía falta encontrar al artista.
¿Por qué en realidad nos tatuamos? Respuestas hay miles, los hay desde los que lo hacen por moda hasta los que dramatizan significados con extrema carga emocional sobre sus existencias, pero al final todo se trata de identidad, “Este soy yo, mírame” Comprendiendo la necesidad de comunicación a través de la imagen, de lo que no siempre se dice sobre nosotros mismos. Cabe decirlo: lo que más me intrigó es el hecho de que usemos como lienzo nuestra propia piel, uno de nuestros órganos más sensibles, receptor de caricias, y mortificada entre agujas con el afán de expresar parte de la identidad de quien se tatúa.
Mi segundo tatuaje, es una versión modificada de la escena del alunizaje de Le voyage dans la lune de Méliès, donde la luna parece tener una bala en el ojo, actualmente llevo dos sesiones terminadas, de aproximadamente 3 o 4 horas cada una, y debo aceptar que en esa ocasión el dolor ha sido mínimo y hasta agradable, me atrevo a afirmar que de hecho es tan placentero y relajante como salir de una terapia psicológica, y creo que tiene que ver precisamente con el dolor y las endorfinas que vienen con él. Ahí mismo entiendes a los chicos que hablan de causarse dolor para aliviar su interior y demás casos.
¿No es entonces hasta cierto grado obvio que el tatuaje no solo es expresión a través del trabajo terminado, sino también de la realización? Es decir, el hecho de someter a tu piel a horas de tortura debe ser por sí misma también una manera de comunicación, desde el principio de que es una modificación al cuerpo que tenemos, que haces sufrir a tu cuerpo de alguna forma para el resultado final, y que connota la inconformidad con la forma y rasgos naturales que poseemos utilizando un intento de diferenciación que se destaca por herir y atentar a nuestro propio cuerpo.
Espero mi siguiente cita para continuar con el trabajo de mi brazo, esta vez serán unas amapolas en el antebrazo, la idea de ese sonido ya familiar y de las agujas en la piel hasta cierto punto excita mis otros sentidos. Si me imagino esa parte de mi piel, que ahora está en blanco, cubierta de figuras y colores me emociono aún más, me imagino como un vestido que permanentemente cubrirá esa parte de mi piel y me encanta esa idea. Y no es que no me guste mi brazo o la piel de mi brazo; me gustará más cubierta de tinta.
Y aun hablando de razones estéticas, es importante considerar que el tatuaje, también el piercing, desde el valor imaginario, aparecen, para algunas personas, como un elemento importante en la vida erótica, como una forma distinta de atraer, de seducir. Lo interesante es que no se trata del cuerpo desnudo, al que de alguna manera, los que se imprimen tatuajes, rechazan. Sostengo esto, porque el tatuaje viste el cuerpo, motivo por el cual va al lugar que ocupa la ropa: lo cubre, lo oculta. En el mundo de las apariencias, lo que parecen ser mangas de una camisa, en verdad, es el mismo cuerpo mortificado, vistoso y rechazado al mismo tiempo. 

*Columnista invitada.

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