Cavilaciones sobre
el tatuaje y sus motivos
K’umanda Escamilla*
Luego de una de mis
recurrentes visitas al doctor, en la hoja de diagnóstico leo en las
observaciones lo siguiente: “Mujer de 24 años de edad, presenta cefalea frontal,
blah blah blah, depresión y ansiedad, diaforética, blah blah blah… tatuajes
distintos de figuras varias en varias partes del cuerpo…”
Y justo que leí eso último
me pregunté: ¿Qué tiene que ver mis
tatuajes con el diagnóstico de un dolor de cabeza? ¿Son tan notorios? De repente
parecía que hablaba de mis tatuajes como parte de alguno de mis desórdenes
mentales. De pronto, recordé la frase que escuché decir a un artista tatuador
conocido: “todos los tatuadores tienen problemas psicológicos” y en automático
me pregunté: ¿Y no, entonces, también los
tatuados?
A pesar del contexto
histórico que remonta a los orígenes del tatuaje, hasta 2000 años A.C., la
particularidad de esta práctica en épocas contemporáneas, a diferencia de otras
épocas y culturas, es que cada vez se va desasociando más de las prácticas
rituales o religiosas y se alía de razones estéticas, emocionales e
individualistas del usuario.
Desde muy joven, en la
pubertad probablemente, me sentí atraída por las figuras de aquellos que se
llenaban los brazos con tintas de colores vistosos y figuras con increíbles
historias, solía usar tatuajes temporales de henna cuando ahorraba el dinero
para adornarme las piernas, el cuello o los hombros con algunas figurillas
simples. Pero no fue hasta los 18 o 19 años que me hice mi primer tatuaje
permanente.
En ese entonces, solía pasar
mucho tiempo en el cuarto que una amiga rentaba cerca de donde vivía, y frente
a su cuarto un chico que apenas comenzaba su carrera como tatuador rentaba
también una habitación. Fue así como nos conocimos todos, y uno de aquellos
días mis amigas y yo le propusimos que nos tatuara y pues ¡va! Que se arma “el jale”. Yo siempre había deseado unas
estrellas delineando mi nuca o mis hombros, otra amiga quería un hada en su
espalda y otra quería una libélula; un fin de semana nos juntamos y nos fuimos
a tatuar.
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| Foto: K'umanda Escamilla |
Llegando ahí, todas nerviosas
como primerizas, entré yo primero, me comía las uñas. Daniel, el tatuador, me
muestra las agujas que utilizará, nuevas en su empaque sellado y sin embargo seguían
luciendo tan peligrosas, y esa máquina que hacía un ruido que me recordaba las
consultas al dentista pero con más potencia; pero ya no había marcha atrás un
par de minutos después iba comenzando.
La verdad es que sí dolió un
poquito, pero ese dolor valió por la emoción con la que salí corriendo a casa
de mi madre a presumirlo, ésta inmediatamente se alarma y grita que le parecía
muy grande, pero al final lo aceptó resignada. Yo estaba que no cabía de
alegría, fotos por aquí y por allá, peinados que mostraban frecuentemente la
nuca, bueno, todo un atractivo nuevo.
En fin, siempre pensé que me
gustaban los tatuajes solo por cómo se veían, y quería hacerme más, pero son caros,
¿saben? Además de otro inconveniente, no quería volver a pasar por ese irritante dolorcito de la
máquina de agujas diabólicas que usan; así que siempre que juntaba el dinero
para otro tatuaje, terminaba gastándomelo en otra cosa y poniendo excusas, pero
después de 5 años me animé por fin a continuar con lo que había comenzado; esta
vez no solo iba por un tatuaje, quería ver mi brazo izquierdo cubierto en una
manga de tinta, y la idea para la primera parte ya la tenía más o menos armada,
sólo me hacía falta encontrar al artista.
¿Por qué en realidad nos
tatuamos? Respuestas hay miles, los hay desde los que lo hacen por moda hasta
los que dramatizan significados con extrema carga emocional sobre sus
existencias, pero al final todo se trata de identidad, “Este soy yo, mírame” Comprendiendo
la necesidad de comunicación a través de la imagen, de lo que no siempre se
dice sobre nosotros mismos. Cabe decirlo: lo que más me intrigó es el hecho de
que usemos como lienzo nuestra propia piel, uno de nuestros órganos más
sensibles, receptor de caricias, y mortificada entre agujas con el afán de
expresar parte de la identidad de quien se tatúa.
Mi segundo tatuaje, es una
versión modificada de la escena del alunizaje de Le voyage dans la lune de Méliès, donde la luna parece tener una
bala en el ojo, actualmente llevo dos sesiones terminadas, de aproximadamente 3
o 4 horas cada una, y debo aceptar que en esa ocasión el dolor ha sido mínimo y
hasta agradable, me atrevo a afirmar que de hecho es tan placentero y relajante
como salir de una terapia psicológica, y creo que tiene que ver precisamente
con el dolor y las endorfinas que vienen con él. Ahí mismo entiendes a los
chicos que hablan de causarse dolor para aliviar su interior y demás casos.
¿No es entonces hasta cierto
grado obvio que el tatuaje no solo es expresión a través del trabajo terminado,
sino también de la realización? Es decir, el hecho de someter a tu piel a horas
de tortura debe ser por sí misma también una manera de comunicación, desde el
principio de que es una modificación al cuerpo que tenemos, que haces sufrir a
tu cuerpo de alguna forma para el resultado final, y que connota la
inconformidad con la forma y rasgos naturales que poseemos utilizando un intento de diferenciación que se
destaca por herir y atentar a nuestro propio cuerpo.
Espero
mi siguiente cita para continuar con el trabajo de mi brazo, esta vez serán
unas amapolas en el antebrazo, la idea de ese sonido ya familiar y de las
agujas en la piel hasta cierto punto excita mis otros sentidos. Si me imagino esa
parte de mi piel, que ahora está en blanco, cubierta de figuras y colores me
emociono aún más, me imagino como un vestido que permanentemente cubrirá esa
parte de mi piel y me encanta esa idea. Y no es que no me guste mi brazo o la
piel de mi brazo; me gustará más cubierta de tinta.
Y
aun hablando de razones estéticas, es importante considerar que el tatuaje,
también el piercing, desde el valor imaginario, aparecen, para algunas
personas, como un elemento importante en la vida erótica, como una forma
distinta de atraer, de seducir. Lo interesante es que no se trata del cuerpo
desnudo, al que de alguna manera, los que se imprimen tatuajes, rechazan.
Sostengo esto, porque el tatuaje viste el cuerpo, motivo por el cual va al
lugar que ocupa la ropa: lo cubre, lo oculta. En el mundo de las apariencias, lo
que parecen ser mangas de una camisa, en verdad, es el mismo cuerpo
mortificado, vistoso y rechazado al mismo tiempo.
*Columnista invitada.


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