Agujeros
en mi piel
Nancy Martínez González
La mirada empañada, los
ojos opacos viendo fijamente arriba. Del otro lado del vidrio resbalan gotas de
agua que deformaban su esbelta silueta. La noche de ayer me obligó a dormir
aquí atrás. Entre polvo, restos de insectos, telarañas y desechos de ratón.
Trae puesto el grueso abrigo gris.
No importa si hace frío o
calor, mis pezones siempre permanecen erectos, mis labios secos y mi piel fría.
Beatriz sube al carro, esta
vez Pixis la acompaña. Gira la llave, enciende el motor y prende un cigarro. Edificios,
casas y pocos árboles comienzan a moverse encima de mi cabeza. Beatriz detuvo
el carro y abrió la cajuela. Tomó mi cuerpo y lo aventó a mitad de la calle. Comenzó
a gritar y el perro a ladrar. Al arrojarme escuché un golpe y todo dio vueltas,
un camión destrozo mi cuerpo. Beatriz esperó a que el semáforo se pusiera en
rojo y una a una reunió las partes de mi cuerpo. Sin el menor cuidado las
aventó de nuevo al auto maldiciéndome. Dentro, apagó su cigarro en uno de mis
brazos, por eso la cicatriz. Nunca me había tratado así, antes estábamos
siempre juntas. Cada tarde al llegar a casa, probaba su ropa sobre mi cuerpo,
mejoraba y ajustaba cada prenda. Realmente tenía talento. También me ponía
pelucas bonitas, con cortes modernos o muy retro. Me pintaba las uñas, en tanto
el maquillaje lucia siempre perfecto.
Ayer por la mañana, se fue
al estudio, como de costumbre, después de su baño de burbujas, masaje
personalizado, desayuno ligero y una hora con la maquillista. A las once
regresó Roberto. Una hora antes de lo normal.
Como cada miércoles, vestía
una playera tipo polo en color blanco y un short. Tocó la puerta pidiendo permiso
para entrar. Prendió la tele, me quitó el abrigo gris y la falda, después
recostó mi cuerpo junto al suyo, no dejó de acariciarse algo entre las piernas
que a cada rozón crecía. Se aburrió y salió a correr un rato. Regresó. Cuando
se metió a bañar, dejó la puerta entre abierta, algo que nunca había hecho. Los
hombres que había conocido en la fábrica no tenían nada entre las piernas, sus
cuerpos lisos no sentían nada y no desprendían aroma propio como el de Roberto.
Dicen que soy solo
plástico. Pero cuando Roberto salió de la ducha y vio mi cuerpo indefenso y estático
sobre la cama, no dudó en lanzarse sobre mí, como lo hacía cada noche con
Beatriz. En la fábrica nuestros cuerpos son manipulados como objetos, vendidos
al mayoreo, comprados únicamente por marcas importantes, usados para exhibir ropa
y accesorios, pelucas y maquillaje perfecto. Yo estaba muy agradecida pues Beatriz
nunca me trato como objeto. Roberto corrió a la cocina por un cuchillo e hizo
un círculo en medio de mis dos piernas, los dientes del cuchillo raspaban pero
hacían vibrar todo mi cuerpo. Sacó ropa interior del cajón de Beatriz y me la
puso, me beso la mejilla. Después con el cuchillo hizo cinco agujeros más; dos en
la nariz, uno en cada oído y otro en la boca. Pude respirar, oír y sentir.
Roberto me abrazó mientras sollozaba, no pude hacer nada. Se alejó de mí, tomó
el cuchillo del tocador y lo clavó en mis ojos. Salió corriendo del cuarto ¿por
qué lo hizo?
El sol se ocultó, Beatriz
llegó a casa, encontró una nota sobre la cama y se echó a llorar. Se levantó y
golpeó mi cara con el control de la tele, luego mi abdomen y las piernas. Me
arrancó la peluca y con alcohol despintó el color de mi cara. Cortó todos mis
dedos y me echó a la cajuela. La noche fue larga y fría. Desde el cuarto de
Beatriz nunca pude contemplar la luna, ahora me pone feliz el haberla
descubierto y sentir el frio en mi cuerpo. Hoy por la mañana cuando Beatriz
subió al carro, tenia ojeras, el cabello graso y no tenía maquillaje, no parecía
ella. Hizo que el perro me defecara. El olor era fuerte. Manejó durante horas,
hasta llegar a un monte. Se detuvo y comenzó a arrojar cada una de mis partes
por todo el lugar, después con el carro paso por encima de ellas. Se fue y ahí
me dejo. Los días fueron debilitando mis partes y haciéndolas frágiles.
Un día por la tarde, se
detuvo un carro, cerca de la carretera, junto a mi cabeza. Recogió parte por
parte y me colocó en el asiento delantero. Me llevó a su casa, usó una de mis
piernas como alcancía, mi hombro para acomodar revistas viejas y a cada una de
mis partes le encontró un uso. Ahora una hermosa flor y un gusano crecen en mi
cabeza.

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