domingo, mayo 26, 2013

EL IZCUINTLE: Eh, compa… Hazme un paro ¿No?



Eh, compa… Hazme un paro ¿No?

Luis Enrique Anguiano Torres


No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché esa frase. Debí tener unos 7 u 8 años cuando algún amigo la mencionó. No entendí a qué se refería, lo primero que se me vino a la mente fue un paro cardíaco y las maniobras de resucitación.
A la fecha sigo sin saber qué quiere decir esa oración. Etimológicamente hablando, claro; sólo no sé qué quiere decir “paro” o qué rol juega en esa oración la cual –comenzamos– sé bien a qué apunta porque me ha tocado vivirla millones de veces.
Bueno, no millones. Quizás un par de miles, a lo mucho.
¿Cuántos favores hemos hecho en nuestra vida? Uno o dos por día, más o menos. Un chingo cuando somos niños, nada más que en ese momento no se ven como favores sino como obligaciones: ve a la tienda, ordena la sala, apaga la tele…
De adultos son, ahora sí, favores porque uno no tiene la obligación directa de hacerlos. Por ejemplo, pasar un trapeador o abrir una puerta. Vaciar un poco de licor en un vaso o prender la estufa. Buscar en una caja, preguntarle a la vecina, llamar un taxi, etc.
Hacer paros es algo de todos los días. Realmente no sé cuántos haya hecho yo. Pero, bueno, ésta es mi columna y se hace lo que se me hincha la rechingada gana (como me reclamara mi mamá cuando me pasaba tiempo de más en las maquinitas) así que suponiendo que de los 7 a los 14 hice unos 3 favores por día, eso nos da unos siete mil seiscientos sesenta y cinco favores. Si de los 14 a los 19 hacía dos por día, eso nos da unos tres mil seiscientos cincuenta. Si de los 19 a la fecha hago uno por día, nos da unos dos mil ciento noventa. En total, deberé tener unos 13 mil 505.
Ahora, hay paros estilo “ayúdame con esta caja” y hay paros estilo “claro que lo conozco, señor policía, es epiléptico y suele tomar medicamento”. Esos últimos valen como por diez o más y a veces llegan a convertirse en moneda de cambio.
Hace poco pasé por un momento algo difícil. Necesitaba de gente que me ayudara en diferentes cosas: desde ayudarme a cambiar de casa hasta ayuda económica y moral.
Les voy a decir algo, antes de proseguir, yo por lo general no niego un favor. De hecho –y podría enunciar nombres pero esta columna no va de eso– tengo varios amigos que prefieren preguntarme cosas antes que preguntárselas a Google. “¿Qué es un principado?” o “¿Qué cámara me conviene más?” o “¿Cómo hago una capa combinada en Photoshop?” o “¿Por qué mi celular no arranca?”. Sí, ustedes saben bien quiénes me han hecho esas preguntas y creo que tengo el derecho de preguntarles cada cuándo me leen ¿No lo hacen? Bien, no hay problema, porque aquí el Sr. John Bonachon nunca se va lejos y por lo general está a un inbox o mensaje de distancia.
En fin, no estoy aquí para reclamar aunque desde hace tres párrafos lo parezca.
¿Dónde quedan los amigos cuando se les necesita? Bueno, creo que no puedo reclamar mucho a alguien que vive a bastantes kilómetros de mi nueva casa de que no pueda ayudarme a mudar, eso es un hecho. Pero, por ejemplo, si pido el teléfono de alguien, algún archivo, no sé, inclusive algún adelanto de algún trabajo realizado, lo único que se podría esperar, creo yo, es cooperación por parte de la otra persona.
La molestia comienza a aflorar en mí al grado de que el vodka de cada sábado por la mañana nubla las intenciones de quemar o no a un par de cabrones que se dijeron muy mis amigos, me pidieron paros y a la hora del “Oye güey ¿podrías hacerme uno tú?” simplemente nunca contestaron la llamada.
En fin. Creo que sé con quien puedo contar. Marco Ultreras, por ejemplo, que nunca me ha negado el sillón de su sala y de quien procuro siempre compartir su columna (aunque a veces se me pase). Mis padres también, en ese sentido, podría considerarlos como los amigos que nunca me han dejado atrás cuando las opciones se me han agotado. Hubo también gente que prometió una excelente amistad y, bueno, ahora apenas de vez en cuando son una línea en el chat.
Cielos, redactar esta columna está tardando, me estoy poniendo melancólico.
Recuerdo haberme metido en problemas por “hacer paro” a la persona equivocada. Recuerdo haber ofrecido la mano y quedarme con la palma extendida. Recuerdo que hubo quién me extendió la mano y le dejé peinando el aire. Qué poca madre, por todos.
¿Qué hacer cuando un paro sale mal? ¿Qué hacer con esas personas que a cada rato piden Favores, de esos de los grandes, y cuando uno necesita de ellos simplemente se desaparecen o te salen con el son de la negra de decirte que sí pero no decirte cuándo?
A todos nos ha pasado y más de una vez hemos hecho pasar, también ¿Pa’ qué nos hacemos pendejos? Comienzo a pensar que, después de tantas semanas de escribir esta columna, he encontrado el sentido de la vida que, advierto, trataré de resumir en una oración más o menos de longitud considerable comenzando por el tema del día de hoy: Pedir paros o favores no es de a gratis porque siempre está la oportunidad de devolverlos pero para eso se debe procurar no siempre ser un imbécil porque si bien los imbéciles suelen hacer favores nadie se los suele pedir a ellos.
Dicho lo anterior, apuraré las últimas gotas de mi botella de vodka. Salud.

1 comentario:

  1. Anónimo3:16 p.m.

    Muy bien eres Tu tus palabras ahi estas :-D



    ResponderBorrar

Deja tu comentario aquí