Eh, compa… Hazme un paro ¿No?
Luis Enrique Anguiano Torres
No
recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché esa frase. Debí tener unos 7 u 8
años cuando algún amigo la mencionó. No entendí a qué se refería, lo primero
que se me vino a la mente fue un paro cardíaco y las maniobras de resucitación.
A
la fecha sigo sin saber qué quiere decir esa oración. Etimológicamente
hablando, claro; sólo no sé qué quiere decir “paro” o qué rol juega en esa
oración la cual –comenzamos– sé bien a qué apunta porque me ha tocado vivirla
millones de veces.
Bueno,
no millones. Quizás un par de miles, a lo mucho.
¿Cuántos
favores hemos hecho en nuestra vida? Uno o dos por día, más o menos. Un chingo
cuando somos niños, nada más que en ese momento no se ven como favores sino
como obligaciones: ve a la tienda, ordena la sala, apaga la tele…
De
adultos son, ahora sí, favores porque
uno no tiene la obligación directa de hacerlos. Por ejemplo, pasar un trapeador
o abrir una puerta. Vaciar un poco de licor en un vaso o prender la estufa.
Buscar en una caja, preguntarle a la vecina, llamar un taxi, etc.
Hacer
paros es algo de todos los días. Realmente no sé cuántos haya hecho yo. Pero,
bueno, ésta es mi columna y se hace lo que se me hincha la rechingada gana
(como me reclamara mi mamá cuando me pasaba tiempo de más en las maquinitas)
así que suponiendo que de los 7 a los 14 hice unos 3 favores por día, eso nos
da unos siete mil seiscientos sesenta y cinco favores. Si de los 14 a los 19
hacía dos por día, eso nos da unos tres mil seiscientos cincuenta. Si de los 19
a la fecha hago uno por día, nos da unos dos mil ciento noventa. En total,
deberé tener unos 13 mil 505.
Ahora,
hay paros estilo “ayúdame con esta caja” y hay paros estilo “claro que lo
conozco, señor policía, es epiléptico y suele tomar medicamento”. Esos últimos
valen como por diez o más y a veces llegan a convertirse en moneda de cambio.
Hace
poco pasé por un momento algo difícil. Necesitaba de gente que me ayudara en
diferentes cosas: desde ayudarme a cambiar de casa hasta ayuda económica y
moral.
Les
voy a decir algo, antes de proseguir, yo por lo general no niego un favor. De
hecho –y podría enunciar nombres pero esta columna no va de eso– tengo varios
amigos que prefieren preguntarme cosas antes que preguntárselas a Google. “¿Qué
es un principado?” o “¿Qué cámara me conviene más?” o “¿Cómo hago una capa
combinada en Photoshop?” o “¿Por qué mi celular no arranca?”. Sí, ustedes saben
bien quiénes me han hecho esas preguntas y creo que tengo el derecho de
preguntarles cada cuándo me leen ¿No lo hacen? Bien, no hay problema, porque
aquí el Sr. John Bonachon nunca se va lejos y por lo general está a un inbox o
mensaje de distancia.
En
fin, no estoy aquí para reclamar aunque desde hace tres párrafos lo parezca.
¿Dónde
quedan los amigos cuando se les necesita? Bueno, creo que no puedo reclamar
mucho a alguien que vive a bastantes kilómetros de mi nueva casa de que no
pueda ayudarme a mudar, eso es un hecho. Pero, por ejemplo, si pido el teléfono
de alguien, algún archivo, no sé, inclusive algún adelanto de algún trabajo
realizado, lo único que se podría esperar, creo yo, es cooperación por parte de
la otra persona.
La
molestia comienza a aflorar en mí al grado de que el vodka de cada sábado por
la mañana nubla las intenciones de quemar o no a un par de cabrones que se
dijeron muy mis amigos, me pidieron paros y a la hora del “Oye güey ¿podrías
hacerme uno tú?” simplemente nunca contestaron la llamada.
En
fin. Creo que sé con quien puedo contar. Marco Ultreras, por ejemplo, que nunca
me ha negado el sillón de su sala y de quien procuro siempre compartir su
columna (aunque a veces se me pase). Mis padres también, en ese sentido, podría
considerarlos como los amigos que nunca me han dejado atrás cuando las opciones
se me han agotado. Hubo también gente que prometió una excelente amistad y,
bueno, ahora apenas de vez en cuando son una línea en el chat.
Cielos,
redactar esta columna está tardando, me estoy poniendo melancólico.
Recuerdo
haberme metido en problemas por “hacer paro” a la persona equivocada. Recuerdo haber
ofrecido la mano y quedarme con la palma extendida. Recuerdo que hubo quién me
extendió la mano y le dejé peinando el aire. Qué poca madre, por todos.
¿Qué
hacer cuando un paro sale mal? ¿Qué
hacer con esas personas que a cada rato piden Favores, de esos de los grandes,
y cuando uno necesita de ellos simplemente se desaparecen o te salen con el son
de la negra de decirte que sí pero no decirte cuándo?
A
todos nos ha pasado y más de una vez hemos hecho pasar, también ¿Pa’ qué nos
hacemos pendejos? Comienzo a pensar que, después de tantas semanas de escribir
esta columna, he encontrado el sentido de la vida que, advierto, trataré de
resumir en una oración más o menos de longitud considerable comenzando por el
tema del día de hoy: Pedir paros o favores no es de a gratis porque siempre está
la oportunidad de devolverlos pero para eso se debe procurar no siempre ser un
imbécil porque si bien los imbéciles suelen hacer favores nadie se los suele
pedir a ellos.
Dicho
lo anterior, apuraré las últimas gotas de mi botella de vodka. Salud.


Muy bien eres Tu tus palabras ahi estas :-D
ResponderBorrar