Usar ropa es todo un derecho, no una
obligación
Luis Enrique Anguiano Torres
Un
día de estos, no sé cómo ni bajo qué circunstancias, pero quiero terminar
reivindicando a la vestimenta como un privilegio renunciable, un derecho que es
perpetuado a raíz de la historia de Adán y Eva.
El
mito de la primer pareja tiene una pequeña maroma lógica que hay que resaltar
antes de proseguir: fue después de comer el fruto del Árbol de la Ciencia que
Don Ada y Doña Vita se dieron cuenta que no traían nada y se avergonzaron. Eso
quiere decir que, uno, vivían en la total ignorancia permitida por el mismísimo
creador del universo y, dos, que el desnudo es malo en sí mismo. Nada más lejos
de la realidad. Como dijera Nietzsche, no
existen fenómenos morales sino interpretaciones morales de los fenómenos.
¿Qué
quiere decir esto? Que andar desnudo no tiene absolutamente nada de malo sino
la manera en que la desnudez se percibe. Por ejemplo, algunas de las reglas de
las playas nudistas van en el sentido de prohibir el erotismo o el sexo y
respetar la privacidad de los demás (aunque anden con las pelotas al aire) no
tomándoles fotos sin su consentimiento y no aprovechar la playa como lugar
dónde elegir un buen ligue.
Viéndolo
así, una playa nudista posee estándares de comportamiento más rígidos que una
playa normal. Lo mismo podría aplicarse para una convivencia a diario basada en
el desnudo, para eso habría que considerar que nadie es perfecto y que nuestro
cuerpo es el reflejo de nuestros modos de vida: maltratados, chuecos, bien conservados,
etc.
Y
es que ese es el chiste del desnudo ¿Saben? Yo me limito a disfrutar, en la
medida de lo posible, la falta de ropa. No ando enseñándome a gente que no
desea verme así y respeto cuando otras personas están en la misma
circunstancia. Es raro, pero también es muy cómodo y, tampoco lo negaré, hay un
pequeño, muy pequeño grado de perversión cuando muestras tu desnudez a una
persona no desnuda con la que no habrá intercambio sexual (algún pariente,
amigo, amiga, etc.) Me ha pasado y lo he hecho pasar. Vale la pena; hacer todo
lo que haces de forma cotidiana adquiere una nueva dimensión cuando lo haces
sin ropa.
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| Castellers del Poble-Sec. (Desnudos Calendario Bandarra 2012) |
Ojo:
cocinar con aceite y andar desnudo no se llevan precisamente bien.
Volviendo
al punto inicial; estar desnudo no es absolutamente malo. Todos lo hacemos.
Todos, debajo de la ropa, estamos desnudos y no sé si usamos vestimenta por
piedad o por costumbre pero el acto de la desnudez necesariamente está
vinculado a un giro de mentalidad de la misma manera que los tatuajes, las
modificaciones corporales o el fisicoculturismo. Todos ellos son una manera de celebrar
al cuerpo, una noción de un “yo” físico. El inseparable compañero.
Todos
tenemos formas diferentes. La ropa tiene, entre otras tantas, la función de
hacer menos diferentes a las personas aunque, irónicamente, nos sirva también
para marcar tal diferencia. Vaya, nos parece que los punks se ven todos
iguales: sin ropa entre ellos resultan muy distintos y, en una observación
detallada, ni siquiera son tan iguales porque aún entre ellos es necesario
cierto ritmo de diferenciación.
Ni
siquiera las pinches cebras son iguales (ya me había tardado en usar una
grosería).
Cabe
preguntarnos, entonces, si la ropa cumple con algunas de las funciones que se
supone debería tener. Me agrada que haya cosas como el “Paseo ciclista al
desnudo” o “En el metro en calzones” porque es como un jalón de orejas a la
sociedad misma. Utilizar una de las cosas más naturales en el mundo, el cuerpo
humano, como elemento transgresor, reivindicador. El cuerpo natural del
ciudadano a pie contra el cuerpo mercantilizado ¿Qué perdimos en el camino que
hace que ya no sean celebrados ese par de
kilos de más a los que se refería el baboso de Arjona?
¿Recuerdan
los desnudos de los clásicos? El cuerpo humano que ahí aparece es muy distinto,
los de antes eran verdaderas Evas y sus respectivos Adanes. De hecho, son los
desnudos que más me gustan: los que muestran a las mujeres con sus caderas y su
vientre en una faceta bien maternal, senos pequeños y alejados de la ambición
de ser 34G. Mención honorífica a Boris Vallejo y sus semidesnudos de atletas.
Todos
tenemos historias personales y mostrar las cicatrices y los defectos físicos no
es una costumbre extendida en el mundo actual. Pareciera que estamos obligados
a aceptar sólo una manera de belleza que es la del cuerpo inmaculado, terso,
humectado, tonificado, uniforme en color y coherente en su composición. Un
cuerpo así es algo atípico ¿Por qué rendirle pleitesía a algo que, desde ya, nace
ajeno a la realidad que vivimos?
No
tengo un cuerpo envidiable, tampoco soy alguien desagradable a la vista. Me
acepto mayormente y, como todos, tengo cosas que me gustaría fueran distintas.
Curiosamente, me siento más incómodo sobre mis piernas, mi panza, mi torso o lo
mal hecho que estoy cuando me pongo una playera que cuando estoy en compañía de
alguien y no traigo nada encima. Ya dije: quiero terminar reivindicando a la
vestimenta como un privilegio renunciable.
Se
me ocurre rentar una casa para todo aquel que quiera llegar y liberarse de sus
prendas. “Nudistas casi anónimos” se llamará. Interesados, favor de
contactarme.



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