Una de meseros
Luis Enrique Anguiano Torres
Muchos
han sido meseros, a veces sin saberlo. Meseros hay un chingo y de un chingo de
tipos. Hay meseros cordiales, empalagosos, atentos, diplomáticos, serios,
mamones, guapos, sonrientes, que te guiñan el ojito… Hay un chingo.
Los
trabajos de servicio siempre requieren temple por parte del empleado. No todas
las personas tienen tal cosa y, bueno, les diré que al parecer hay un consenso
internacional sobre que los mexicanos no tienen mucho talento de servicio.
Conozco
gente bien servicial, atentos, pero que por alguna razón no serían buenos
meseros. Para ser mesero necesitas algo de “proyección”, accesibilidad hacia
tus huéspedes y mostrarte con cierto aire de algo al momento de escribir la
orden. Un mesero que no tiene aire no
es buen mesero. Por lo general hay que ver a uno bueno para darse cuenta que no
es un trabajo fácil.
Hay
algo curioso con los meseros: también son personas.
Esas
mujeres y hombres que llegan con platos llenos de comida para nosotros y se
llevan platos llenos de sobras y, a veces, alguna suciedad extra, en realidad
son personas pagadas para desempeñar tal función. A veces, te llegas a
encontrar a algún mesero con aire de teatralidad pero no es elección tan propia
sino un estándar que les impone el establecimiento. Son los menos, como el
barman que hace flair, el mesero que flamea con un soplete, ante tu mirada, un
plato de duraznos caramelizados.
Un
buen mesero siempre gana bien. Es inevitable darle una propina aún en lugares
en los que se supone no deben recibir (hay restaurantes que hacen eso) o,
inclusive, si se llega a dar algo de coqueteo, dejarles nombre y teléfono junto
con el pago.
Una
de las secuencias más memorables que tengo de la película Themeaning of life de los MontyPython es la del restaurante:
Después de la escenita que montó el Sr. Creosota y su gordura, los empleados
del restaurant tienen que limpiar y cada uno va exponiendo su visión sobre el
sentido de la vida. El mesero ya perdió el acento francés y ahora, con una voz
rasposa y acento de barrio londinense, platica con la “chacha” quien, por
cierto, resulta ser una mujer muy ilustre. Después del diálogo,
la cámara se centra en Gaston (Eric Idle) el mesero que pide a la cámara que lo
siga por quién sabe cuánto tiempo y cuántos lugares. Llega a algunos cientos de
metros de una cabaña en el campo, muy apacible, con una columna de humo
saliendo de su chimenea. Gaston apunta hacia el lugar y dice “Ese es el lugar
donde yo nací. Verán, un día mi madre me tomó en su regazo y me dijo ‘Gastón,
el mundo es un lugar muy hermoso, debes salir a él y tratar de hacer a las
personas felices, llevarles alegría’… Y es por eso que me convertí en mesero” y
al final de la oración aparece una sonrisa orgullosa.
Un
buen mesero te puede llevar felicidad o te puede arruinar el rato sin
problemas. Sí, he sido mesero y es totalmente legítimo “vengarte” de un mal cliente
con su comida. Lo he visto y no todo se limita a escupirles en el burrito como
Eminem lo enseñara a nuestra generación. He visto comensales y huéspedes que
realmente han merecido eso, verdaderos patanes que han terminado ofendiendo a
quien les va a servir la comida y sin querer se han llevado una dosis de
cultivo bacteriano envasada en algún fluido de un cuerpo que no es el suyo.
Alguna
vez me tocó ver una de esas escenas en la que un mesero es demonizado por un
cliente inseguro. Una chavabuena como ella sola y enfundada en un vestido de
una pieza había sido invitada por su novio a una comida en el restaurant en el
que yo trabajaba. La chava pide una cuba y el Gabo –mesero estrella y barman–
se la sirve con su obligatoria rajita de limón. La chava lo regresa, ella
quería su cuba sin hielo, Gabo la vuelve a hacer y vuelve a ser rechazada
porque las cubas se sirven en copa (¡!) con agua mineral y Torres en lugar de
ron. Gabo y yo terminamos bebiéndonos los tragos mientras la mandamás del
restaurante se le ponía al tú por tú a la sabrosa clienta. Cabe decir que no
dejaron propina los muy culeros.
Existen
ese tipo de personas y hay peores: las que creen que ya por el hecho de pagarte
(independientemente de la cifra) les da derecho a hacer lo que sea, como el Sr.
Creosota, y eso no está bien de ningún modo. Así como los meseros llevan
alegría a las mesas y son, la mayor parte de las veces, intermediarios entre un
cliente caguengue y un jefe cagante, uno también debe comportarse para con
ellos, por civilidad.
Dice
por ahí una máxima, no sé de quién sea, que para saber si una persona es buena
persona debe fijarse en cómo trata a los meseros. Tiene su lógica: he charlado
con gente que te pone los mejores ojos y te habla en el mejor tono y se expresa
con los meseros en un tono de “Mira, chuchito, a ver si para la otra…” Necesitas
la presencia de un prestador de servicios para darte cuenta de la hipocresía de
las personas.
Recuerdo
que una vez le serví a un cliente un capuccino mal servido (no se cortó la
leche) y el tipo me dijo “Ay, mira, ya hasta agitado y todo…” minutos antes de
irse me llamó y me dijo en un tono muy agradable que pusiera más atención al
trabajo, cualquier trabajo, y me iría bien. Me dejó un billete y también un
remordimiento para toda la vida: le serví mal un capuchino a lo que había sido
un buen cliente.



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