domingo, marzo 10, 2013

EL IZCUINTLE: Una de meseros.



Una de meseros

Luis Enrique Anguiano Torres


Muchos han sido meseros, a veces sin saberlo. Meseros hay un chingo y de un chingo de tipos. Hay meseros cordiales, empalagosos, atentos, diplomáticos, serios, mamones, guapos, sonrientes, que te guiñan el ojito… Hay un chingo.
Los trabajos de servicio siempre requieren temple por parte del empleado. No todas las personas tienen tal cosa y, bueno, les diré que al parecer hay un consenso internacional sobre que los mexicanos no tienen mucho talento de servicio.
Conozco gente bien servicial, atentos, pero que por alguna razón no serían buenos meseros. Para ser mesero necesitas algo de “proyección”, accesibilidad hacia tus huéspedes y mostrarte con cierto aire de algo al momento de escribir la orden. Un mesero que no tiene aire no es buen mesero. Por lo general hay que ver a uno bueno para darse cuenta que no es un trabajo fácil.
Hay algo curioso con los meseros: también son personas.
Esas mujeres y hombres que llegan con platos llenos de comida para nosotros y se llevan platos llenos de sobras y, a veces, alguna suciedad extra, en realidad son personas pagadas para desempeñar tal función. A veces, te llegas a encontrar a algún mesero con aire de teatralidad pero no es elección tan propia sino un estándar que les impone el establecimiento. Son los menos, como el barman que hace flair, el mesero que flamea con un soplete, ante tu mirada, un plato de duraznos caramelizados.
Un buen mesero siempre gana bien. Es inevitable darle una propina aún en lugares en los que se supone no deben recibir (hay restaurantes que hacen eso) o, inclusive, si se llega a dar algo de coqueteo, dejarles nombre y teléfono junto con el pago.
Una de las secuencias más memorables que tengo de la película Themeaning of life de los MontyPython es la del restaurante: Después de la escenita que montó el Sr. Creosota y su gordura, los empleados del restaurant tienen que limpiar y cada uno va exponiendo su visión sobre el sentido de la vida. El mesero ya perdió el acento francés y ahora, con una voz rasposa y acento de barrio londinense, platica con la “chacha” quien, por cierto, resulta ser una mujer muy ilustre. Después del diálogo, la cámara se centra en Gaston (Eric Idle) el mesero que pide a la cámara que lo siga por quién sabe cuánto tiempo y cuántos lugares. Llega a algunos cientos de metros de una cabaña en el campo, muy apacible, con una columna de humo saliendo de su chimenea. Gaston apunta hacia el lugar y dice “Ese es el lugar donde yo nací. Verán, un día mi madre me tomó en su regazo y me dijo ‘Gastón, el mundo es un lugar muy hermoso, debes salir a él y tratar de hacer a las personas felices, llevarles alegría’… Y es por eso que me convertí en mesero” y al final de la oración aparece una sonrisa orgullosa.
Un buen mesero te puede llevar felicidad o te puede arruinar el rato sin problemas. Sí, he sido mesero y es totalmente legítimo “vengarte” de un mal cliente con su comida. Lo he visto y no todo se limita a escupirles en el burrito como Eminem lo enseñara a nuestra generación. He visto comensales y huéspedes que realmente han merecido eso, verdaderos patanes que han terminado ofendiendo a quien les va a servir la comida y sin querer se han llevado una dosis de cultivo bacteriano envasada en algún fluido de un cuerpo que no es el suyo.
Alguna vez me tocó ver una de esas escenas en la que un mesero es demonizado por un cliente inseguro. Una chavabuena como ella sola y enfundada en un vestido de una pieza había sido invitada por su novio a una comida en el restaurant en el que yo trabajaba. La chava pide una cuba y el Gabo –mesero estrella y barman– se la sirve con su obligatoria rajita de limón. La chava lo regresa, ella quería su cuba sin hielo, Gabo la vuelve a hacer y vuelve a ser rechazada porque las cubas se sirven en copa (¡!) con agua mineral y Torres en lugar de ron. Gabo y yo terminamos bebiéndonos los tragos mientras la mandamás del restaurante se le ponía al tú por tú a la sabrosa clienta. Cabe decir que no dejaron propina los muy culeros.
Existen ese tipo de personas y hay peores: las que creen que ya por el hecho de pagarte (independientemente de la cifra) les da derecho a hacer lo que sea, como el Sr. Creosota, y eso no está bien de ningún modo. Así como los meseros llevan alegría a las mesas y son, la mayor parte de las veces, intermediarios entre un cliente caguengue y un jefe cagante, uno también debe comportarse para con ellos, por civilidad.
Dice por ahí una máxima, no sé de quién sea, que para saber si una persona es buena persona debe fijarse en cómo trata a los meseros. Tiene su lógica: he charlado con gente que te pone los mejores ojos y te habla en el mejor tono y se expresa con los meseros en un tono de “Mira, chuchito, a ver si para la otra…” Necesitas la presencia de un prestador de servicios para darte cuenta de la hipocresía de las personas.
Recuerdo que una vez le serví a un cliente un capuccino mal servido (no se cortó la leche) y el tipo me dijo “Ay, mira, ya hasta agitado y todo…” minutos antes de irse me llamó y me dijo en un tono muy agradable que pusiera más atención al trabajo, cualquier trabajo, y me iría bien. Me dejó un billete y también un remordimiento para toda la vida: le serví mal un capuchino a lo que había sido un buen cliente.

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