Una vida sin complicación alguna
Luis Enrique Anguiano Torres
Hace
ya varios días que regresé a vivir a Sahuayo, un lugar que está a escasos
kilómetros de la frontera con Jalisco. Es un pueblo un tanto peculiar. Lo
conocí desde niño, vivía en un pueblito perteneciente a un municipio cercano.
Crecí, viajé y cuando llegó la hora de los estudios universitarios, este lugar
me recibió nuevamente. Acabé mi carga académica y volví a salir al mundo. Después
de probar fortuna en el mundo por un tiempo, regreso a mi alma mater y, cómo
no, a la vida sahuayense.
De
niño, Sahuayo me parecía simplemente el lugar al que ocasionalmente se venía de
compras o a arreglar algún asunto de los relacionados con la sección o algo
así. Durante la universidad se volvió un lugar de desencuentros, de amarguras,
de enojos y contrastes. Terminé odiando este lugar como pocas veces he odiado a
entidad alguna ¿La razón? Muchas y ninguna al mismo tiempo.
No
tenía el criterio para entender muchas cosas que en aquel entonces eran motivo
de irritación y quejas constantes (los que han interactuado conmigo saben que
me la paso quejándome de todo) sobre tal o cual situación. Hoy, con la mente ya
más ejercitada y con el criterio de no esperar nada de nadie, salí al balcón de
mi departamento actual y me puse a ver el horizonte: un paisaje irregular y
polvoriento, una colina tapizada de casas y, en los límites, algunos domicilios
de lámina.
Un
ruido, cosa común en Sahuayo, que provenía de una bodega cercana llegó hasta
mis oídos en la forma de una cortadora de metal, tarimas que azotaban contra el
suelo, gritos alegres y música de banda. Me acerqué para ver mejor y vi entre
los metales a un obrero que bailaba de manera muy simpática al compás de “¿A
dónde tan peinada? ¡Hey! ¡Hey! Dime dónde trabajas…” para luego regresar a las
labores.
En
la colonia en la que vivo hay varios talleres: herrería, tapicería,
carpintería… Los sahuayenses son gente muy industriosa, eso sí. Abundan los
talleres pequeños y, de alguna manera, les va bien. Hay mucho lavado de dinero
por acá pero por lo demás me consta que es gente que no le teme al trabajo y, a
menudo, ves al sahuayense típico trabajando mientras dice tontería y media con
sus compañeros.
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| Foto tomada de www.skyscrapercity.com |
Detesto
a las personas que se vanaglorian de ser ignorantes. Los sahuayenses así son,
gente rústica que sabe que está de más que vayan a la universidad. Total ¿Para
qué? Van a terminar trabajando en el negocio de huaraches de la familia o en
alguna vidriería de por el centro o algo. No tienen mucha ambición en el
sentido académico; en plena carrera, a la mitad de la licenciatura (estudié
sociales) dos compañeras se me acercaron a preguntarme sobre quiénes eran Marx
y Lenin.
Si
en este momento fuera a preguntarle a alguno de los trabajadores de enfrente en
qué año se descubrió América lo más seguro es que no me sabría responder. Son
contentos así y no les importa; ellos viven su vida y que el mundo ruede.
El
sahuayense es una persona fiestera. Cuando se divierte lo hace en serio y más
de un motivo encuentran para reír a diario: por pendejear con el trasero de la
chava que va por la otra banqueta te das un chingadazo contra un poste y del
impacto te puteas la nariz y comienzas a sangrar profusamente, la gente que
esté por ahí se detendrá a reírse antes que acercarse y preguntarte si estás
bien.
No
les gusta estudiar. Son malos estudiantes. Son rústicos, groseros y
maleducados. Son mochos y mojigatos… Pero son felices. Sí, así como se los
digo; a pesar de la fama de narcos, de algunas ejecuciones, secuestros y de los
paupérrimos niveles de civilidad que a veces padecen, Sahuayo es un lugar en el
que no abunda la infelicidad.
Espero
mis amigos sahuayenses no me lo tomen a mal o caiga yo de su gracia, pero es
bien cierto aquel corolario del deslenguado
de Guanajuato, Vicente Fox, sobre ser feliz y ser ignorante. O pienso,
también, en la gráfica que Lisa Simpson usa para explicarle a su padre la
correlación entre los niveles de felicidad y de estupidez. No estoy diciendo
que todos los sahuayenses sean pendejos y felices, eso sería una falacia
bárbara Lo que estoy diciendo es que en sahuayo prevalece un carácter que
explica ambas cosas, la gente vive sin mayores problemas buscando llegar a fin
de mes con buena paga.
Es
una vida sin complicaciones. Antes odiaba este lugar, ahora le guardo simpatía.
Nada
menos, a la hora de la comida vi a una familia vecina sacar una mesa de
cocacola y devorar unos pollos rostizados al pie de la banqueta en una calle
con tráfico consistente. A cualquiera le parecería algo inseguro, sobre todo
por los niños que en el lugar había, pero la verdad era que se la estaban
pasando genial entre sus chistes y su vulgaridad al hablar. Igual que con el
obrero bailarín de media mañana, simplemente volví a sonreír. Como dice el
corrido “Si te perdono ¿pa’ qué? Si te maldigo, ¿qué gano?” entonces, voy a
seguir mi camino sin renegar de una vida que no estoy viviendo y, mientras ande
por aquí, me dedicaré a ver, analizar. Es el oficio del sociólogo. Hacerla,
quizás, del etnógrafo solitario como
dijera un profesor que tuve.
Lo
que nunca les perdonaré es esa pinche fascinación suya por el ruido y las motos
sonorizadas con música de banda. Bueno, eso digo ahora: alguna vez dije que
siempre los odiaría y, vean, acabo de confesar que ya hasta me caen bien.


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Ignorantes y "mochos", la mejor descripción que se pueda realizar sobre los sahuayenses.
ResponderBorrarQue interesante!!!
ResponderBorrarBueno de cierta manera en un tiempo odie ese lugar pero ahora que tengo otra perspectiva ya no.
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