domingo, febrero 03, 2013

EL IZCUINTLE: Una vida sin complicación alguna



Una vida sin complicación alguna

Luis Enrique Anguiano Torres


Hace ya varios días que regresé a vivir a Sahuayo, un lugar que está a escasos kilómetros de la frontera con Jalisco. Es un pueblo un tanto peculiar. Lo conocí desde niño, vivía en un pueblito perteneciente a un municipio cercano. Crecí, viajé y cuando llegó la hora de los estudios universitarios, este lugar me recibió nuevamente. Acabé mi carga académica y volví a salir al mundo. Después de probar fortuna en el mundo por un tiempo, regreso a mi alma mater y, cómo no, a la vida sahuayense.
De niño, Sahuayo me parecía simplemente el lugar al que ocasionalmente se venía de compras o a arreglar algún asunto de los relacionados con la sección o algo así. Durante la universidad se volvió un lugar de desencuentros, de amarguras, de enojos y contrastes. Terminé odiando este lugar como pocas veces he odiado a entidad alguna ¿La razón? Muchas y ninguna al mismo tiempo.
No tenía el criterio para entender muchas cosas que en aquel entonces eran motivo de irritación y quejas constantes (los que han interactuado conmigo saben que me la paso quejándome de todo) sobre tal o cual situación. Hoy, con la mente ya más ejercitada y con el criterio de no esperar nada de nadie, salí al balcón de mi departamento actual y me puse a ver el horizonte: un paisaje irregular y polvoriento, una colina tapizada de casas y, en los límites, algunos domicilios de lámina.
Un ruido, cosa común en Sahuayo, que provenía de una bodega cercana llegó hasta mis oídos en la forma de una cortadora de metal, tarimas que azotaban contra el suelo, gritos alegres y música de banda. Me acerqué para ver mejor y vi entre los metales a un obrero que bailaba de manera muy simpática al compás de “¿A dónde tan peinada? ¡Hey! ¡Hey! Dime dónde trabajas…” para luego regresar a las labores.
En la colonia en la que vivo hay varios talleres: herrería, tapicería, carpintería… Los sahuayenses son gente muy industriosa, eso sí. Abundan los talleres pequeños y, de alguna manera, les va bien. Hay mucho lavado de dinero por acá pero por lo demás me consta que es gente que no le teme al trabajo y, a menudo, ves al sahuayense típico trabajando mientras dice tontería y media con sus compañeros.
Foto tomada de www.skyscrapercity.com
Detesto a las personas que se vanaglorian de ser ignorantes. Los sahuayenses así son, gente rústica que sabe que está de más que vayan a la universidad. Total ¿Para qué? Van a terminar trabajando en el negocio de huaraches de la familia o en alguna vidriería de por el centro o algo. No tienen mucha ambición en el sentido académico; en plena carrera, a la mitad de la licenciatura (estudié sociales) dos compañeras se me acercaron a preguntarme sobre quiénes eran Marx y Lenin.
Si en este momento fuera a preguntarle a alguno de los trabajadores de enfrente en qué año se descubrió América lo más seguro es que no me sabría responder. Son contentos así y no les importa; ellos viven su vida y que el mundo ruede.
El sahuayense es una persona fiestera. Cuando se divierte lo hace en serio y más de un motivo encuentran para reír a diario: por pendejear con el trasero de la chava que va por la otra banqueta te das un chingadazo contra un poste y del impacto te puteas la nariz y comienzas a sangrar profusamente, la gente que esté por ahí se detendrá a reírse antes que acercarse y preguntarte si estás bien.
No les gusta estudiar. Son malos estudiantes. Son rústicos, groseros y maleducados. Son mochos y mojigatos… Pero son felices. Sí, así como se los digo; a pesar de la fama de narcos, de algunas ejecuciones, secuestros y de los paupérrimos niveles de civilidad que a veces padecen, Sahuayo es un lugar en el que no abunda la infelicidad.
Espero mis amigos sahuayenses no me lo tomen a mal o caiga yo de su gracia, pero es bien cierto aquel corolario del deslenguado de Guanajuato, Vicente Fox, sobre ser feliz y ser ignorante. O pienso, también, en la gráfica que Lisa Simpson usa para explicarle a su padre la correlación entre los niveles de felicidad y de estupidez. No estoy diciendo que todos los sahuayenses sean pendejos y felices, eso sería una falacia bárbara Lo que estoy diciendo es que en sahuayo prevalece un carácter que explica ambas cosas, la gente vive sin mayores problemas buscando llegar a fin de mes con buena paga.
Es una vida sin complicaciones. Antes odiaba este lugar, ahora le guardo simpatía.
Nada menos, a la hora de la comida vi a una familia vecina sacar una mesa de cocacola y devorar unos pollos rostizados al pie de la banqueta en una calle con tráfico consistente. A cualquiera le parecería algo inseguro, sobre todo por los niños que en el lugar había, pero la verdad era que se la estaban pasando genial entre sus chistes y su vulgaridad al hablar. Igual que con el obrero bailarín de media mañana, simplemente volví a sonreír. Como dice el corrido “Si te perdono ¿pa’ qué? Si te maldigo, ¿qué gano?” entonces, voy a seguir mi camino sin renegar de una vida que no estoy viviendo y, mientras ande por aquí, me dedicaré a ver, analizar. Es el oficio del sociólogo. Hacerla, quizás, del etnógrafo solitario como dijera un profesor que tuve.
Lo que nunca les perdonaré es esa pinche fascinación suya por el ruido y las motos sonorizadas con música de banda. Bueno, eso digo ahora: alguna vez dije que siempre los odiaría y, vean, acabo de confesar que ya hasta me caen bien.

3 comentarios:

  1. Anónimo9:46 a.m.

    Ignorantes y "mochos", la mejor descripción que se pueda realizar sobre los sahuayenses.

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  2. Anónimo2:56 p.m.

    Que interesante!!!

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  3. Anónimo8:00 p.m.

    Bueno de cierta manera en un tiempo odie ese lugar pero ahora que tengo otra perspectiva ya no.

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