Un pueblito de crepúsculos arrebolados…
Luis Enrique Anguiano Torres
Conozco
a un par o un trío de personas (defeños todos) que al llegar a Michoacán se han
sorprendido de que exista Tangamandapio. Crecieron con El Chavo, yo crecí con
El Chavo, tú creciste con El Chavo, todos crecimos con el pinche Chavo del Ocho
y por eso todos chaveamos en tiempo infinitivo –o indefinido, asegún– sabiendo
que se trata de un programa de la tele nacional. Un producto de la ficción.
Hasta que me topé con una pinche estatua de Jaimito el cartero en pleno
Tangamandapio.
Para
los no-michoacanos, déjenme decirles que Tangamandapio sí existe y no es
precisamente un pueblito de crepúsculos arrebolados sino más bien un pueblete a
un lado de la carretera que conduce a Zamora. Varias cosas me llaman la
atención de ese lugar, enlistaré tres así que vayámonos por pinches partes y
sabroseando el camino que al fin y al cabo prisa no hay. Es que quiero evitar
la fatiga.
Lo
primero es que Tangamandapio es de esos lugares inamovibles que parecen jamás
cambiar o ser protagonistas de un giro de buen tamaño. Desde siempre ha estado
la misma gasolinera, la misma tienda de abarrotes, la misma tiendita de objetos
de mimbre. Así que, una de dos: de plano nunca ha cambiado o les va también con
ese modus operandi que ni siquiera
necesitan cambiar de lugar los negocios porque ahí rifan lo suficiente. Lo
único que he visto que ha llegado a ese lugar son negocios de pollos asados, al
carbón o rostizados. Antes casi no había, ahora hay un chingo.
Otra
cosa es que en ese pueblo hay tres monumentos bien curiosos. El primero es el
monumento a la falta de respeto hacia la infraestructura; una parada de camión
que está desde que yo recuerdo pasar por ese lugar y hoy está en terrible
estado, colonizada por orines furtivos, rayones, mala pintura, etc.
El
otro es una placa de cobre sobre una base piramidal de cemente do unos 40 cm de
lado por 1.40 o 1.50 de alto. Es la placa de inauguración del tercero (voy
pa’llá) y me parece una reverenda pendejada: para hacer una piececita de ese
tamaño se necesitaron varios bultos de cemento, probablemente unos 15 o 20,
sólo para tener en su punta una placa de algún metal indeterminado que dice “El
Sr. Leonel Godoy Rangel inauguró en quiensabequé pinches año esta parada de
autobuses” porque, sí, el tercero es otra parada de autobuses que está frente a
la primera (o sea, del otro lado de la carretera) y que no está tan construida como la anterior: la
parada vieja es de pilares gruesos y está hecha toda de cemento, la nueva es
apenas un piso de 6 metros cuadrados de cemento y un tejaban de lámina.
Sí,
el güey del exgobernador michoacano viajó unos 250 kilómetros para inaugurar un
tejaban de lámina en el que la gente espera el pinchi camión y a un lado le
pusieron una placa que de seguro se llevó más cemento y dinero que la parada
misma.
La
cereza del pastel está entre ambas paradas: una estatua de dos metros y medio
de Jaime Garabito. Motherfucking Jaimito el Cartero. A la gente de
Tangamandapio no le basta con poner un letrero y que la gente de cierta
generación se vaya de espaldas al enterarse que no es un pueblo ficticio sino
que erigen un monumento a un personaje más bien mediocre de lo que se pudiera
llamar uno de los programas más decadentes (o de mayor decadencia) en la
televisión mexicana.
Quién
erigió semejante monumento y con qué dinero lo hizo son cosas que aún no sé,
pero me queda más o menos clara la intención. En la teoría de la comunicación
se habla de la redundancia como una parte auxiliar del mensaje para evitar
pérdida de datos o lecturas erróneas. La estatua de Jaimito es redundante a
todas luces; hay un taller mecánico al pie de la carretera que lleva el nombre
del afamado mensajero y también una tienda de abarrotes no muy lejos de donde
está plantada la estatua. Aparte, decidieron ponerla en el lugar más visible al
ojo fuereño (la carretera pasa por un lado de la población) y de un tamaño
bastante identificable.
La
situación es que el nombre de Tangamandapio está sedimentado en el imaginario
popular gracias a la emotividad con que Mr. Jaimito Motherfucker evocaba los
crepúsculos de su pueblito natal. La sola existencia de la localidad es
suficiente como para establecer una asociación y decir “Ah chingá, ¡No mames!
De aquí era pinchi Jaimito el cartero, esta no me la creerá el Beto, deja le
tomo una foto a la estatua”.
¿Cachan
lo que digo? Si de verdad la gente hubiera querido rendir un homenaje a Jaime
Garabito, hubiera bastado un busto de bronce en algún pilar de la plaza del
pueblo, con una placa o algo así. Pero no, no se trataba de agradecer al
personaje o al mismo Raúl “Chato” Padilla que, cabe decirlo, era regiomontano.
Es
otro de esos casos de invención de la identidad civil. El nombre de
Tangamandapio fue puesto en alto por el personaje de la Vecindad del Chavo y, de
hecho, sólo el pan que se produce ahí es otra de las cosas que le dan
reconocimiento a la localidad pero más de eso no hay, así que tiene sentido
poner una estatua de alguien que no existió para que la gente de perdis diga “Güey, Tangamandapio
existe” y se tome una foto junto a la estatua. Ya saben, por aquello de pa’l feis.
Me
pregunto si en Juchipila, Zacatecas, habrá una estatua de La Chimoltrufia.



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