Luis Enrique Anguiano Torres
Hacer
una tesis es un proceso largo. Enfadoso, si uno lo quiere ver así: es como
hacer una cobija mediante puros parches y tratar de que quede de un color
uniforme. Nada menos, el otro día platicaba con mi asesor sobre esta situación
del solipsismo (la idea de que sólo la mente existe y no hay nada más allá de
ella) y trajo a colación una película que alguna vez había sido proyectada en
algún lugar de mi alma mater: “What the #$*! do we know?” o “What the BLEEP do
we know?” mejor conocida por acá como “¿Y tú qué sabes?” cuando en verdad se
debería llamar “¿Qué chingados es lo que sabemos?”. No recordaba el tema –de
hecho no recuerdo haberla visto– y resonaba en mi cabeza las palabras “cuántica”
y “dimensiones”. Me dediqué a echarle un ojo.
Pues,
comenzando por que es una película difícil de catalogar: no es un documental ni
es una película normal, es algo entre las dos con elementos de animación en 3D
bastante cutres. Hay varias, muchísimas cosas qué señalarle a la película y a
los contenidos que muestra. Mis sospechas comenzaron a aflorar en las primeras
escenas y para el final de las dos horas y cacho ya se habían disipado y
asentado en un juicio de valor que no temo en replicar aquí: “Qué chingados…”
es una película de pseudodivulgación que muestra premisas científicas más o
menos correctas con un discurso metafísico-trascendental bien metido en la
tradición new age.
El
primer tropiezo –y uno de los que más me llamó la atención– se dio al ver una
secuencia en la que la protagonista camina por un túnel del metro y se
encuentra con una exposición sobre los “cristales formados en agua contenida
por botellas etiquetadas con palabras clave” o algo así. El viejo
pseudoargumento de la memoria del agua
que tanto les gusta a los homeópatas. Un personaje explica las ideas de Masaru
Emoto que la formación del hielo depende de la “armonía” que transmita una
palabra escrita en la etiqueta de cada botella, así, los hielitos formados a
partir de palabras como “amor” o “amistad” tienen formas geométricas en tanto
que la oración “te odio” es la causante de un copo mal formado.
Esta
cosa de que el universo es moral de un tiempo a la fecha me molesta
particularmente. Este “experimento” de la llamada “consciencia” del agua cae en
varias falacias de diferentes tipos. Por ejemplo, el hecho de que el Sr. Emoto
sepa de qué botellas viene cada cristal es una falacia metodológica conocida
como “la pizca de cerezas” o, literalmente, “agarrar lo que le conviene”. Ésta
es una práctica muy criticada dentro de la investigación, precisamente por eso:
por ser antipedagógica y anti-epistemológica. El mismo ejemplo de los cristales
de hielo: en los frascos no se formó sólo un copo; se formaron un chingo y
puedo apostar mi brazo derecho a que aparecieron un chingo de formas bien distintas
entre sí. Para que el resultado hubiera sido creíble, todos los cristales en
cada frasco debieron haber tenido la misma forma.
Por
otro lado, está el silogismo de que “somos agua y el pensamiento la moldea, por
lo tanto, el pensamiento nos moldea físicamente ya que somos 90% agua” y les
voy a decir porqué: el Sr. Emoto no pondera ni por un pinche segundo que
conceptos como “amistad” o “amor” son resultado de un consenso social y que no
existen fuera de la mente humana ¡Cielos! Hay mentes humanas en las que ni
siquiera existen tales conceptos. Ahora, esta cuestión de atribuirles cosas
como la amistad, el beneficio, el amor o el odio es una “transferencia” moral
equivalente a pensar que los tornados son un castigo de alguien u originado por
alguna conducta inapropiada. O cosas como que el león es un animal noble y los
lobos son malvados. Se llama simbolismo, señores, y por mucho que la gente crea
que es así no lo convierte en realidad.
Ahí
les va un buscapiés: ¿ustedes creen que toda el agua que se bebe es
completamente nueva? No. Chequen: hay una cantidad limitada de agua bebible en
el planeta que ha sido reciclada una y otra vez gracias a los ciclos. Toda el
agua que existe ha estado en contacto con, al menos, un ser vivo. El agua no es
virgen estará limpia, pero no es
nueva. Si el agua tuviera consciencia o memoria como dicen los homeópatas,
entonces ésta recordaría todos los lugares en los que ha estado, replicaría sus
propiedades y eso, mis amigochos, no es un pensamiento muy alegre que digamos.
¿O
qué? ¿Creen que Bambi, Mufasa, Simba o los ositos de la coca-cola no orinan,
tragan y defecan? ¿Qué creen que orinan los venaditos en el bosque y los ositos
polares entre la nieve? ¡Pues eso! Miados, pipí, chis, del uno. Miados que en
algún momento terminarán regresando a las nubes y precipitándose nuevamente en
las montañas y valles donde los mantos freáticos se encargarán de formar
nuevamente arroyos y ríos. Lo mismo pasa con todos los líquidos en el mundo: se
reciclan.
La
película hace referencia (y se brinca, como con una pértiga) a otros problemas
dentro de la ciencia, uno de ellos es el problema
del observador o las escalas físicas de análisis. En conclusión, si son
atentos a los contenidos que aparecen en el film, verán que la pregunta que le
da el título “¿Qué chingados es lo que sabemos?” puede ser respondida con un
lacónico pero merecido “¡Ustedes, ni madres!”



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