Al eterno regreso le falta una vuelta
Luis Enrique Anguiano Torres
¿Han visto “Be kind rewind”? No sé cómo la hayan titulado en México;
la conozco por “Rebobinados” aunque el título en el idioma original es
“Rebobine por favor” y cuenta con las actuaciones del veterano Danny Glover, el
rapero-actor-que-no-acaba-de-despegar Mos Def y el siempre pueril Jack Black.
La dirige el genial Michel Gondry y cuenta una lenta historia sobre dos
atolondrados jóvenes que religiosamente atienden un decadente videoclub y viven
sus jóvenes e inmaduras vidas.
Cualquiera
la pensaría como una de esas tontas películas que pretenden afanosamente su de
por sí bajo presupuesto con un destacable o al menos original guión. De cierta
manera lo consiguen pero alejadamente de su inicial propósito. O sea, que es
relativamente buena pero no por la (más o menos) cercana meta que se
propusieron sus “avispados” realizadores. Y ya chole con los felices adjetivos
estilo Bob Ross.
Una
de las materias que más me gustaban cuando era morro era la historia. Sí,
realmente me latía la pinche historia. El alcohol y los desvelos han hecho que
no recuerde mucho pero, vaya, aún recuerdo cosas. Total que llega la
universidad y yo me encontré con que la historia me dejó de gustar. Así, de
buenas a primeras. La pausa de la prepa y la secundaria hicieron que algo en mí
cambiara y no me gustara ya tanto.
Sin
embargo (¡Ay! Esa frasecita) hallé un recoveco para mi deleite historicista: la
microhistoria y la historia contrafactual. Después, siguió valiéndome madres la
materia y al día de hoy no me han vuelto las ganas por saber algo de la
conquista o lo que sea.
Para
los que no lo saben, la microhistoria y la contrafactual son el indie y el noise punk de los estudios históricos.
Todos
sabemos que Morelia tiene un chingo de historia de relevancia nacional
(Morelos, Hidalgo, Ocampo, Cárdenas… Paleterías “La Michoacana”) pero ¿A que no
conocen la historia de don Fulgencio Carranza? Hace ya décadas en la Obrera
había una botica muy famosa que despachaba medicamentos a todo el país y que un
día, a pesar de tener reconocimientos de Francia y Dinamarca, cerró de buenas a
primeras.
De
don Fulgencio Carranza jamás se volvió a saber nada y a día de hoy el domicilio
está en condiciones deplorables. Se dice que el motivo de su cierre fue que,
por ser sobrino del mismísimo Venustiano Carranza, Fulgencio tenía una versión
original de la constitución que escribió su tío en el que las propiedades de la
nación se adjudicaban de forma inmediata a manos privadas. Los Cárdenas le
amenazaron de muerte y Fulgencio tuvo que huir, constitución en mano.
¿Verdad
que no se la sabían? Pues claro que no porque me lo acabo de inventar. Verán,
la microhistoria se centra en los lugares pequeños y, usualmente, en agentes
materiales prácticamente desconocidos (Don Fulgencio, el de la Obrera,
boticario acreditado) en tanto que la contrafactual tiene que ver con las cosas
que cambian con el esquema histórico que pretenden mostrar las instituciones
(Su copia de la constitución decía que las propiedades nacionales son de los
particulares).
“Be kind rewind” es perrona porque resume un
seminario de microhistoria. En la película hay un personaje que jamás aparece:
Fats Waller, leyenda del jazz nacido hace años en el barrio donde viven los
personajes.
El
pendejo de Jerry (Jack Black) borra las cintas que rentan Mike (Mos Def) y
Fletcher (Danny Glover) y se ponen a hacer películas con una cámara casera y
prácticamente sin dinero (referencia de Gondry a sí mismo, impagable la escena
en que están rodando 10 películas al mismo tiempo). Por cuestiones
argumentales, terminan haciendo una película sobre Fats Waller pero hay un
pinche problema: Fats nunca existió.
¿Qué
hacen? Pues se la sacan de la manga. Empiezan a entrevistar gente, empiezan a
documentar lugares, objetos que Fats usó. Anécdotas. Etc.
A
eso me refiero con que está buena.
No
es una premisa, ni una constante ni nada, pero dentro de la microhistoria se
suelen encontrar pautas de reinvención y auto-invención a nivel local. O sea,
que los barrios, las comunidades, los países y hasta las familias suelen
inventarse su propia historia y tergiversar registros con el afán de cambiar el
curso de su presente.
Eso
ocurre. Frecuentemente y de manera constante. Por ejemplo, la danza de los
viejitos que anda rondando el siglo de existencia y hay güeyes que dicen que es
la adoración al dios del fuego o una reminiscencia de los brujos chamanes pero
la verdad es que es sólo una danza que popularizaron en el afán de darle más
profundidad a la historia estatal. La invención histórica es un eterno regreso
y reinvención de premisas, objetos, entidades, comidas y formas de tener sexo.
Como
dijera Jules Michelet “cada época sueña con la siguiente y, al hacerlo,
recuerda a la anterior”. El señor no andaba nada lejos del camino. Cualquiera
que haya estudiado historia se los puede confirmar. Para cada época, el futuro
es una extensión de su propio presente y suele ver hacia atrás, hacia lo
pasado, como aquello a lo que “aún le falta” o “no termina de acomodarse”.
Por
eso digo, pensando en las mediocres actuaciones de Jack Black, que al eterno
retorno le hace falta –y siempre le seguirá faltando- una vuelta.



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