Por EL Organismo
La Paz, Baja California
Sur.- Un cigarro entre
sus dedos y la narrativa entre su boca, son dos elementos esenciales para
describir a Eduardo Antonio Parra.
Él, es uno de los representantes más importantes de la narrativa del México
contemporáneo y es culpable de colocar a esos personajes, los ignorados, en las
historias que caracterizan la senda de los relatos del norte. Es capaz de
convertirse en la piel de gente ficticia y transitar por escenarios
inimaginables.
Amante de diferir con la concepción común de la sociedad. Su trabajo ha
sido encaminado a recalcar las viejas costumbres, aquellas impuestas y a las
que considera un rito corroído, reproducido por la familia, la iglesia y la
escuela. “Es una moral desgastada”, dice. Intenta localizar una distinta para
tratar de motivar un cambio en la forma de pensar, vivir y reaccionar.
Acepta su esfuerzo por resaltar la inusual problemática en ciudad
Monterrey.
“Aún no agarro el hilo, todavía no llego a una comprensión del fenómeno,
sólo veo las reacciones de la gente en medio de éste pánico y busco
constantemente poder reflejar eso”, declara; aunque tiene claro como la
superficie del conflicto es culpa, en gran parte, de la batalla entre
narcos, políticos y policías.
Como todo buen escritor, comprende que los sentimientos, como el amor, son
un impulso para garrapatear en papel una buena obra; sólo lamenta que
el enamoramiento dure tan poco pero aclara que cualquier emoción también puede
servir.
Atribuye el poder de sus letras a la experiencia personal y aconseja
analizar el trabajo de otros cuentistas para mejorar, eso se consigue leyendo
como loco.
Explicó que “la experiencia personal se sobrepone a la literaria”; evocando
al recuerdo de a sus abuelas, la tradición oral es una de su mayor influencia.
Ah, por cierto, el becario del Sistema Nacional de Creadores y de la
Fundación John Simón Guggenheim, impartió el Taller de Narrativa y estuvo
de visita durante el evento nacional de escritores: Lunas de Octubre, realizado
el 25, 26 y 27. Aquí, en La Paz.
En el cierre de Lunas de Octubre, Eduardo Antonio Parra, ofreció una
conferencia magistral sobre el futuro de los escritores del norte. Integrante
de esta vertiente, señaló la fuerza de los temas desarrollados en ciudades
norteñas como un atractivo para los lectores de México.
“Una de las máximas aspiraciones (de un escritor) sería la obra maestra,
porque aquí no hay dinero, es eso, la de conseguir una obra perdurable que
trascienda el momento en que la escribes; pero no es buscar eternidad, es […]
Que no hay nada más chingón cuando se te pongan los pelos chinitos, cuando lees
algo que tu escribiste”, definió el sentido de un cuentista.
En una charla más intima, donde la cerveza y el turbio ambiente ocasionado
por el tabaco eran la constante, Parra se abrió. Con una voz rasposa y gruesa,
contó anécdotas de la sangre que brota en las calles de su antigua ciudad. En
una ocasión, el escritor, estaba detrás de un automóvil en conocido bulevar. El
semáforo se puso en verde pero el vehículo no se movía. Enojado, lo rebaso, no
sin antes lanzar tremenda ráfaga de pitidos. Al colocarse a un lado –con la
esperanza de emitir un “chinga tu madre” reconfortante– se percató que en el interior un sujeto
estaba muerto. Fue asesinado a balazos a plena luz de un caluroso día regio.
Parra es autor, también, de un par de novelas: Nostalgia de la sombra (2002) y Juárez.
El rostro de piedra (2008). En 2000 ganó, en París, el Premio de
Cuento Juan Rulfo que convoca Radio Francia Internacional. Sus cuentos han sido
traducidos, entre otras lenguas, al inglés, al francés y al portugués.


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