La etapa del “nunca pensé que me
pasaría esto”
Luis Enrique Anguiano Torres
No
soy un niño; ya tengo 26 años y una experiencia de vida más o menos sensible
pero de repente siento que me han pasado cosas como de película. Cosas que,
literalmente, pensé que sólo ocurrían en las anécdotas de “el amigo de un
amigo”.
La
primera que me ocurrió fue la amenaza de la paternidad, afortunadamente todo
pasó a ser un malentendido hormonal. Un retraso… O mera bondad de la chava que
entonces era mi novia. Verán, yo estoy resignado a que la paternidad no será
parte de mi vida inmediata o presente, así que cuando me dijeron “no me baja”
sentí que el alma se me iba al suelo. Ser padre y a mitad de la carrera era de
esas cosas a las que en mala onda estoy acostumbrado a criticar, por eso cuando
me llegó la noticia me sentí sumamente confundido e inclusive decepcionado de
mí mismo.
Yo
no sabía qué hacer y preferí no hablar con mis padres hasta asegurarme del
resultado. Cuando me dijeron “era sólo un retraso, no hay nada qué temer” sentí
un alivio como pocas veces llegué a sentir.
La
cárcel. He estado en la borracha ya dos veces y una de ellas por andar de
cabrón en asuntos en los que nadie me llamaba: ¿cargos? Ninguno por parte de la
señora, pero el allanamiento de morada se persigue de oficio y me iban a dar 5
años de sombra. La corrupción mexicana me salvó al hacerle ver al pinche
comandante que no había robado nada y que había terminado ahí por mis malos
hábitos de beber.
Me
han dicho “creo que es tuyo” y también me han dicho “te voy a encontrar y te
voy a matar cabrón”, pero eso último no lo tomé muy en serio porque se trataba
de una de esas llamadas en las que te dicen que hay una camioneta afuera de tu
casa con 15 narcos estilo Cochiloco o el Benny y que van a bajar y te van a
partir tu madre si no vas y depositas al banco una lana… Pero se siente bien
perrón que te lo digan y, todavía, contestarles con un “tu puta madre, pendejo”
medio segundo antes de colgar.
¿A
poco no se siente bien chido decir “ah, sí, como cuando te dan los resultados y
te dicen que no tienes cáncer”? No todas las personas tienen la suerte de salir
bien libradas de cosas así, pero aquellos que se llegan a encontrar con ese
tipo de experiencias, bueno, recuerdan con una grata sonrisa el episodio.
Hace
poco me ocurrió una de esas. La cosa estaba más o menos así: en la acera de la
central (soy clase baja, ergo, tengo que usar el autobús) una chava con un niño
llega y me pide una moneda para él. Le contesté honestamente –lo juro, no le
mentí– “amiga, no traigo cambio, ni un cinco” y me dispuse a seguir esperando
mi llamada. Un momento después llega un hombre maduro y me pregunta “Para
llegar a Camelinas, joven ¿Cómo le hago?” yo titubée por un momento y le dije
“Puede agarrar la gr…” justo para ser interrumpido por la chava que llegó a
espetarle al señor “¿Me regala una moneda?”
El
hombre se le quedó viendo, puso un gesto como diciendo “¿Y esa madre de dónde
la sacaste?” y le dijo “No tengo nada de dinero ahorita, no tengo monedas” para
casi no dudarlo y decirle “¿Quieres trabajo? ¿Te sirve un trabajo?” y la chava
sólo asintió con la cabeza. El hombre continuó “Yo te doy trabajo ¿Qué sabes
hacer?” la chava comenzó a decir “lavar, trapear, barrer…” el hombre sacó su
billetera y le dio una tarjeta y un billete de a 20, justo en ese momento había
llegado mi combi y la abordé, sin dejar de poner atención a la escena; el
hombre seguía sosteniendo la tarjeta en su mano y la señalaba con el dedo. No
sé quién haya sido, no sé que le haya dicho ni sé si la chava haya atendido las
palabras del extraño, yo me quedé con la escena bien grabada porque, sí, es de
esas cosas que uno cree que no ocurren jamás. Pero sí ocurren.
Secretos
de familia. Vivencias. Noticias (jamás pensé que el PRI volvería a Los Pinos,
le daba yo otra docena trágica al PAN) que de repente llegan y dices
“¿¡Da-fuck!?” de hecho hace poco tuve un black-out alcohólico tan severo que mi
mamá pensó que me había muerto. Claro, después de haberme levantado de mi
propio vómito.
Una
vez estuve a punto de morir ahogado en las bellas y cálidas aguas de Mazatlán.
El pendejo de yo que no sabe nadar se mete al agua un día que hay bandera
amarilla.
Cuando
salí y empecé a sacar toda el agua que me había tragado estaba al borde de la
depresión por el pinche susto que es una experiencia así. Mis padres también se
asustaron, obviamente, y desde ese día me quedó en claro que pasar de una vida
a la otra puede ser realmente fácil, es cuestión de segundos –si te va bien, se
convierten en minutos– en lo que todo
ocurre. No hay chance de reaccionar a todo lo que se tiene que hacer y cuando
te das cuenta estás abrazando el flotador que trae un salvavidas.
Esas
experiencias, de a poco, son las que nos terminan formando el carácter y son
las mismas las que ponen a prueba en las otras cosas de “nunca pensé que me
ocurriría” como, por ejemplo, si aquel resultado hubiera sido negativo o si no
me hubieran expulsado de la escuela ¿En dónde estaría ahorita?
El
accidente de carro, el balazo, la balaceada, la pelea, el hijo, el muerto, la
despedida, el “hola, mucho gusto” o el “sí, es tuyo”. El “ya llegué”. El “no
voy a llegar”… Cuando me toca visitar una ciudad nueva, es inevitable hacerme
la pregunta de cuántas cosas tipo “jamás pensé que me pasaría” están ocurriendo
en este momento.


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