Instrucciones
para joder un proyecto literario
roberto.absenti@gmail.com
Como siempre, no
hay nada nuevo bajo el sol, estimado y flojonazo lector. Sin embargo como todos
sabemos también, todo lo que algún día comenzamos, tiene que acabar, y esta es
la ley que hace rotar al mundo.
¿Recuerda usted
aquella revista llamada La regla rota,
o aquella otra, nombrada la Siega? Uffff,
está cabrón, ¿verdad? Se la voy a poner más fácil, le mencionaré una que casi
todos conocen, ¿recuerda usted aquella revista literaria titulada Oráculo? Ésta sí la conoce, porque seguro
usted es un buen conocedor de lo que se edita y lo que ya no se edita en
México, lo que ya tronó, pues.
Para los que no estén
tan empapados del tema, demos un breve paseo histórico. La revista Oráculo se fundó por ahí del 99 o 2 mil,
más o menos, si no me falla la memoria. La editó un poeta conocido ahora en el
callejón de la Condesa como un insipiente librero. Me refiero a Eduardo Oláiz,
poeta que coquetea con los infras (con esto me refiero a sus hábitos tanto de
vida como de vicio, no a otras cositas), y que lideró esta publicación durante
sus primeros años, hasta que le dieron baje con ella los mismos cuates que él había
invitado de consejo editorial. Suena absurdo, pero ese fue el principio para
que su changarro se comenzara a descascarar.
Igual suerte han
corrido otros mini-changarros como Deriva,
creación de otro maldito poeta borracho, José Francisco Zapata, y que todavía
da gritos de ahogado, pero en alcohol. Pues en cuanto junta la lana para la
revista la invierte en una fortuna etílica, que le da más placer a corto plazo,
por eso ay va saliendo cada vez que no tiene ganas de chupar.
Igualmente le
sucedió a Ad Livitum, que después de
darse muchos topes en la pared, se dio por vencida y ahora andan diciendo por
ahí que renunciaron “porque ya no hay nada que decir que no se haya dicho, y
que no se pueda decir mejor desde cualquier escritorio”. Incluso hay una
revistita que puede encontremos, tal vez, todavía en la Ciudad de Puebla, con
algún ejemplar rezagado, y que sus directivos un tanto fríos, o pretendidamente
pensantes o lejanos del público, se clavan en la textura y al final no les
importa si sigue saliendo, pues así cumplen el sentido de la revista, o sea:
que la relean los propios editores, en el regodeo de sus descubrimientos,
víctimas de su propio artificio.
También es
probable que conozca esos otros proyectos que ahora son tan “ensalzados” por
realizarse a mano en tirajes de 10 o 50 o 100 ejemplares, pero hay que recordar
que su pionera fue María de Jesús Villalpando, que más allá de presumir que
ella “los hace”, fabrica una revista llamada La Luciérnaga Nocturna, aunque ahora ya no sale porque se le
acabaron los colaboradores cercanos, o los que le caían con unos centavitos
para la publicación, y pues como que se cansó de seguir sacando lo “mesmo”, a
excepción, claro de su propia obra, que eso sí, ya va por el tomo 365.
En fin, más allá
de la poesía misma, las revistas desaparecen por diversos motivos, pero entre
ellos, los más comunes son: que se dan en la “máuser” entre los mismos que las
integran, o no tienen ya nada que decir, en verdad, y sólo publicar a sus
cuates les da güeva; al final cumplieron su objetivo primero, que era quitarse
la espinita de ver un poema suyo en una página impresa.
El otro motivo es
porque se chupan el varo que reúnen para sacarla, y así, se queda congelada
durante años la edición, hasta que un maldito día, por obra de un juramento,
sale otra vez el número.
Hay otro fenómeno
de los “ambiciosos” que se lanzan como el borras, y si tienen lavadero, pues
lavan, como el director narcopolíticopoeta que fundó Vozotra, y que con fajos de billetes en mano trató de comprar a los
más poetas que pudo, para que “todos juntos” legitimaran su revista de 20 mil
ejemplares y distribución internacional por 19 países, pero que corrió con la
suerte de no durar más de tres números, aparte de terminar un tiempo a salto de
mata, escondido tras las moras, su director y también ex diputado, pues ya lo
andaban enchiquerando. La quiso hacer facilita, y le salió el tiro por la
culata. Eso de pagar revistas con dinero mal habido no deja.
O esa otra
publicación que fue una misión suicida de los mismos creadores de producciones
como Ad Livitum, entre otras, y que
trataron de lanzarse al éxito con una revista de 10 mil ejemplares: SIC, es el
nombre, y que al ver la negativa de los OXXO para distribuirla, se les vino
abajo el plan y tronó como chapulín en el comal.
Ay, son tantas las
razones por las cuáles truenan las revistas, pero las más jodidamente risorias
son dos: porque fueron creadas para recibir una beca, y cuando no la reciben,
se esfuman, porque “así no se puede”, “nadie trabaja gratis”. La otra razón es
por pura y llana güeva, sí, les vale madres el compromiso que hacen con “un
público”, si es que en algún momento pensaron podía existir. Tampoco les
importa crear lectores, o sea, una vez que ya pueden poner su crédito en su
currículum, y decir que fueron fundadores, creadores, editores de “algo así
como una revista”, ya pueden dejar a la deriva el proyecto, o dejarlo darse en
la madre, como una computadora Pentium III que ya nadie quiere. Así es mi
querido lector, pareciere que nuestros editores mexicanos son un fracaso porque
tienen demasiado grande la pereza, que no los deja moverse.
Así que en esta
ocasión no le daré consejos para que sobreviva su revista, mejor le diré cómo
tronar la propia o la de sus compañeros: 1. Cuando le pidan sus colegas que les
ayude a vender la revista editada: dígales que mucho hace con colaborar con su
poema, que usted no es un vendedor. 2. Cuando le pidan sus colegas que les
ayude a organizar presentaciones, moderar mesas, o pegar carteles, dígales: que
usted no puede ayudar en eso porque necesita dormir, mínimo sus 12 horas. 3.
Cuando no logre sacar otro número de la publicación de donde usted es el
editor, aunque ésta sea electrónica, arguméntese a usted mismo que no tiene los
elementos para hacerlo: ya sea una máquina de escribir, una fotocopiadora, una
computadora, o al menos un ratón. Y que se le cansa la mano si escribe con
lápiz. En fin, hay muchos pretextos y formas para sabotear y auto-sabotearse.
Le daría más
consejos como estos, pero ya es hora de que los piense por usted mismo. O suba
al balcón a buscarlos, no sea güevón.


Excelente texto. Buen recorrido por algunos de los chismes del ámbito editorial. Increíble que esto sucede incluso en las revistas estudiantiles.
ResponderBorrarSólo un detalle: se debe tener un poco de más cuidado con la ortografía.
Saludos.
Ángeles Rodríguez