domingo, octubre 07, 2012

EL IZCUINTLE: Mi perro, ese pequeño creyente.


Mi perro, ese pequeño creyente.

Luis Enrique Anguiano Torres


Soy ateo, por principio de cuentas. Me sumo a la lista de millones de personas en este mundo que no es que duden de la existencia de algún dios sino que está seguro que no existe. No veo ningún problema en que lo diga, así soy y las personas cercanas a mí saben que no soy de los que se ponen flamencos con las creencias ajenas y, de hecho, tengo buenos amigos (y familia también) que son católicos o cristianos.
No soy un ateo “activista” de esos que se ponen a pensar en lo tonto que son las cruzadas, las guerras santas y las limpiezas étnicas sólo por obedecer a un libro del que, seamos honestos, no les consta. Si a eso le llaman fe, entonces estoy contento de estar fuera de ella: cuando me case no obligaré a mi mujer a usar una burka y tampoco a sentarse en una esquina o en otra habitación cuando lleguen visitas a mi casa.
Para mí, la iglesia es sinónimo de hipocresía: desde el papa con bastón de oro y medias de seda hasta la secta davidiana que comete suicidios colectivos. Es el primer paso para comenzar a descreer. La hipocresía de los dirigentes y la hipocresía personal para con lo que se predica. No nos engañemos: nadie es capaz de vivir totalmente dentro de los mandatos de su iglesia. Nadie.
El otro día, me puse a pensar algo sobre mi perro: le gusta mucho que lo mimen. Es su característica particular. Mi perro tiene que ser así. Chiqueado.
Estoy en la cama o en el sillón y se sube a mi lado, me pone la pata encima y comienza a rascar ligeramente. Conoce bien el movimiento y por lo general lo hace con su pata izquierda. Hoy en la mañana se subió a mi cama y comenzó su ritual matutino de la rascadera. Yo lo agarré y lo aventé, primera porque el hocico le huele bien gacho, segunda, porque estaba rascando con más fuerza que otras veces y el cabrón me arañó.
Jacobo, pinche perro, ahora a unos centímetros extras de mí comenzó a rascar sobre la otra almohada (uso dos para dormir) de la misma manera en que lo suele hacer sobre mi brazo. El mensaje era claro y una expresión de satisfacción cruzó mi mente recién despertada: “Quiero que me rasques”. Si le hubiera hecho la misma señal a otro perro, éste no le hubiera entendido. Era un mensaje para mí y tal acto de inteligencia hizo que automáticamente se ganara su dosis de caricias en la espalda y detrás de las orejas.
Él sabe qué cosa son las manos. Para qué le pueden servir. Él sabe que cuando nuestras manos tocan una bolsa o un empaque metalizado muy probablemente haya algo para él como una galleta, un pedazo de pollo o un trozo de queso.
Hace poco me preguntaba cómo es que ese perrito naranja y torpe nos ve a nosotros, su familia adoptiva. Por un momento pensé, que nos debe identificar como su manada. Luego, en otra ocasión pensé que nos debería ver como sus ídolos. Hoy regresó el pensamiento de que quizás nos vea como algo que está más allá de su comprensión. Como la vez que se vio en el espejo y se puso bastante intranquilo. Nervioso.
Él sabe que somos seres vivos y que nuestras “patas delanteras” hacen cosas que las suyas no. Sabe que controlamos su comida, la temperatura de la casa, su salud y la cantidad de intrusos que hay. Controlamos muchas cosas a su alrededor. Y por un momento pensé que mi perro –que es un animal más o menos bien portado– podría llegar a pensar en algo así como ser bueno para ser como nosotros. Quizás, en su imaginación el esté pensando que en algún momento de su vida (o la que le sigue) será uno de nosotros. O que nosotros fuimos perros pero que algo nos pasó y ahora somos humanos.
Pensé desde los ojos de mi perro cómo es el mundo y porqué hay cosas que le dan miedo, como los encendedores o la masajeadora eléctrica. Pensé en qué sería para él tener a un humano en casa y es algo raro. Es algo que va de la fascinación a la tristeza pero nada parecido con la alegría o la obediencia.
Y me puse a pensar en cómo un hombre vería a un dios en caso de que existieran. Sería una condición tristísima el saber que vivimos una existencia nimia comparada a la de ese ser magnificente. La distancia entre los perros y nosotros es menor que la que puede haber entre un creador de universos y nosotros mismos.
Si dios (o los dioses) existen sería algo bien triste para nosotros porque no se trata de una mascota y un humano. Se trata de 7 mil millones de personas y el creador de todo lo que hay ¿Cómo es posible que un ser tan grande se fije en entidades como somos nosotros? El sol, por ejemplo, es un sistema químico-físico sumamente complejo y si hay un dios, apuesto a que estaría más preocupado con los distintos tipos de estrellas y demás entidades cósmicas que por el beisbolista que acaba de ganar el partido.
Y en caso de que pueda atender ambas cosas al mismo tiempo –que se supone que lo hace– entonces sus asuntos simplemente escapan a nuestra mente, entendimiento y comprensión.
Pensando en la frialdad de la relación dios-humano-naturaleza, volteo a ver a los ojos a mi perro y veo cómo mueve la cola. Le gusta que le de atención y a mí nada más me resta pensar, desear, que ojalá y dentro de ese pequeño cráneo suyo no exista la idea de que algún día será como nosotros. Me sería muy triste saber que nos ve así.

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