Mi perro, ese pequeño creyente.
Luis Enrique Anguiano Torres
Soy
ateo, por principio de cuentas. Me sumo a la lista de millones de personas en
este mundo que no es que duden de la existencia de algún dios sino que está
seguro que no existe. No veo ningún problema en que lo diga, así soy y las
personas cercanas a mí saben que no soy de los que se ponen flamencos con las
creencias ajenas y, de hecho, tengo buenos amigos (y familia también) que son
católicos o cristianos.
No
soy un ateo “activista” de esos que se ponen a pensar en lo tonto que son las
cruzadas, las guerras santas y las limpiezas étnicas sólo por obedecer a un
libro del que, seamos honestos, no les consta. Si a eso le llaman fe, entonces
estoy contento de estar fuera de ella: cuando me case no obligaré a mi mujer a
usar una burka y tampoco a sentarse en una esquina o en otra habitación cuando
lleguen visitas a mi casa.
Para
mí, la iglesia es sinónimo de hipocresía: desde el papa con bastón de oro y
medias de seda hasta la secta davidiana que comete suicidios colectivos. Es el
primer paso para comenzar a descreer. La hipocresía de los dirigentes y la
hipocresía personal para con lo que se predica. No nos engañemos: nadie es
capaz de vivir totalmente dentro de los mandatos de su iglesia. Nadie.
El
otro día, me puse a pensar algo sobre mi perro: le gusta mucho que lo mimen. Es
su característica particular. Mi perro tiene que ser así. Chiqueado.
Estoy
en la cama o en el sillón y se sube a mi lado, me pone la pata encima y
comienza a rascar ligeramente. Conoce bien el movimiento y por lo general lo
hace con su pata izquierda. Hoy en la mañana se subió a mi cama y comenzó su
ritual matutino de la rascadera. Yo lo agarré y lo aventé, primera porque el
hocico le huele bien gacho, segunda, porque estaba rascando con más fuerza que
otras veces y el cabrón me arañó.
Jacobo,
pinche perro, ahora a unos centímetros extras de mí comenzó a rascar sobre la
otra almohada (uso dos para dormir) de la misma manera en que lo suele hacer
sobre mi brazo. El mensaje era claro y una expresión de satisfacción cruzó mi
mente recién despertada: “Quiero que me rasques”. Si le hubiera hecho la misma
señal a otro perro, éste no le hubiera entendido. Era un mensaje para mí y tal
acto de inteligencia hizo que automáticamente se ganara su dosis de caricias en
la espalda y detrás de las orejas.
Él
sabe qué cosa son las manos. Para qué le pueden servir. Él sabe que cuando
nuestras manos tocan una bolsa o un empaque metalizado muy probablemente haya
algo para él como una galleta, un pedazo de pollo o un trozo de queso.
Hace
poco me preguntaba cómo es que ese perrito naranja y torpe nos ve a nosotros,
su familia adoptiva. Por un momento pensé, que nos debe identificar como su
manada. Luego, en otra ocasión pensé que nos debería ver como sus ídolos. Hoy
regresó el pensamiento de que quizás nos vea como algo que está más allá de su
comprensión. Como la vez que se vio en el espejo y se puso bastante
intranquilo. Nervioso.
Él
sabe que somos seres vivos y que nuestras “patas delanteras” hacen cosas que
las suyas no. Sabe que controlamos su comida, la temperatura de la casa, su
salud y la cantidad de intrusos que hay. Controlamos muchas cosas a su
alrededor. Y por un momento pensé que mi perro –que es un animal más o menos
bien portado– podría llegar a pensar en algo así como ser bueno para ser como
nosotros. Quizás, en su imaginación el esté pensando que en algún momento de su
vida (o la que le sigue) será uno de nosotros. O que nosotros fuimos perros
pero que algo nos pasó y ahora somos humanos.
Pensé
desde los ojos de mi perro cómo es el mundo y porqué hay cosas que le dan
miedo, como los encendedores o la masajeadora eléctrica. Pensé en qué sería
para él tener a un humano en casa y es algo raro. Es algo que va de la
fascinación a la tristeza pero nada parecido con la alegría o la obediencia.
Y
me puse a pensar en cómo un hombre vería a un dios en caso de que existieran.
Sería una condición tristísima el saber que vivimos una existencia nimia
comparada a la de ese ser magnificente. La distancia entre los perros y
nosotros es menor que la que puede haber entre un creador de universos y
nosotros mismos.
Si
dios (o los dioses) existen sería algo bien triste para nosotros porque no se
trata de una mascota y un humano. Se trata de 7 mil millones de personas y el
creador de todo lo que hay ¿Cómo es posible que un ser tan grande se fije en
entidades como somos nosotros? El sol, por ejemplo, es un sistema
químico-físico sumamente complejo y si hay un dios, apuesto a que estaría más
preocupado con los distintos tipos de estrellas y demás entidades cósmicas que
por el beisbolista que acaba de ganar el partido.
Y
en caso de que pueda atender ambas cosas al mismo tiempo –que se supone que lo
hace– entonces sus asuntos simplemente escapan a nuestra mente, entendimiento y
comprensión.
Pensando
en la frialdad de la relación dios-humano-naturaleza, volteo a ver a los ojos a
mi perro y veo cómo mueve la cola. Le gusta que le de atención y a mí nada más
me resta pensar, desear, que ojalá y dentro de ese pequeño cráneo suyo no
exista la idea de que algún día será como nosotros. Me sería muy triste saber
que nos ve así.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí