El pinche síndrome del carpintero.
Luis Enrique Anguiano Torres
Ahí
tienes que estás estrenando casa. Ya te aprobaron el crédito, ya hablaste con
el agente, ya te dieron las llaves y ya empezaste a amueblar. Una salita, un
comedorcito, una estufita, un refrigeradorcito con su neverita en la que le
quepan hartas chelas y harto pisto chingón. Tu habitación y tu camita con harta
privacidad. Pero, algo le falta… Algo que la haga habitable y cálida. Que le de
caché.
…
Y se te ocurre que quieres una cocina integral. Y buscas a un carpintero. Y le
encargas la cocina. Y llega a tu casa y toma las medidas y te habla de maderas
y grosores y su pinche madre y se va con el adelanto en la bolsa. Y miras la
tarjeta y la nota y dice la fecha de entrega que en 5 días tendrás tu cocina
integral.
Pasan
los 5 días y del carpintero, ni sus luces. Le llamas. Te contesta de manera muy
natural que no te pudo entregar el trabajo porque no le llegó la madera. Que en
tres días te la tiene. Le dices que gracias y cuelgas. Con un poco de duda y
otro poco de fe.
Pasan
3 días. Le llamas nuevamente. Te dice que ahora el problema ya no es la madera
que le faltaba sino la que le llegó: que estaba en mal estado y que aparte,
para acabarla de chingar, se le fregó la cepilladora/compresora/sierra. Te pide
disculpas y te dice que te la tiene pronto, nada más que pase el fin de semana
porque él los sábados sólo trabaja medio día y el domingo es día de descanso.
Llega
la siguiente semana pero no llegan las alacenas. Ni la madera. Ni nada. Y vas
al taller del cuate este y lo encuentras trabajando en otra cosa, pero en lo
tuyo no. Y es cuando te encabronas y le reclamas. “Oiga, pero si yo ya le
adelanté una lana”, “Pero en esta ocasión salí raspado porque me tocó pagar una
compostura”, “No me importa, usted se comprometió a entregar ese trabajo”, “Ya,
oiga, no es para tanto… Deme chance, se lo tengo en un rato…”, “No”, “Ándele,
le prometo que se lo tengo”.
Y
de ahí pueden ocurrir dos cosas. Que decidas concederle otro lapso de permiso o
que le exijas que te devuelva el dinero porque no ves siquiera que haya
comenzado a hacerlo. La conclusión depende de tu experiencia, tus pantalones y
tu imaginación, más que nada. No muchos clientes logran sobreponerse ante un
mal trabajador.
En
fin, el síndrome del carpintero es también conocido como el síndrome de “El
trabajador del mañana” porque nada más te dicen “mañana, mañana, mañana…” y
nunca llega el pinche encargo. El síndrome del carpintero también lo padecen
los albañiles, los impresores, los herreros… Los mecánicos ni se diga. Los
lamineros, ídem. El síndrome del carpintero es algo bien típico de la clase
trabajadora mexicana y una de las cosas que más nos caracterizan como sociedad.
Somos
expertos de la procrastinación. De dejar las cosas para luego. De no dar
prioridad a los encargos. Que conste que no tengo nada contra algún oficio en
particular, yo mismo pertenezco a la clase obrera y a mucha honra siñor pa’
servirle a dios y asté, pero las personas que son así por lo general me caen
mal. Que un día y otro día, y luego después, etc.
De
hecho, creo que todos nos hemos puesto en ese plan más de una vez en la vida.
Pero hay quienes hacen de eso su única manera de trabajar: tienes que llegar y
ver que lo hagan –cosa bastante indeseable, por cierto– porque de lo contrario es
muy probable que te quedes en casa, brazos cruzados y ceño fruncido esperando a
que te llame el irresponsable ese en el que depositaste tu dinero esperando
convertirlo en una alacena.
O
una reja para la ventana. O una revista. O una computadora.
El
síndrome del carpintero jode bastante. Jode al comprador y jode al carpintero.
Y a su familia también. Y hasta a su hija que no podrá jugar este sábado en la
tarde con su padre porque el tiene que trabajar a regañadientes para entregarte
algo que prometió entregar la semana pasada. En lo personal no he tenido muchas
experiencias de ese tipo porque no suelo encargar muchos trabajos de
carpintería y porque soy fan del “Hazlo tú mismo”, pero mis padres sí y alguna
bastante desagradable con un camarada que tardó como dos meses en pretender
hacer un comedor y al final mi padre tuvo que ir a recogerle el dinero porque
nunca hizo nada.
Lo
que me asombra es la capacidad para mentir que tienen esas personas. Sabes que
te están dando “largas” o “charras”. Sabes que no es cierto. Sabes que si no te
cumplieron al día acordado, no lo harán para la segunda fecha pero les crees.
Son amos de la ingeniería social y la manipulación. Eso es lo que más me
asombra; un carpintero excelente en terapear a los clientes pero malísimo para
armar una alacena.
Ahora,
tampoco es que sea algo exclusivo de la clase trabajadora. Telmex padece mucho
de eso y de otras cosas, sobre todo una que se llama “Síndrome del teleoperador
imbécil” que consiste básicamente en tratarte como pendejo y no darle solución
a tu problema de forma expedita.
Cuando
se juntan dos o más síndromes cancerosos de ese tipo en una sola persona, la
situación se vuelve delirante y ya no va en detrimento de la empresa sino de
tus nervios e hígado. No cabe duda, padecer el síndrome del carpintero es todo
un arte.


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