Por Alejandro Delgado
Mirando algunas fotografías de Peter Biziou, las pinturas de Rafael Flores llegaron a mi memoria
como mensajes de recados que algunos enamorados olvidados abandonan por ahí. Y
es que existe una tradición del desnudo mexicano difícil de localizar, en medio
de un mundo poblado de cuerpos anunciándose al lado de automóviles, perfumes y
demás productos de lavandería cerebral. Pero el Tótem y los Tabús siguen ahí
tras millones de hojaldras que se publican pretendiendo el desnudo como novedad,
siendo que el desnudo original fue históricamente más arropado por los pudores
religiosos que por textiles de verdad. Dicen, sin embargo, que el ropaje
sustituyó al pelambre simio en un intercambio evolutivo que todavía intenta
defensa y protección de las inclemencias medio ambientales. No por ello nos
seguimos cobijando intentando desvanecer nuestra desnudes. Entre todo esto hay
muchas variantes de cómo asumir e intentar perpetuar el gesto y las expresiones
del cuerpo, desde los arcanos dibujos lineales rupestres hasta los más sofistas
imagos digitalizados, la cinematografía y el video.
Algún renacentista, amante de lo ajeno (el modelo
desnudo ajenos es), recomendara a sus discípulos que no era posible pintar el
desnudo en su realidad sin antes desnudar el alma del que pretende pintarlo. Da
Vinci, ofreció magistralmente otra forma de desnudes ahondando en el contenido
psicológico del cuerpo de la modelo, pronto sus contemporáneos aprendieron la
lección explorando las posibles posiciones del cuerpo, emulando sus
movimientos. Desde entonces hasta la contemporaneidad la realización de
desnudos por medios pictóricos o de mecánicas visuales se ha convertido en un
campo de degustación por excelencia, donde las escuelas y tendencias no han
podido anclar sus deducciones, siempre tendientes a perpetuar establecimientos
(que Francis Bacon, prácticamente descarna y derrama en sus cuerpos vestidos de
una ambigua e intransigente desnudes).
De la Croix lamentaba y preveía la futura prevalencia
de la fotografía en el oficio del retrato y el desnudo, que más tarde Man Ray
desmitificó en sus fotografías pictogramas, que marcaron el inicio del
pictorisismo fotográfico. El medio cobra importancia cuando no se le confiere
un valor como fin. Edward Muybridge somete el desnudo al análisis de la
decomposición del movimiento (de hecho sus estudios fotográficos seriales
constituyeron conceptualmente la más tarde inventada cinematografía), y es a
partir del estudio de la gradualidad del movimiento del cuerpo cuando el
desnudo cobra su factura en la permanencia: el desnudo pictórico se erige en el
Tótem Tabú del dominio y habilidad técnico psicológico que se construye en
muchas sesiones de tiempo pero cuya eternización se capta en solo instante. Los
fotógrafos aprendieron de los pintores que el medio debía tomar el necesario
tiempo para realmente desnudar un cuerpo.
Contrario a Peter Biziou, quien irrumpe las sinuosidades del desnudo con
objetos, cuya forma y color contrastan con la forma y la piel del los cuerpos,
Rafael Flores integra las piedras y los caracoles al desnudo a manera de
planetas o satélites que lo orbitan. En cierta forma Rafa se transmigra en un
Rabelais pintando, lo que pueden parecer motivos decorantes, exabruptos
romances que se distinguen por adicionarse al cuerpo para enaltecer su
desnudes. El dominio de la forma anatómica se hace esencial entonces, no deja
lugar a la duda cutánea ni subcutánea, el desnudo en la técnica de Rafa es el
Séptimo Sello del deseo ilusorio, que es, o el portón de acceso al deseo real o
un testimonio del sueño del deseo. Pero todo buen arte tiene su contradictoria
cualidad, puede ser a la vez visión de la posibilidad o decidirse en
decoración. Finalmente es el observador quien confiere o determina la finalidad
de lo que observa, lo que me hace entender menos la obstinación de los
“teóricos” por convencernos de una “naturaleza” semiótica predeterminada, ni
siquiera por el autor, sino por una supuesta “reflexión crítica” de la obra, que
en verdad siempre está escapando a asideros de toda clase. El desnudo sigue
siendo una praxis inasible, como la fantasía, la ilusión y el sueño.
El fotógrafo de Adrian Lyne (Peter Biziou, Nueve y Media Semanas),
remarca el desnudo de la Bassinger con la inclusión de yemas y claras de
huevos, que asocian la piel con la densidad, plasticidad y elasticidad del
nonato aviar.
La
calidad viscosa de los elementos introduce una novedad de movilidad que se
antoja extraña al cuadro, la melambrea es también un reto de la imaginación
ante la rigidez o flacidez cutánea del desnudo, pero también un elemento de
ligamento suavizador del contexto visual. Sensualidad gastronomista, diría
alguno. La mirada juega entre situarse asiéndose al desnudo o al pelambre,
sitúa al deseo en la indecisión y la entrega, como entre el sueño y el
despertar. Francis Bacon, deforma los cuerpos como si estuvieran cambiándose
entre estado sólido y viscoso, cuerpos que bien pudieran estar siendo
embarrados en el contexto del hábitat o éste escurriendo ansias y desesperación
al cuerpo. Rafael deposita los elementos ajenos al deseante cuerpo, al deseo
que parece inmóvil pero inmerso en su propia angustia de placer. Tal vez la
afrenta de Rafa es una oculta pulsión táctil, un deseo irrefrenable de la
caricia por encima de la posesión, lo impostergable del tacto ante la
relatividad de la penetración. Cosa, asunto de asociaciones, soñando la lógica
de lo que es humo fuego fue.
Los
desnudos en los cuadros de Rafael Flores son de artesanía pura con
incrustaciones que provienen de los huertos vivos, de las arenas caprichosas
del tiempo, de los sonidos elípticos de las conchas y de los caracoles donde el
tiempo siempre encuentra su propia perdición. Más que menos, eso son, los
desnudos meta somáticos del Rafa Flores, recados para la imaginación y el tacto
del observador hundido en sus sueños por enamorar, atado a sus recuerdos por
seducir.
*Todas las imágenes fueron tomadas del muro de facebook de Rafael Flores (Derechos Reservados del autor).





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