domingo, agosto 19, 2012

EL IZCUINTLE: De cambios, lugares y "ser de ahí"



De cambios, lugares y “ser de ahí”

Luis Enrique Anguiano


Nunca he entendido lo que significa “ser de un lugar”, nunca. De niño me mudé dentro del estado unas 4 veces y nunca crecí teniendo una cartera fija de vecinos o teniendo siquiera a los parientes cerca más que en lapsos breves que apenas y llegan a una fracción total de mi vida.
Es algo que siempre me preguntan. El ¿tú de donde eres? Es algo un poquito difícil de responder. Vaya, yo soy de donde mi familia ha estado pero no siempre viví ahí y para acabarla de joder nunca terminaba de encajar, fuera por una cosa u otra pero los de mi edad no acababan de verme como su par. Sobre todo en la primaria; mis padres son maestros y ellos pensaban que me regalaban la calificación. Y no es que me valiera madres, no, se siente bien pinche gacho que trates de explicarles que tus padres no sangran dinero y que por las tardes prácticamente la escuela sigue nomás que en la sala y en la cocina.
Me sentía un poco mal cuando alguien me preguntaba si tenía cartuchos de Nintendo para prestarle. “¡Uh, mi amigo! No tengo Nintendo, pero tengo una bici de montaña bien perrona y unos libros de dinosaurios ¿Vamos a mi casa a jugar?” Y obviamente desencajaba porque no tenía Nintendo ni parientes en los EEUU que cada enero me visitaran, trayéndome ropa chingona o juguetes de los que ya anunciaban en la tele. Sí me hacía sentir un poco mal, cómo chingados no, los niños son bien pinches crueles y muy incomprensivos.
Pero no me bajonea del todo que las cosas hayan sido así. En ese ambiente me encontré con niños similares, ahora hombres con una vida hecha a su modo y a su gusto pero que en aquel entonces éramos igual de inadaptados y por tonterías, por francas tonterías. Está bien, en nadie recae la culpa de que a tu hijo no lo quieran en la escuela por algo que él no eligió y de cierto modo tú tampoco: traer lentes, sobrepeso, alguna condición del habla, un hermano amanerado o jotismo propio… Todas esas cosas que no puede controlar el niño y lo terminan marcando como un navajazo en la cara.
Los que tienen esos señalamientos terminarán en algún punto aceptándolos a rajatabla o de plano revertirlos; la metamorfosis completa del gusano repudiado a la colorida mariposa que salta de flor en flor. A veces literalmente, aunque no es mi caso que nadie de mis amiguitos haya pasado por el quirófano y ahora sea una exitosa mujer de negocios.
Vinieron otros lugares y otros tiempos, de repente piensas que has caminado bastante y que has marcado una diferencia para con el resto de las personas que has conocido. Hay algunos que despiertan franca envidia por lo bien que les ha ido o lo bien que les ha tratado la vida pero, en general, no envidio a nadie. Estoy más o menos contento de haber crecido un poco al margen y con esa habilidad de ver las cosas de lejitos. Sabiendo no involucrarte de más, sabiendo que así como puedes intentar encajar en un ambiente, puedes cambiar de residencia en poco tiempo y lo que habías asimilado como tuyo simplemente ya no aplica.
No le veo caso, vaya, a agarrarte una bandera y decir orgulloso que eres de tal o cual lugar. La vida no es un narcocorrido para que te la pases gritando, cerveza en mano, tejana inclinada y camisa de cuadros a medio abrir “¡Y aquí puro Michoacán, compa! ¡Auh auh auh!” No sé por qué sentirse orgullosos de un lugar que estuvo antes que nuestros padres pisaran estas calles y seguirán estando hasta cuando nuestros nietos las recorran. La gente cambia, la gente se va, las calles permanecen y lo que antes se estilaba por tal o cual barrio ya no lo es más.
Quizás sea por el sabor de vivir el momento. No lo sé. Eso sí me vale madres.
Le decía a una amiga hace poco, que yo no conozco a mucha gente del lugar donde vivo y que hay dinámicas de los jóvenes de por aquí que me molestan mucho y particularmente. Yo no crecí con ellos, yo nací aquí pero sólo he vivido por lapsos. Conozco la “ciudad” por no decirle menos y el tipo de gente que hay aquí. Somos maleducados, sin cultura vial, sin ánimo de tener más luces y más lumbreras entre los cerebros propios y eso sí que se me hace una mentada de madre porque la educación nunca está de más. La educación no puede traer consigo una pérdida o hacerte peor persona de la que ya eres.
Ya no les habla mi niño interno que se puso sentimentaloide en los primeros tres párrafos, ahora les habla un adulto que recorre las calles de su lugar natal y encuentra en ellas los rastros de una historia vagamente familiar pero que jamás vivió.
Pero no es algo recurrente, tampoco, que me esté desviviendo por tratar de rehacer algo que ni siquiera es mío. ¡Cielos! Ni siquiera las situaciones que vives son del todo tuyas: el sexo se practica entre dos, las pedas son entre amigos, los pleitos requieren a la familia. Los momentos siempre se comparten pero te terminan forjando como lo que eres. No es bueno renunciar a eso, lo que sí me parece saludable y maduro es dejarlo ir cuando es necesario y decir a rajatabla “Sí, yo era rockero pero ahora me gusta la banda” y no avergonzarse de ello por muy en ridículo que puedas quedar.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Deja tu comentario aquí