De cambios, lugares y “ser de ahí”
Luis Enrique Anguiano
Nunca
he entendido lo que significa “ser de un lugar”, nunca. De niño me mudé dentro
del estado unas 4 veces y nunca crecí teniendo una cartera fija de vecinos o
teniendo siquiera a los parientes cerca más que en lapsos breves que apenas y
llegan a una fracción total de mi vida.
Es
algo que siempre me preguntan. El ¿tú de donde eres? Es algo un poquito difícil
de responder. Vaya, yo soy de donde mi familia ha estado pero no siempre viví
ahí y para acabarla de joder nunca terminaba de encajar, fuera por una cosa u
otra pero los de mi edad no acababan de verme como su par. Sobre todo en la
primaria; mis padres son maestros y ellos pensaban que me regalaban la
calificación. Y no es que me valiera madres, no, se siente bien pinche gacho
que trates de explicarles que tus padres no sangran dinero y que por las tardes
prácticamente la escuela sigue nomás que en la sala y en la cocina.
Me
sentía un poco mal cuando alguien me preguntaba si tenía cartuchos de Nintendo
para prestarle. “¡Uh, mi amigo! No tengo Nintendo, pero tengo una bici de
montaña bien perrona y unos libros de dinosaurios ¿Vamos a mi casa a jugar?” Y
obviamente desencajaba porque no tenía Nintendo ni parientes en los EEUU que
cada enero me visitaran, trayéndome ropa chingona o juguetes de los que ya
anunciaban en la tele. Sí me hacía sentir un poco mal, cómo chingados no, los
niños son bien pinches crueles y muy incomprensivos.
Pero
no me bajonea del todo que las cosas hayan sido así. En ese ambiente me
encontré con niños similares, ahora hombres con una vida hecha a su modo y a su
gusto pero que en aquel entonces éramos igual de inadaptados y por tonterías,
por francas tonterías. Está bien, en nadie recae la culpa de que a tu hijo no
lo quieran en la escuela por algo que él no eligió y de cierto modo tú tampoco:
traer lentes, sobrepeso, alguna condición del habla, un hermano amanerado o
jotismo propio… Todas esas cosas que no puede controlar el niño y lo terminan
marcando como un navajazo en la cara.
Los
que tienen esos señalamientos terminarán en algún punto aceptándolos a
rajatabla o de plano revertirlos; la metamorfosis completa del gusano repudiado
a la colorida mariposa que salta de flor en flor. A veces literalmente, aunque no
es mi caso que nadie de mis amiguitos haya pasado por el quirófano y ahora sea
una exitosa mujer de negocios.
Vinieron
otros lugares y otros tiempos, de repente piensas que has caminado bastante y
que has marcado una diferencia para con el resto de las personas que has conocido.
Hay algunos que despiertan franca envidia por lo bien que les ha ido o lo bien
que les ha tratado la vida pero, en general, no envidio a nadie. Estoy más o
menos contento de haber crecido un poco al margen y con esa habilidad de ver
las cosas de lejitos. Sabiendo no involucrarte de más, sabiendo que así como
puedes intentar encajar en un ambiente, puedes cambiar de residencia en poco
tiempo y lo que habías asimilado como tuyo simplemente ya no aplica.
No
le veo caso, vaya, a agarrarte una bandera y decir orgulloso que eres de tal o
cual lugar. La vida no es un narcocorrido para que te la pases gritando,
cerveza en mano, tejana inclinada y camisa de cuadros a medio abrir “¡Y aquí
puro Michoacán, compa! ¡Auh auh auh!” No sé por qué sentirse orgullosos de un
lugar que estuvo antes que nuestros padres pisaran estas calles y seguirán
estando hasta cuando nuestros nietos las recorran. La gente cambia, la gente se
va, las calles permanecen y lo que antes se estilaba por tal o cual barrio ya
no lo es más.
Quizás
sea por el sabor de vivir el momento. No lo sé. Eso sí me vale madres.
Le
decía a una amiga hace poco, que yo no conozco a mucha gente del lugar donde
vivo y que hay dinámicas de los jóvenes de por aquí que me molestan mucho y
particularmente. Yo no crecí con ellos, yo nací aquí pero sólo he vivido por
lapsos. Conozco la “ciudad” por no decirle menos y el tipo de gente que hay
aquí. Somos maleducados, sin cultura vial, sin ánimo de tener más luces y más
lumbreras entre los cerebros propios y eso sí que se me hace una mentada de
madre porque la educación nunca está de más. La educación no puede traer
consigo una pérdida o hacerte peor persona de la que ya eres.
Ya
no les habla mi niño interno que se puso sentimentaloide en los primeros tres
párrafos, ahora les habla un adulto que recorre las calles de su lugar natal y
encuentra en ellas los rastros de una historia vagamente familiar pero que
jamás vivió.
Pero
no es algo recurrente, tampoco, que me esté desviviendo por tratar de rehacer
algo que ni siquiera es mío. ¡Cielos! Ni siquiera las situaciones que vives son
del todo tuyas: el sexo se practica entre dos, las pedas son entre amigos, los
pleitos requieren a la familia. Los momentos siempre se comparten pero te
terminan forjando como lo que eres. No es bueno renunciar a eso, lo que sí me
parece saludable y maduro es dejarlo ir cuando es necesario y decir a rajatabla
“Sí, yo era rockero pero ahora me gusta la banda” y no avergonzarse de ello por
muy en ridículo que puedas quedar.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí