Por Fer
Villávalos
Con
anti dedicatoria, claro, para los deportistas de las escaleras: sobre todo.
Obscenos.
Sucios. Feos sus rostros desencajados. Suben escaleras, bajan escaleras y, si paras
las orejas, puedes oír sus belfos resoplando y los incontenidos pujiditos que
salen de su esfuerzo pulmonar. Impecables en sus trajes estrechos que tanto oprimen
cuanto diseñan su cuerpo, con sus botellas de agua en la mano, quizá hasta una
toalla para quien de plano se asume profesional, y sus chamarras deportivas que
dejarán sobre alguna banca, apenas sus cuerpos comiencen a hervir agua
supurando por frente, axilas, espalda, cóccix, entrepiernas y, un poco menos, manos
y pies. Observan de reojo a los transeúntes que, simples ciudadanos, no los
alcanza su tiempo para dedicar una o ya de perdis media hora a cuidarse y de
paso, hacerse de una-buena-figura, aunque, secretamente y entre ellos, saben
que los demás son gente sin voluntad, sin interés por la buena salud y que
desprecian los beneficios del ejercicio aeróbico tonificante, pues todos-tenemos-ocupaciones, pero hay
quienes sí saben programarse.
Luego
los verás acostarse, ¡no! (abajo la hueva): reclinarse sobre una plancha de
frío concreto, que supongo no debe ser tan saludable para una espalda caliente
de subir y bajar varias veces mas de 300 eslabones, y ya acostados (¡no!...) realizar
abdominales, hacer pierna (como
pedalear ¡sin bici!) y sentadillas, estiramientos, etc., o pasar directamente a
los “aparatos”: máquinas mecánicas para formar máquinas estéticas. Incluso puedes
ver a cortos dos metros de distancia su robusto cuerpo encogerse levantando las
piernas contra el abdomen, mientras el short cuelga los faldones mostrando casi
los genitales, sin inmutarse. Están haciendo ejercicio, ¡qué importa si parece
obsceno!, ¿no vale la indecencia una vida saludable? Siente sus cicleros, esos brillosos pantaloncillos hasta
casi la rodilla de Lycra®, ajustadísimos hasta hinchar partiendo ambas nalgas,
y su top de Expandex® ellas (pechos turgentes, pezones marcados) o su playera
sin mangas, ellos: vello axilar expuesto; mientras suben los trescientos escalones
y en cada uno se detienen a elevar hacia atrás una pierna contrayendo desde el
glúteo mayor hasta los gemelos, pasando por el bíceps femoral, el abductor y
otros músculos de la pierna.
Lo
peor es cuando al pasar te sonríen, orgullosos, con el sudor grotesco en su
rostro y grandes rodetes en el cuello y la espalda de su playera, presumiendo
sus calorías que ya se pudren atrapadas entre el tejido textil. ¿De qué se enorgullecen?
¿Pertenecer al lado cool de la
sociedad? ¿Representar la estética gimnástica industrial en boga? ¿De su tiempo
matutino libre que no los hace correr tras de una combi mientras jadeas
intentando gritar: ¡Suben, suben!? Ha
decir verdad, los veo efímeros en su reinado de bajas calorías, harta agua y
prendas entalladas, cansados al mediodía –cuando la mayoría de empleados estamos
en el cenit de la jornada-, frustrados en su casa viendo eméticos programas de
tv o, peor, dormidos para poder recuperarse y volver en la tarde, a apestar de
sudor el ocaso, con un sol triste de saber que se fue para siempre un día de nuestra
existencia intentando sobrevivir y sacar para comer y muchos no la hicieron;
llenos de tedio deportivo porque la oscuridad no los deja exhibir ni el frío
sudar… Hacer deporte es algo necesario para este cuerpo reumático precoz y
oxidado, para hacer feliz al corazón y al cerebro, pero ¿a qué horas?, ¿cómo?, con
esta unidades deportivas lejísimas y estas calles sucias, pedregosas,
desarboladas, con los hijos desde las siete hasta las nueve en la escuela, con
el trabajo, el quehacer, la comida otra vez tarde y una pobre dieta
alimentaria, la fatiga del sobrevivir, ¿cómo? Yo no lo sé.
Hay
qué animarse mutuamente, acompañarse, correr como una vez hice, de la mano de
una hermosa mujer unas cuantas vueltas en la pista de la única deportiva que he
tenido cerca. Hacer deporte, sí, pero esa exhibición depornográfica, pornodeportiva,
o, ya que el mundo es cool y gringou, esa gala de sportnografía (ofender
al prójimo con el tiempo libre y el cuerpo, uta, bue-ní-si-mo, a costa de alejárnosle,
verlo correr y no por salud, atrás de nosotros, embellecernos para ser mejores
que todos esos gordos-refresqueros-tacotortitamaleros: no; prefiero seguir corriendo
tras mi combi. (¡Suben!, ¡¡suben!!…)


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