miércoles, julio 25, 2012

LOS IRREVERSIBLES: Sueños de supermercado



Sueños de Supermercado

Daniel Chain


Entre los pasillos de un supermercado, los objetos caen sobre mi: cajas de cereal, ropa, legumbres; corro y busco la salida de este laberinto de productos comerciales.
De pronto, al doblar en la esquina del pasillo del papel higiénico, me encuentro con un tipo, este me mira directo a los ojos, me cohíbe y bajo la mirada; en la solapa de su saco barato, observo un gafete y en la mano… ¡No! Publicidad para trámites de tarjetas de crédito. El promotor de no sé que Banco, lanza sus tarjetas con el fin de cortarme la cabeza. Corro esquivando infinidad de tarjetas de crédito; cuando creo estar a salvo, me encuentro, en el pasillo de los cereales, a otro de los promotores, este me saca los ojos con un “seguro de vida”, otro promotor me ataca por la espalda y corta mis manos con una “cuenta de ahorro” y para terminar totalmente conmigo, el promotor lanza – tarjetas corta de un tajo mi cabeza…
El agotamiento de dormir y soñar de más, el miedo a no querer cerrar los ojos, de saber que si los cierras quedarás profundamente dormido y soñarás: un sueño, dos sueños, todos a la vez.
Pero estos sueños son el mismo: ¡Mi trabajo en el supermercado! Soy un ejecutivo de créditos, lo peor de todo es que odio todo lo referente a esto. Salgo del trabajo con mi cerebro punzante, mis pies hinchados, pero nada dispuesto a dormir, ni mucho menos soñar.
Mi espalda y mis brazos sienten el césped, y mi rostro es acariciado por una suave y fresca llovizna. ¡Estoy bien!, ¡Muy bien!, ¡Feliz!; en este lugar es imposible recordar el trabajo, los clientes, las tarjetas… ¡Maldita sea! ¡No! ¡Déjenme en paz! ¡No quiero nada!... Entre los pasillos de un supermercado trato de esconderme, tres bestias me persiguen, quieren devorarme; afilan sus garras, escupen objetos, son tarjetas… ¡No! Mi cabeza rueda por el pasillo del cereal y mi cuerpo cae ante las tres bestias.

"Sueños de clasemedia" by Alejandro Delgado

Camino rumbo a mi casa, entre las calles, imagino y siento los fríos pasillos del supermercado. La música aparentemente tranquila, me desquicia. El ruido de la gente, indecisa por escoger qué mercancía es la mejor, cuál de mejor calidad, cuál la más bonita; siempre terminan comprando lo más barato.
Estoy harto de relacionar todo con mi trabajo. Cuando salgo con mis compañeros de oficio, después de dos o tres cervezas, empiezan las quejas hacía el Gerente, el Patrón: ¡Mosquitas muertas! Después de un día agotador y terminar, en el supuesto momento de distracción y descanso, hablando del trabajo, es horrible. No quiero convertirme en ellos, en esas sombras que habitan los supermercados.
Cerrar y abrir los ojos es una manera de descansar sin dormir… ¡Qué patrañas invento! La única forma de descansar es dormir. La única forma de hacer llevadera mi vida es soñando; y las únicas cosas que no quiero hacer es precisamente eso: dormir y soñar.
Odio mi trabajo, y el dejarlo sería una manera de no soñar lúgubre y tenebrosamente; no lo quiero dejar, lo detesto sí, pero no lo quiero dejar, es la única forma de sentirme dentro de este mundo, de acoplarme, de ser funcional.
Son las seis de la tarde, al fin salí del trabajo, de esa jaula de monos ávidos de productos comerciales. Tomo un taxi. Al llegar a la casa me tumbo en la cama, sin quitarme el traje de segunda mano, ni la corbata (regalo de algún conocido), ni los zapatos medio boleados. Acostado boca arriba y con los ojos bien abiertos hago figuras con las manchas del techo de la habitación y cierro los ojos, pero los abro de inmediato con el temor de quedarme dormido; salgo de la habitación lo más rápido posible… Entre los pasillos de un supermercado, observo a un cliente firmando su sentencia de muerte, mientras yo, sigilosamente, me acerco, acechando, afilando una tarjeta de crédito, dispuesto a degollarlo.

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