Sueños
de Supermercado
Daniel
Chain
Entre los pasillos de un supermercado, los objetos caen
sobre mi: cajas de cereal, ropa, legumbres; corro y busco la salida de este
laberinto de productos comerciales.
De pronto, al doblar en la esquina del pasillo del papel
higiénico, me encuentro con un tipo, este me mira directo a los ojos, me cohíbe
y bajo la mirada; en la solapa de su saco barato, observo un gafete y en la
mano… ¡No! Publicidad para trámites de tarjetas de crédito. El promotor de no
sé que Banco, lanza sus tarjetas con el fin de cortarme la cabeza. Corro
esquivando infinidad de tarjetas de crédito; cuando creo estar a salvo, me
encuentro, en el pasillo de los cereales, a otro de los promotores, este me
saca los ojos con un “seguro de vida”, otro promotor me ataca por la espalda y
corta mis manos con una “cuenta de ahorro” y para terminar totalmente conmigo,
el promotor lanza – tarjetas corta de un tajo mi cabeza…
El agotamiento de dormir y soñar de más, el miedo a no
querer cerrar los ojos, de saber que si los cierras quedarás profundamente
dormido y soñarás: un sueño, dos sueños, todos a la vez.
Pero estos sueños son el mismo: ¡Mi trabajo en el
supermercado! Soy un ejecutivo de créditos, lo peor de todo es que odio todo lo
referente a esto. Salgo del trabajo con mi cerebro punzante, mis pies
hinchados, pero nada dispuesto a dormir, ni mucho menos soñar.
Mi espalda y mis brazos sienten el césped, y mi rostro es
acariciado por una suave y fresca llovizna. ¡Estoy bien!, ¡Muy bien!, ¡Feliz!;
en este lugar es imposible recordar el trabajo, los clientes, las tarjetas…
¡Maldita sea! ¡No! ¡Déjenme en paz! ¡No quiero nada!... Entre los pasillos de
un supermercado trato de esconderme, tres bestias me persiguen, quieren
devorarme; afilan sus garras, escupen objetos, son tarjetas… ¡No! Mi cabeza
rueda por el pasillo del cereal y mi cuerpo cae ante las tres bestias.
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| "Sueños de clasemedia" by Alejandro Delgado |
Camino rumbo a mi casa, entre las calles, imagino y
siento los fríos pasillos del supermercado. La música aparentemente tranquila,
me desquicia. El ruido de la gente, indecisa por escoger qué mercancía es la
mejor, cuál de mejor calidad, cuál la más bonita; siempre terminan comprando lo
más barato.
Estoy harto de relacionar todo con mi trabajo. Cuando
salgo con mis compañeros de oficio, después de dos o tres cervezas, empiezan
las quejas hacía el Gerente, el Patrón: ¡Mosquitas muertas! Después de un día
agotador y terminar, en el supuesto momento de distracción y descanso, hablando
del trabajo, es horrible. No quiero convertirme en ellos, en esas sombras que
habitan los supermercados.
Cerrar y abrir los ojos es una manera de descansar sin
dormir… ¡Qué patrañas invento! La única forma de descansar es dormir. La única
forma de hacer llevadera mi vida es soñando; y las únicas cosas que no quiero
hacer es precisamente eso: dormir y soñar.
Odio mi trabajo, y el dejarlo sería una manera de no soñar
lúgubre y tenebrosamente; no lo quiero dejar, lo detesto sí, pero no lo quiero
dejar, es la única forma de sentirme dentro de este mundo, de acoplarme, de ser
funcional.
Son las seis de la tarde, al fin salí del trabajo, de esa
jaula de monos ávidos de productos comerciales. Tomo un taxi. Al llegar a la
casa me tumbo en la cama, sin quitarme el traje de segunda mano, ni la corbata (regalo
de algún conocido), ni los zapatos medio boleados. Acostado boca arriba y con
los ojos bien abiertos hago figuras con las manchas del techo de la habitación
y cierro los ojos, pero los abro de inmediato con el temor de quedarme dormido;
salgo de la habitación lo más rápido posible… Entre los pasillos de un
supermercado, observo a un cliente firmando su sentencia de muerte, mientras
yo, sigilosamente, me acerco, acechando, afilando una tarjeta de crédito,
dispuesto a degollarlo.



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