jueves, junio 28, 2012

Nebreda: Los dolores del alma



Por Blanca Villalpando

            Quien sabe de dolor, todo lo sabe.
Dante Alighieri.

En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días.
Sealtiel Alatriste.

Habitualmente hablamos del dolor: recordamos el hueso roto, la piel lacerada, el ojo punzante que reaviva el puñetazo; la queja instalada en el cuerpo que recuerda la fragilidad de lo que somos. Tenemos una referencia completa del dolor. Otras veces, sentimos una opresión en el pecho que nos asfixia, que inunda los ojos de llanto mientras una erosión quemante recorre cada uno de nuestros miembros. Dolor, simplemente lo llamamos dolor. El Hombre se ha especializado en aliviar  los primeros, los físicos, pero ¿Qué píldora puede curar los dolores del alma? ¿Acaso la locura es el mejor camino para aliviar aquello que no puedes tocar pero lastima? ¿En qué rincón del dolor se instala el hijo muerto, el amor perdido, la patria lejana, el desencanto del mundo?
Muchos hablan del dolor del alma: el poeta, el cantor, el faquir, el mártir, los santos –si es que existieron-; sin embargo, aunque nadie lo ve creemos en él con fe ciega como se puede creer en un Dios. He visto tantas manifestaciones de dolor pero pocos me han provocado un estado cuasi catatónico como lo ha hecho la obra de David Nebreda (Madrid,España, 1952). Lo primero que me horrorizo fueron las marcas del autocastigo que presentaba su cuerpo, me estremecí ante aquel minúsculo y miserable cuerpo que invocaba la muerte; no pude ver más de 10 fotos, un poco de miedo parecía detenerme y tuve la sensación de querer parar (pensando “esto no es necesario”), como lo hice cuando vi 120 Días de Sodoma de Pasolini. No obstante, el recuerdo de la fotografía de Nebreda me provocó una necesidad imperante de regresar a ella y contemplar con un extraño gozo que inquieto mi cordura. ¿Qué clase de dolor habita el ser de Nebreda? ¿Qué caminos recorre su dolor cuando la mutilación y tortura del cuerpo no son suficientes para aliviar el calvario de su alma? Es difícil saberlo, sobre todo cuando hablamos de un hombre esquizofrénico, sin tratamiento médico, aislado por más de 20 años en su departamento de Madrid, España.


Existen varias razones para detenerse a revisar la obra de este fotógrafo quien vive bajo la tiranía de la tortura y del dolor que él mismo se ha impuesto para enfrentarse a los fantasmas de su mente. La cámara fotográfica ha sido fiel testigo de las flagelaciones que ha llevado a cabo sobre su propio cuerpo de forma tan salvaje como ritual. Sus propias palabras lo manifiestan:
he conocido al enemigo de dentro y de fuera. Tengo miedo de seguir utilizando mi sangre, las quemaduras, los azotes, el agotamiento, los clavos. Sólo conservar de mi patrimonio el silencio (…), movimiento, excremento, ritos…”
Este fragmento está contenido en una de sus imágenes, y se cree que fue escrito con alguno de sus fluídos corporales, los que frecuentemente usa en muchas de sus obras (sangre, orines, excremento, etc.).
Aunque tenemos varios artistas que ha explorado y creado a partir de lo grotesco, lo ominoso y hasta lo brutal, como Peter Witking, Orlan, Andrés Serrano, ninguno llega a los niveles de Nebreda. Por Ejemplo Witking –quien me llevo a Nebreda-, suele involucrar temas y cosas tales como muerte, sexo, cadáveres (o partes de ellos) y personas marginales como enanos, transexuales, hermafroditas o gente con deformaciones físicas; en mi opinión, queda rebasado por la autenticidad de la manifestación del dolor en las fotos de Nebreda ya que, además de presentar su propio cuerpo con las torturas y daños que se ocasiona, su obra está llena de una luz mística, de sensualidad y de horror que puede ser plenamente integrada en la tradición expresionista del arte español de la Contrarreforma, con los claroscuros de un Caravaggio y la fisicidad casi palpable de un Bacon.


"Al buscar explicaciones y razonamientos sobre las conductas de Nebreda, lo he justificado, asumiendo que gran parte de ellas están derivadas de su enfermedad, de la necesidad de expresar el purgatorio en que están sumidos sus pensamientos. Si consideramos que el dolor y el placer son dos extremos de la misma línea y que se forman en la misma región del cerebro -Zona Límbica-, podemos enteder el por qué recurre al autocastigo para lograr intensificar su placer. Asumo que es una de sus búsquedas. Probablemente, por las condiciones en que se encuentra, físicas y mentales, tenga una necesidad de sentirse, de hacer consiente la poca vida que le queda dentro de un cuerpo que se marchita cada vez más. Por su esquizofrenia, es de suponer que la hipoalgesia (poca o nula sensibilidad al dolor físico) lo ha llevado a explorar límites insospechados de la tortura, utilizando procedimientos que, aunque reprobables, le generan un estado de alivio, un remanso para su alma doliente. Ahí radica su placer, presumo. Exhibir un cuerpo, que no sufre ante la mutilación física, los dolores más enquistados en el espíritu.
"Con lo anterior, no pretendo incitar a que se la subestime el dolor que se autoinfringe; por el contrario, considero que la necesidad de ver su imagen en el límite de la muerte es un castigo mayor, su única posibilidad para manifestar lo que le carcome las entrañas. Extrfaños caminos que podría elegir quien pretende atarse al mundo con un frágil hilo de cordura que deja de tensarse ante la contemplación y la minúscula sensación de vida. Algunos lo han denominado Prolongación de un suicidio anunciado (Corpus solus, Juan Antonio Ramírez. Edit. Siruela, Madrid, 2003)

Después de observar las fotos de éste artista, me fue difícil alejar de la mente las imágenes de  las quemaduras en el pecho,  de las perforaciones del escroto y prepucio, las navajas atravesando medio dedo índice o los hilos que estiran el pellejo del tórax a manera de corsé. Se quedó incrustado en mi memoria un rostro bosquejado por el dolor y sufrimiento, la mirada perdida y serena, el cuerpo momificado. Todo esto reflejando su universo mental, al que sólo pude  adjetivar como sanguinario, atroz o brutal.
Me resulta duro imaginar el proceso de creación de este fotógrafo: visualizar la imagen desea  (lo que ya implica la primera tortura psicológica), la preparación de la instalación, la colocación de la luz y la búsqueda de la perspectiva, para el posterior rito de entrega al suplicio. Un castigo asumido con plena voluntad. La contemplación de la obra deber ser la culminación del ritual catártico anhelado.


Los textos que hablan sobre Nebreda dicen que es autodidacta en materia fotográfica, que la mayoría de sus gráficas las ha realizado en las dos únicas habitaciones que tiene en su piso. Técnicamente, ha trabajado con una cámara de 35 mm, dos lentes de 55 mm macro y un angular de 28 mm. Utilizando un cable de seis metros para accionar el disparador automático. No ha habido manipulación en el positivado y sí ha realizado, sin embargo, dobles exposiciones con la cámara que le han permitido aparecer por duplicado en algunas imágenes. Aunado a esto, su formación como artista visual, le ha permitido utilizar estas herramientas para manifestar su sensibilidad.
La obra de David Nebreda pudo haber quedado en el anonimato, tenemos que agradecer que sus imágenes llegaran a las manos del galerista Renos Xippas quien le dedicó una exposición en su galería de París; fue allí donde Léo Scheer descubrió su obra, impresionado por su fuerza decidió hacerse editor para poder divulgar el trabajo artístico fotográfico, publicando dos libros del material.
Conocer la obra de Nebreda, será siempre una posibilidad de asomarse a los rincones del ser, a los lamentos humanos y de las heridas silenciosas que pudren los huesos. A pesar de que el dolor no sabe de técnicas, no conoce de luz ni enfoques, es evidente que seres como él son una manifestación  y catalizador de los lamentos del mundo, de lo que callan las puertas y ahogan los vagabundos en su mirada seca. Los dolores del alma: el débil palpitar de un corazón que se busca, que en su soledad  de cuatro paredes construye una bella sinfonía escrita con tinta de sus fluidos, notas salpicadas de excremento y heridas en las que danza un hombre que más que horror nos puede provocar una ternura infinita. 

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