Por Blanca Villalpando
Quien sabe de dolor, todo lo sabe.
Dante Alighieri.
En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida,
del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días.
Sealtiel Alatriste.
Habitualmente hablamos del dolor: recordamos
el hueso roto, la piel lacerada, el ojo punzante que reaviva el puñetazo; la
queja instalada en el cuerpo que recuerda la fragilidad de lo que somos. Tenemos
una referencia completa del dolor. Otras veces, sentimos una opresión en el
pecho que nos asfixia, que inunda los ojos de llanto mientras una erosión
quemante recorre cada uno de nuestros miembros. Dolor, simplemente lo llamamos dolor.
El Hombre se ha especializado en aliviar
los primeros, los físicos, pero ¿Qué píldora puede curar los dolores del
alma? ¿Acaso la locura es el mejor camino para aliviar aquello que no puedes
tocar pero lastima? ¿En qué rincón del dolor se instala el hijo muerto, el amor
perdido, la patria lejana, el desencanto del mundo?
Muchos hablan del dolor del alma: el
poeta, el cantor, el faquir, el mártir, los santos –si es que existieron-; sin
embargo, aunque nadie lo ve creemos en él con fe ciega como se puede creer en
un Dios. He visto tantas manifestaciones de dolor pero pocos me han provocado
un estado cuasi catatónico como lo ha hecho la obra de David Nebreda
(Madrid,España, 1952). Lo primero que me horrorizo fueron las marcas del
autocastigo que presentaba su cuerpo, me estremecí ante aquel minúsculo y
miserable cuerpo que invocaba la muerte; no pude ver más de 10 fotos, un poco
de miedo parecía detenerme y tuve la sensación de querer parar (pensando “esto
no es necesario”), como lo hice cuando vi 120 Días de Sodoma de Pasolini. No
obstante, el recuerdo de la fotografía de Nebreda me provocó una necesidad
imperante de regresar a ella y contemplar con un extraño gozo que inquieto mi
cordura. ¿Qué clase de dolor habita el ser de Nebreda? ¿Qué caminos recorre su
dolor cuando la mutilación y tortura del cuerpo no son suficientes para aliviar
el calvario de su alma? Es difícil saberlo, sobre todo cuando hablamos de un
hombre esquizofrénico, sin tratamiento médico, aislado por más de 20 años en su
departamento de Madrid, España.
Existen varias razones para detenerse a
revisar la obra de este fotógrafo quien vive bajo la tiranía de la tortura y del dolor
que él mismo se ha impuesto para enfrentarse a los fantasmas de su mente. La
cámara fotográfica ha sido fiel testigo de las flagelaciones que ha llevado a
cabo sobre su propio cuerpo de forma tan salvaje como ritual. Sus propias
palabras lo manifiestan:
“he conocido al enemigo de dentro y
de fuera. Tengo miedo de seguir utilizando mi sangre, las quemaduras, los azotes,
el agotamiento, los clavos. Sólo conservar de mi patrimonio el silencio (…),
movimiento, excremento, ritos…”
Este
fragmento está contenido en una de sus imágenes, y se cree que fue escrito con
alguno de sus fluídos corporales, los que frecuentemente usa en muchas de sus
obras (sangre, orines, excremento, etc.).
Aunque
tenemos varios artistas que ha explorado y creado a partir de lo grotesco, lo
ominoso y hasta lo brutal, como Peter Witking, Orlan, Andrés Serrano, ninguno
llega a los niveles de Nebreda. Por Ejemplo Witking –quien me llevo a Nebreda-,
suele involucrar temas y
cosas tales como muerte, sexo, cadáveres (o partes de ellos) y personas
marginales como enanos, transexuales, hermafroditas o gente con deformaciones
físicas; en mi opinión, queda rebasado por la autenticidad de la manifestación
del dolor en las fotos de Nebreda ya que, además de presentar su propio cuerpo
con las torturas y daños que se ocasiona, su obra está llena de una luz
mística, de sensualidad y de horror que puede ser plenamente integrada en la
tradición expresionista del arte español de la Contrarreforma, con los
claroscuros de un Caravaggio y la fisicidad casi palpable de un Bacon.
"Al buscar explicaciones y razonamientos sobre las conductas de Nebreda, lo he justificado, asumiendo que gran parte de ellas están derivadas de su enfermedad, de la necesidad de expresar el purgatorio en que están sumidos sus pensamientos. Si consideramos que el dolor y el placer son dos extremos de la misma línea y que se forman en la misma región del cerebro -Zona Límbica-, podemos enteder el por qué recurre al autocastigo para lograr intensificar su placer. Asumo que es una de sus búsquedas. Probablemente, por las condiciones en que se encuentra, físicas y mentales, tenga una necesidad de sentirse, de hacer consiente la poca vida que le queda dentro de un cuerpo que se marchita cada vez más. Por su esquizofrenia, es de suponer que la hipoalgesia (poca o nula sensibilidad al dolor físico) lo ha llevado a explorar límites insospechados de la tortura, utilizando procedimientos que, aunque reprobables, le generan un estado de alivio, un remanso para su alma doliente. Ahí radica su placer, presumo. Exhibir un cuerpo, que no sufre ante la mutilación física, los dolores más enquistados en el espíritu.
"Con lo anterior, no pretendo incitar a que se la subestime el dolor que se autoinfringe; por el contrario, considero que la necesidad de ver su imagen en el límite de la muerte es un castigo mayor, su única posibilidad para manifestar lo que le carcome las entrañas. Extrfaños caminos que podría elegir quien pretende atarse al mundo con un frágil hilo de cordura que deja de tensarse ante la contemplación y la minúscula sensación de vida. Algunos lo han denominado Prolongación de un suicidio anunciado (Corpus solus, Juan Antonio Ramírez. Edit. Siruela, Madrid, 2003)
Después
de observar las fotos de éste artista, me fue difícil alejar de la mente las
imágenes de las quemaduras en el
pecho, de las perforaciones del escroto
y prepucio, las navajas atravesando medio dedo índice o los hilos que estiran
el pellejo del tórax a manera de corsé. Se quedó incrustado en mi memoria un
rostro bosquejado por el dolor y sufrimiento, la mirada perdida y serena, el
cuerpo momificado. Todo esto reflejando su universo mental, al que sólo
pude adjetivar como sanguinario, atroz o
brutal.
Me resulta duro imaginar el proceso de
creación de este fotógrafo: visualizar la imagen desea (lo que ya implica la primera tortura
psicológica), la preparación de la instalación, la colocación de la luz y la
búsqueda de la perspectiva, para el posterior rito de entrega al suplicio. Un
castigo asumido con plena voluntad. La contemplación de la obra deber ser la
culminación del ritual catártico anhelado.
Los textos que hablan sobre Nebreda dicen
que es autodidacta en materia fotográfica, que la mayoría de sus gráficas las
ha realizado en las dos únicas habitaciones que tiene en su piso. Técnicamente,
ha trabajado con una cámara de 35 mm, dos lentes de 55 mm macro y un angular de
28 mm. Utilizando un cable de seis metros para accionar el disparador
automático. No ha habido manipulación en el positivado y sí ha realizado, sin
embargo, dobles exposiciones con la cámara que le han permitido aparecer por
duplicado en algunas imágenes. Aunado a esto, su formación como artista visual,
le ha permitido utilizar estas herramientas para manifestar su sensibilidad.
La obra
de David Nebreda pudo haber quedado en el anonimato, tenemos que agradecer que sus imágenes llegaran a las manos del
galerista Renos Xippas quien le dedicó una
exposición en su galería de París; fue allí donde Léo Scheer descubrió su obra,
impresionado por su fuerza decidió hacerse editor para poder divulgar el
trabajo artístico fotográfico, publicando dos libros del material.
Conocer la obra de Nebreda, será siempre
una posibilidad de asomarse a los rincones del ser, a los lamentos humanos y de
las heridas silenciosas que pudren los huesos. A pesar de que el dolor no sabe
de técnicas, no conoce de luz ni enfoques, es evidente que seres como él son
una manifestación y catalizador de los lamentos
del mundo, de lo que callan las puertas y ahogan los vagabundos en su mirada
seca. Los dolores del alma: el débil palpitar de un corazón que se busca, que
en su soledad de cuatro paredes construye
una bella sinfonía escrita con tinta de sus fluidos, notas salpicadas de
excremento y heridas en las que danza un hombre que más que horror nos puede
provocar una ternura infinita.





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