Una
microhistoria del último gran mimo mexicano
Luis
Enrique Anguiano Torres
En el principio fue la
mancha; el hombre se llenó las manos de barro y las puso sobre una roca y vio
que era bueno. Y la pintura nació. Y aparecieron los murales y el tiempo pasó y
llegaron los cuadros. Luego vino la fotografía y luego vino el cine y luego
apareció la tele. Mas el hombre vio que la tele estaba llena de basura y
decidió regresar al cine y lo llenó de criaturas fantásticas e historias
increíbles y se prometió andar con cuidado sus terrenos. Y aprovechó sus
creaciones, se regocijó y vio que era bueno.
Y en el cine había cosas
horribles, pero también había flora y fauna colorida y digna de verse. Y
aparecieron rostros. Y llegaron las lágrimas y las sorpresas y sonrisas y drama
y misterio. Y de entre ese espejo de la realidad y los sueños que se desea que
sean la realidad aparecieron nombres de plata y oro.
Y apareció México. Y todos
vieron que era bueno.
Y con México aparecieron los
Arieles. Los Indios Fernández. Las Doñas. Los Figueroas. Las Dolores y las
Jurados también aparecieron. Y hubo Infantes y Negretes. Y también hubo los Cantinflas.
Y vino la sátira y la
comedia y llegó el costumbrismo al cine, joven, y Cantinflas, cuyo nombre
verdadero así de pila bautismal como quien dice, era Mario Moreno y era un
hombre muy talentoso que le trabajó mucho para llegar a donde terminó porque el era así como, pus, digamos, no era de mucho caché
¿verdad? Así como quien dice que el niño no había nacido en pesébere de plata
pos no señor, él era hijo de un cartero de esos de bicicleta, uniforme y
silbato y nunca olvidó sus raíces. Hasta en la de El ministro y yo menciona a su jefecito de a mentis que resulta ser
igualito a su progenitor en su vida de verdad.
Cantinflas se hizo famoso
así como de mucha alcurnia por su personaje del típico peladito de la ciudad, primero comenzó con una arremedadera en la
forma de hablar porque parecía que hasta hablaba con faltas de ortografía y
también en la de vestir que parecía que usaba los pantalones como rodilleras,
pa’ que se dé una idea oiga usted Cantinflas era el referente inmediato que
tenía el mundo de las subculturas del México urbano y hasta una vez se lo
llevaron a joligude para que también allá hiciera películas. El no era guapo,
no, para guapos estaba el Indio Fernández que era de esos feos que tanto les
gustan a las chamacas, o el universal Pedro Infante ¡Chulada de señor! Mire
nomás qué porte, qué gesto, si hasta parece caballero andante vestido de
charro. Y qué voz. Como Jorge Negrete, el charro cantor. Esos eran los hombres
que México le daba al mundo pero de repente apareció un señor chaparrito así
como con influyencias de Charles Chaplin y un poquito de los hermanos Marx.
Cantinflas no tenía lo que
Infante o Negrete, hombre! Nada de porte ni figura ni atractivo. Mucho menos
voz aunque mal no le salía eso de la cantada, déjeme le digo, pues lo que hizo
que el mundo lo viera fue que hasta sus años nadie había consagrado a un
personaje con tanto carisma como él y su forma así como atrompezada de hablar y
decir muchas palabras pero sin decir cosa alguna. La cantinfleada, como quien
dice, o como quien no dice porque cantinflear se llega a entender como una maniobra
media evasiva del lenguaje.
Y ya que estamos en eso,
joven ¿Sabía usté que la rial academia de la lengua española ha definido el
término cantinflear como hablar de forma disparatada e incongruente para
terminar no diciendo nada? Hombre, hasta orgullo nacional de tener a un
endividuo que inventó un adverbio más bien como tirándole a geranio porque la
cosa con el idioma es así como, pues usté sabe, que que uno primero dice que
dijo pero oiga, de modo que, pos hay que ser claros ¿no? Luego la cosa se pone
así como quien dice que no se entiende o que no se quiere entender porque, a
como dijo Maxemiliano el Absurdo después de esa ocasión en que y luego y este,
así como el dijo y yo le digo de nuevo a usté, amistades largas y cuentas
claras porque para eso tenemos boca, para pedir y ser pedidos de favores y
mandados, o sea, que uno termina siendo mandadero de quien le pueda pedir cosas
a uno.
Y si uno quiere, claro, tampoco
hay que ser dejados ni agachones, no chato, y ya que estamos hablando de
agachones y mandadero fíjese que cuando Cantinflas hacía sus películas de a
gris y en sonido de chango, osease, en mono, los personajes que improvisaba
eran ¿pos cómo decirlo? Así de a tiro muy típicos casi casi calcados al carbón
de la vida de las vecindades y ya cuando hizo sus películas coloridas le dio
por hacer personajes ya mejormente metidos en la vida del México moderno, ahí
tiene usted a el Padrecito, al Señor Ministro, a su Excelencia, al Barrendero,
al Patrullero 777, oiga, puro personaje finolis ya de una vida pos más actual,
más con los tiempos que se vivían por allá de los años en que ya no estaban ni
el Charro cantor ni Pepe el toro, hombres también muy sencillos también, sin
nada de que que la fama y que que la fortuna y no, oiga, no hay derecho; uno
salió del pueblo y al pueblo debía su trabajo joven, Cantinflas siempre
aprovechaba sus películas para echarse su discursito sobre lo que él creía que
debían ser las cosas oiga, si usted ve la de El ministro y yo chato, se va a dar cuenta que su discurso está muy
vigente, así como quien dice, sin caducidad porque Mario Moreno en su verdadera
vida ya fuera de las cámaras era una persona como quien dice, pues conservadora
de modo que él defendía las buenas costumbres y los valores morales pero tanto
y tanto se terminó metiendo a su personaje que prácticamente terminaba siendo
imposible de descernir el uno del otro y terminó metiéndose a ratitos en la
política haciéndola de portavoz de los pobres y los desamparados, mismos de los
que se sirvió para crear su personaje y catapultar a la vida acostumbrista
mexicana a la escena internacional del cine. Al César lo que es del César y a
Dios que te vaya bien.
¿Cómo la ve desde ahí, chato?


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