Somos todos una panda de holgazanes
sinvergüenzas
Luis Enrique Anguiano Torres
Días extraños es una de esas buenas películas
hollywoodenses consideradas como “películas hollywoodenses que son buenas”,
escrita por James Cameron y dirigida por quien desde el ‘91 es su ex esposa,
Kathryn Bigelow. La película sigue más o menos la fórmula del desadaptado en el
que nadie cree y que tiene que arreglar un asunto grave. O sea, la típica
película hollywoodense del detective despedido y despechado pero con buenos
sentimientos aunque tenga el corazón roto.
La
película es de ciencia ficción. Más o menos. Bueno, es lo que se llama “ciencia
ficción suave” que se contrapone a la “dura” en la que caben películas y libros
como Terminator (también de Cameron) 2001:Odisea espacial o Matrix. En las obras de ciencia ficción
suave la tecnología no juega un papel muy importante que digamos. Lo vemos en Días extraños: se desarrolla en las
últimas horas del año de 1999 y ya existen unos neuroimplantes que graban todo
lo que la persona percibe. Existen traficantes de “recuerdos” y un boyante
mercado negro de gente que quiere vivir la experiencia de sentirse alguien más
por un rato.
A
los neuroimplantes les llaman squids y
a las grabaciones tapes: calamares y
cintas (aunque en realidad son microdiscos) respectivamente. Esas cosas son la
droga definitiva. Probablemente se han puesto a pensar en la siguiente oración: la función última de las drogas es alterar
la percepción de la realidad. “Vaya, gran cosa” han de decir “¿Acaso
naciste ayer? ¿Y todavía te pagan por escribir?” han de rematar. Pues ni nací
ayer y tampoco me pagan, sino que semejante tautología es la base de porqué los
calamares son la droga definitiva: no
alteran la realidad sino que la reemplazan sin prácticamente efectos colaterales.
¿Qué más quieres güey? No hay cruda, llega a todo tu cuerpo, es rápida y no
andas por la calle con los ojos todos vidriosos.
Las
drogas te llevan a una realidad no
ordinaria, como le llamara Castaneda a andar pacheco, colocado, trincado…
Tú le pones nombre. Y las consumimos porque somos lo suficientemente cobardes o
no tenemos los superpoderes necesarios para alterar nuestra realidad de la
manera deseada. Pero las drogas no es la única cosa que tienen ese efecto (no
por nada Marx dijo aquello de la religión como opio del pueblo, excúsenme los
religiosos lectores).
Los
libros de autoayuda son un excelente ejemplo. No he leído muchos, debo confesar
que Carlos Cuauhtémoc Sánchez me espantó al segundo libro y quizás por eso
puede parecer garrafal la siguiente oración: es más fácil pagar a alguien para
que nos eche porras a que nosotros desempeñemos un buen papel en el partido.
“Acarreo” psicológico, vaya. Ya la semana pasada les comentaba que existe esa
idea errónea de que la literatura seria es bien difícil. Pues, es lo mismo. Los
libros de autoayuda y otros mamarrachos literarios (sea un buen padre en 7
pasos, entendiendo a la pareja, hazme viuda por favor, etpinchecétera)
proliferan por la misma noción de que para leer algo decente necesitas tener el
cerebro bien iluminado. O que después de leer ese libro vas a encender una luz cerebral.
Ahora,
aunque usted no lo crea, entre esos millones de libros hay alguno que otro que
puede ser útil. Por ejemplo, uno de Joshua Foer que instruye en un par de técnicas
básicas para mejorar la memoria. Pero ese no es el propósito del libro sino más
bien la carnada con la que te lo venden (lo encontré gratis, ha! Ha! Toma esa,
capitalismo) porque el relato principal es sobre el Campeonato de Memoria de los
EU de A y divulgar lo que hasta ahora se sabe de esa función cerebral tan única.
Ni hablar. Un libro de divulgación que se vende como algo a caballo entre el
periodismo gonzo y la autoayuda.
¿Han
visto a los simios en el zoológico? Todo el día están holgazaneando y haciendo
tonterías. Nosotros hacemos lo mismo porque somos simios. La razón por la que
nos pagan por trabajar es porque es antinatural para nuestros deseos de
primate. No, nosotros fuimos hechos para pasar las tardes con la barriga
apuntando al sol y pelear entre nosotros por ver quién se queda con las
hembras. Nos ponen a trabajar y nos meten en esta vida de 7 a 11 y luego nos
preguntamos por qué existe la drogadicción.
Es
porque somos holgazanes y nos cuesta mucho trabajo transformar la realidad y
hacerla un lugar en el que sí nos de gusto vivir. Bueno, podemos decir que lo
intentamos, pero no lo intentamos todo el tiempo. También la mente se cansa,
también de repente queremos ver gatitos tocando el piano. A veces nos gusta
cerrar los ojos y pensar en qué pasaría si uno –o nuestro novio– fuera Batman.
Tampoco es real estar haciéndola de tos todo el tiempo y andar de la greña con
la vida siempre.
Hay
que ser realistas y marcar una diferencia: una cosa es drogarse y cerrar los
ojos a lo que son las cosas y otra es cerrar los ojos y soñar un poco. Hay
cosas que nos ayudan a eso, a soñar: el cine, la música, las artes, el teatro,
la mota, los hongos, el alcohol… ¡Esos primates no saben de lo que se pierden!


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