Tantos años Sin
sentir
Arthur
Alan Gore
Sin sentir salió al mercado en 1994, un año crucial para el
desarrollo del rock hecho en México. Discos Culebra se había encargado de
presentarnos los álbumes debut de bandas como Cuca, La invasión de los blátidos, y La Lupita, Pa’ servir a usted, ambos lanzados dos años antes. A eso había que
sumar la época más heavy de MTV, en la que se programaban videos de grupos como
Metallica y Sepultura. Finalmente, la explosión del movimiento de zapatista en
Chiapas y su consecuente réplica en Ciudad Universitaria con el colectivo
Serpiente sobre ruedas, sentaron las
bases para que el rock en nuestro país viviera una etapa particularmente
fértil. Atrás quedó la represión post Avándaro pero aún faltaba para que el intercambio
de música en Internet convirtiera del todo a la música en un mero objeto de
consumo. Lo importante es que había grupos de todas las corrientes; desde el
virtuosismo de Santa Sabina, la festividad de La Lupita, la oscuridad de la
Castañeda y el sentido del humor de Cuca. Todos convivían en armonía, porque no
existía la necesidad obsesiva por dividir que vivimos en la actualidad, en la
que los hipsters, los emos y los metaleros caminan por separado, sin mezclarse.
En ese contexto,
surgió una banda de rock oscuro en un país donde no estaba de moda el rock
oscuro. “La primera vez que yo vi un dark
fue cuando me conocí al Castor”, dice Jaime Chávez. Paulatinamente, la incursión
de Gustavo Pérez en un grupo originalmente metalero que inicialmente se llamaba
Azul de Medianoche comenzó a teñir de un sonido distinto, original, que
abrevaba de las grandes bandas inglesas del post punk tipo Sisters of Mercy o
The Mission.
Con sus defectos de
grabación, los precarios avances tecnológicos con los que contó, Sin sentir se convirtió –a la distancia–
en un material de culto que sin bien nunca ascendió a la categoría de masivo,
sí representó una especie de pequeños hits
del subterráneo, si le puede catalogar de esa forma.
Para ello, hay que
reconocer que una puerta se abrió en el tiempo para que 5 músicos se reunieran
para grabarlo. Musicalmente, es innegable que el trabajo de Jaime Chávez en la
guitarra sumado al de Lucano González en el teclado conjuró los elementos
necesarios para la creación de un sello particular. Es decir, las atmósferas de
El Clan no sonaban al gótico que se hacía en Inglaterra o Estados Unidos y
aunque tampoco reflejaba ningún tipo de mexicanismo, era distinto, muy propio, muy
suyo. Mexicano, sin necesitar de marimbas ni trompetas para ello.
Fantasías deja en claro lo que ha de venir. El juego de
figuras en las teclas anticipa la liberación de una serie de criaturas mágicas
que cobrarán vida en la voz de Gustavo Pérez. El Castor es poseedor de un
estilo único para cantar, que transita con facilidad y sorpresa de las
catacumbas más graves hasta los agudos chillidos de un duende habitante de una
dimensión paralela. El reino de los
duendes es, por cierto, el primer gran clásico de Sin sentir, la canción que justificaba en vivo la realización de un
performance en el que Gustavo se hacía acompañar por un títere.
Las letras son cuentos
musicalizados, en la que aparecen criaturas fantásticas como Las gárgolas, dioses como Morfeo al que
se alude en Despiértame y claro, Las Brujas, que representa el gran tema
infaltable de El Clan, que acompaña a la agrupación incluso dos décadas más
adelante.
Un aspecto a destacar
es la forma en que Sin sentir habla
del amor. Cariño (quisiera llegarte a
odiar) representa el reclamo a la amante muerta y Recuerdos es el canto sincero de un demonio enamorado a su musa,
la de la sonrisa deprimente que con su ternura hace que todos los males se
vayan.
Tortura y Más allá del
tiempo abordan un dolor que no tiene nada que ver con ese dolor que te
hunde en la depresión, sino de un sufrimiento que brota de las entrañas mismas
con toda la furia del universo. La batería de Víctor Mendoza y el bajo de Pedro
Álvarez marcan ritmos puntillosos, acelerados –lejanos al cliché de que la
música oscura tiene que ser lenta y parsimoniosa para ser considerada oscura–
con los cual queda claro que en el corazón de El Clan de 1994 latía un corazón
punk.
“Ahora son tantas las
heridas que una más ya no lastima”, canta El Castor como preámbulo a una sesión
de aullidos y gritos lastimeros que se hermanan con el excelente trabajo de
Jaime en las seis cuerdas. Su manera de requintear tiene tanto que ver con el
blues como lo demuestra Azul de
medianoche. Te dispara flechas
afiladas de sonido que se encajan directo en el cerebro.
Sin sentir, la canción, es quien mejor define a la totalidad.
Un tema profundo, lúgubre, al que se le pueden dar decenas de interpretaciones.
Pudiera ser la confesión de una victima recién vampirizada o la confesión de un
suicida a quien le hacen falta pastillas para poder mirarse de frente en el
espejo.
Grabado en Estudios La
Cocina, bajo la producción de Enric Rodamilans y Tony Méndez, con la mezcla de
Marc Rodamilans, Sin sentir
representó un momento singular de 1994, el de una banda oscura que floreció en
un jardín musical donde cabían todas las propuestas. Su energía, su fuerza,
pero a la vez su inocencia, su pureza y su personalidad han resistido el paso
del tiempo. El disco que mejor podría explicar
cómo entendió México el dark.
Arthur Allan Gore. (México, DF). Fue adicto al juego de uva (fermentada), ahora lo es al café. Duerme poco, escribe la mayor parte del tiempo. Cueando era niño quería ser Ray Bradbury y ahora desea ser como Hugh Hefner cuando se convierta en anciano. Columnista y reportero de la revista Gótica. Ha publicado la plaquette Saliva y Telaraña (2007), los libros Cuentos de hadas para no dormir (2009), Martini para suicidas (Editorial Magón), Provocaré un diluvio (Tierra Adentro) y Tormenta de sangre (2010). Manager de las Mystica Girls, conductor del programa de radio El show de la Franela y con su nombre de mortal (Arturo J. Flores) trabaja como Jefe de Redacción de la Revista Playboy.
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