CORCOBADO ES CASI MI HERMANO
Rafa Saavedra
Corcobado canta
y bebe, se suicida y Dios no lo quiere. Ignorante de los límites que argumentan aquellos artistas que esgrimen
como autodefensa eso del "arte total", Corcobado destruye -se
destruye a sí mismo- para construir canciones desesperadas entre ataques
catárticos e improvisación cargada de sueños. Con estas y otras referencias, va
enhebrando una delirante obra que incita al culto más acérrimo: Mar Otra Vez,
Demonios tus Ojos, Los Chatarreros de Sangre y Cielo, Cría Cuervos son claves
esenciales para descubrir y perseguir a uno de los enigmas más corrosivos del
rock hispano en los últimos 25 años.
Corcobado es
casi mi hermano, poeta malsoñante que celebró como nadie la fiesta del diablo y
el cerdo con jeringa en mano. Doppelgänger amoral de tejido adiposo, posee la
sangre envenenada para relatar la angustia adolescente del que no ha olvidado
cómo jugar embarrado o de aquel que, colgado de las cuatro patas, ladra cual
perro invitándonos a rrreír, a llorarrr con ese abandono homicida que roe
hermosamente la conciencia. Lo que
Corcobado hace es un sacrificio transparente: música pos histérica para gente
más allá del bien y del mal.
Corcobado es una
bala expansiva, trayectoria firme en vinil y free ruido muy reminiscente al
Birthday Party del primo Nicolás Cave, James Chance o al Suicide neoyorkino.
Saxo y sexo en el mero filo de un rascacielos puesto de cabeza, abismo propicio
para reptar por ritmos sinuosos y desnudos; para matar-morir por espirales frenéticas
de esquizoide belleza, una muy propia de los que gozan enfermos un miércoles
cercano al infierno o ganchos pegados al cuerpo ¿por qué no? Razón esquiva como culebra en el desierto
febril del rock más eufórico, del malsano funk nuestro de cada día o del blues
de inquisidor tormento, vértigo irradiado en postales y camisetas desgastadas
por el uso demencial de leyendas tipo "Te I love you".
Corcobado es la
dosis exacta para reanimar el alma muerta, sedada por los mass media e inmersa
en el culto al cuerpo y al innoble poder retorcido. Como bicho salvaje reactiva
el veneno entre pianos de fiebre y coches bomba. Corcobado se estremece y agita
el caos pernicioso que organiza como ácido delirio; es un terrorista del amor y
del desasosiego interior, el outsider filantrópico que espera al último metro
de normalidad para volarlo en 2000 pedazos. Lo que queda son sólo miserias
señeras, escombros de una descontinuada
posmodernidad como el cartel de una chica fea, naked en la pared de un
bar turbulento.
Corcobado es
cronista pendenciero full de gas butano y cubierto de púas, reportero de agrios
besos dispuestos a debutar cuando llegue el vals de nuestra muerte. Justo ahí
reinventa y deforma las formas, hace trizas la puerta del amor como niño bravo
y nos hace gritar "Puta, puta, puta" sin control. Es el abandono y desequilibrio más o menos
asequible, baladas despiadadas para un día después de la tragedia, para bañar
nuestras culpas y justificar el miedo ciudadano que difunden las tele-news. Es
la sangre de perro regada por nuestra herida, la estrella luminosa que decora
el árbol de navidad de nuestra bendita inconciencia.
Corcobado hace chatarra de sangre y cielo, reaviva influencias atípicas y las reanima moviendo el vientre. Dinamita -sin un cordial sentido- a la Alaska generación, versionea a Morricone y el tema bandera del Cristo redentor brasileño. Juega con estribillos a la italiana mientras afila furioso el cuchillo que corta de tajo, vía anárquico movimiento, salmodias y pasodobles. Como otros antes, Corcobado se da cuenta que la libertad es la cárcel más grande de todas las cárceles y que eso, no es un invento ni un eslogan nihilista.
Corcobado es un
Nerón que disfruta viendo arder su juventud cosida, como si fuera hiel de
recuerdos y ritmo de sangre, abatido y cortante. Son berridos de corazón,
gritos de ayuda sin respuesta. No existe
manual de 12 pasos para la cura de esta enfermedad que sabe a protagonismo de
talk-show y revista de amarillo colorido. Enferma alegría que quiebra
despedidas, ingenuas serenatas a la luz de la luna de plata, canciones de
avemaría y cicatrices que bordan un tatuaje "Aménaménamén" bajo el
brazo izquierdo de Dios.
Corcobado cría
cuervos que cantan boleros como los labios de una pistola. Iconoclasta e
irreverente pero agradecido y sentimental, Corcobado se desliza en la tradición
y retro vanguardia, se apropia de temas ajenos (Manzanero o Ravel) para crear
historias latinas de desamor y masoquismo refranero; ciego de soledad y pánico,
él sigue enfermo de ti y de mí. En un arranque que huele a tequila y
desolación, Corcobado le pide al Señor que nos libre de nuestro más terrible
enemigo: él mismo, bad news del rumor mezquino.
Corcobado
arriesga y apuesta a ganar. Curioso alquimista, redescubre la vieja fórmula
haciendo sonar una electrónica ejival antes repudiada. Corcobado baila como un
arma a punto de disparar, dejando ver su lado débil: es el amigo que escribe
resentido cartas al cielo por el amigo ausente, flores de lágrimas y llanto
peligroso que se escudan en armonías difíciles y contagiosas. El Muere-Mata se repite ruidosamente, como si
la droga que cruza borracha y llega a la epidermis fuera sangre de arco iris
moderno y desahuciado. El duque del
ruido y el cáncer que corrompe la sangre de puretas, que hace homenaje a grifos
de voz y duetos amorosos, que recita amenazas de violador insaciable como
decirte un "Buenos días" continua vivo, esparciendo su visión como
ceniza.
Corcobado es
enfermedad vital, música y POESÍA (así, con mayúsculas). Una alternativa al
callejón de la rock rutina clavada en la cruz; más noise, más denso con los
años encima. Corcobado es el epitafio cruel a lo dulce y cristalino provida, un
perro ladrador con el rabo mata ángeles.
Corcobado es
casi mi hermano.
*Texto publicado originalmente en el libro "Crossfader", 2009.
**La imagen que acompaña a la columna es un fragmento de una obra autoría de Ulises Ortíz Castillo, intervenida por EseNoctis.
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