jueves, enero 12, 2012

Nación Porno

por Francisco Enríquez Muñoz


(c) Ulises Márquez Mino
Dicen los que saben que lo erótico es sexualmente implícito. Pero, al igual que lo sexualmente explícito, lo sexualmente implícito puede servir única y exclusivamente para despertar al hambriento animal que llevas entre las piernas. Bajo los estándares de los iluminados con vocación censuradora, una obra artística cuyo contenido sea sexualmente explícito es una obra pornográfica, sucia y prohibida, pero cuando la pornografía tiene un por qué más allá del mero placer (que, finalmente, es un discurso más o menos intelectual), ésta se vuelve un fetiche de la publicidad, la tecnología, la fotografía, la literatura, el teatro, los videos musicales, las películas “normales” y la televisión. Nos guste o no, vivimos en una sociedad que no sólo ha aceptado las imágenes sexualmente explícitas, sino que las ansía desesperadamente desde un punto de vista femenino. La pornografía ha cambiado, y de paso también nos ha cambiado a nosotros. No lo habría conseguido sin Internet, pero Internet tampoco sería la misma sin ella. Esta revolución cultural y caliente, que los publicistas llaman “pornomanía” (supongo que en esto algo ha de tener que ver la Wrestlemania), los fashionistas “pornochic” (chic es un vocablo francés que corresponde al término inglés arty, algo así como “artístico”, “elegante”, “distinguido” o “creativo”) y los que se creen conocedores “Nación Porno” (parafraseando el libro Nación Prozac), ha atraído a intelectuales, artistas, cineastas, diseñadores y músicos. Y ha convertido en agentes y usuarios a un colectivo inesperado: el de la mujer.
Ellas han tomado las riendas de la pornografía; han hecho interesantes cosas en la web como Fleshbot, Beautiful & Depraved, Filthy Gorgeous Things, Suicide Girls, Nerve y Frisky, I Shot My Self, The Reverse Cowgirl, Edecán urbana; han desbaratado el dominio de Playboy (hace algún tiempo pocos hubieran pensado que el mítico Hugh Hefner consideraría vender a la revista del conejito  por cerca de 300 millones de dólares) y de Hustler; han provocado (desde el 2003) la lenta agonía de Penthouse; han empezado a desvanecer el mito de que encuentran la pornografía denigrante; han dejado claro que les gusta todo lo sexualmente explícito en todas sus manifestaciones, desde el que se encuentra en las paredes de los museos hasta en las mesas de los putibares; han logrado que en la blogosfera abunden las strippers (teiboleras) estudiantes de universidad, las ninfómanas con aspiraciones poéticas y las directoras de porno indefinible (medio soft, medio hard, medio ingenuo, medio astuto), como Erika Lust (Cinco historias para ellas, Barcelona Sex Project y The Good Girl). Y las estrellas femeninas del imperio de los gemidos, como Sasha Grey, hoy se pasean por Hollywood como grandes divas, tienen grupos de música, modelan lencería, escriben libros, pintan cuadros, realizan performances, editan revistas contraculturales, aparecen en videoclips y en los programas de máxima audiencia, son protagonistas de películas “normales” y de campañas publicitarias. Ahora bien, la postpornografía es un conjunto de performances, instalaciones y representaciones audiovisuales que resultan de una perspectiva crítica ante la porno dominante (machista-heterosexual) y los estereotipos de género. La porno es un género (cinematográfico) que produce género (masculino/femenino). La postporno es un subgénero que desafía al sistema de producción de género y que desterritorializa el cuerpo sexuado (desplaza el interés de los genitales a cualquier otra parte del cuerpo).
A las féminas se les ha enseñado que tienen una naturaleza tierna, bondadosa, dócil, maternal y sensible, y por lo tanto deben actuar coherentes a esa naturaleza. También se les ha enseñado que la calentura sexual queda reservada para los varones. Pero a ellas y a ellos se les ha dicho, al menos una vez, que deben tener encuentros sexuales con amor y/o para la reproducción. Lo contrario sería malo, pecado. Por eso están tan estigmatizadas las relaciones homosexuales o cualquier otro mecanismo de placer sexual cuyo único fin sea el placer sexual. La postpornografía desafía a la sociedad machista y mojigata donde prevalece la simulación y el fingimiento. Su estética exhibe el placer sexual de manera explícita y grotesca, como un reto a la hipocresía reinante.
En 1990, la estadounidense Annie Sprinkle (ex prostituta, ex actriz porno y pionera del docuporno) utilizó por primera vez la expresión “postpornografía” para presentar su espectáculo performancero The Public Cervix Announcement, en el cual invitaba al público a explorar el interior de su vagina con la ayuda de un espéculo. La postporno afirma que los actos sexuales son siempre representaciones, siempre performances. Cuestiona los códigos (estéticos, políticos, narrativos) de visibilidad del cuerpo humano y de las prácticas sexuales. Está relacionada con el activismo queer (movimiento de resistencia a la heterosexualidad dominante) y el feminismo. Hacer postporno significa hacer de alguna forma que el placer sexual se convierta en todo aquello que temen (o niegan) los iluminados con vocación censuradora. Por ejemplo, ¿qué te parecería hacer una serie de fotografías de porno sadomasoquista hardcore, pero con muchachas bisexuales muy feas, muy delgadas y muy calientes que dominen (o, mejor, que ignoren) a hombres heterosexuales muy guapos, muy musculosos y muy calientes?
Si aparece en una revista de moda, como por ejemplo Vogue, la imagen de una modelo, una chica, que tiene las tetas al aire, los pezones no se deben ver. Pero no hay ningún problema si en la misma revista se publica la imagen de un modelo, un chico, cuyo pecho esté descubierto. He aquí una de las extrañas fronteras de lo que sí es pornográfico y lo que no. La postporno nos indica que el mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la censura, sino la producción de representaciones alternativas pornográficas, hechas desde miradas divergentes de la mirada normativa. Así, el objetivo de este movimiento feminista no es tanto liberar a las mujeres o conseguir su igualdad legal como desmantelar los dispositivos políticos que producen las diferencias de clase, de raza, de género y de sexualidad, haciendo del cuerpo humano una plataforma artística y política de invención de un futuro común. De ahí que los integrantes de este movimiento, que también recibe a varones en sus filas como el fotógrafo Kael T Block, no dicen “hombre” o “mujer”, sino “biohombre” y “biomujer”. La intención de esto es no ofender a quienes nacieron con una preferencia sexual que no corresponde a su sexo. “Tecnohombre” y tecnomujer” son quienes pasaron por el quirófano o son adictos a las prótesis. Y por si alguien se lo estaba preguntando, responderemos que sí, que el trabajo de la performancera mexicana Congelada de Uva, aunque todavía muy lejos de lo que se está haciendo en Estados unidos y en Europa, es parte de la postporno.
El pornoterrorismo es otra de las manifestaciones del postporno.
Ocurrió en la Navidad del 2008. El Vaticano reventaba de turistas cuando la Virgen del Santo Socorro empezó a lanzar gemidos orgásmicos. Luego fue Pio XII quien emitió desde su tumba ayes de goce supremo. Los fieles escucharon con espanto el anómalo milagro. Pero la castidad de los santos nunca se puso en duda, porque los guardias de la Basílica de San Pedro descubrieron de inmediato que los sonidos provenían de dos pequeñas reproductoras de cintas de audio. Según las cámaras de seguridad, los responsables habían sido cuatro sujetos femeninos, y entre éstos estaba la performancera española Diana Torres. Ella, hasta el momento de escribir estas líneas, tenía 28 años y cresta punk, y en Internet explicó que aquel atentado pornoterrorista fue una respuesta artística a la represión católica. «El orgasmo es una puerta liberadora del pensamiento y la Iglesia lo coarta», añadió.
Más tarde, en mayo del 2009, Diana se quitó la ropa y desnuda, junto con varios amigos desnudos (chicos y chicas), realizó un nuevo ataque pornoterrorista: una masturbación colectiva sobre el césped de un parque público de Valencia (España). La policía nunca supo qué actitud tomar.
Los pornoterroristas quieren demoler las estructuras que limitan los actos sexuales. Sus armas son la poesía, la desnudez, el orgasmo y la creatividad.   
La pornografía actual tiende a concentrarse en innovaciones femeninas y tecnológicas que acarrean una estética de máxima visibilidad.

*Fotografía y texto publicados en la edición impresa Clarimonda #27: Vampiros, en la sección "Campo Nudista"

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