por Francisco
Enríquez Muñoz
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| (c) Ulises Márquez Mino |
Dicen los que saben
que lo erótico es sexualmente implícito. Pero, al igual que lo sexualmente
explícito, lo sexualmente implícito puede servir única y exclusivamente para
despertar al hambriento animal que llevas entre las piernas. Bajo los
estándares de los iluminados con vocación censuradora, una obra artística cuyo
contenido sea sexualmente explícito es una obra pornográfica, sucia y
prohibida, pero cuando la pornografía tiene un por qué más allá del mero placer
(que, finalmente, es un discurso más o menos intelectual), ésta se vuelve un
fetiche de la publicidad, la tecnología, la fotografía, la literatura, el
teatro, los videos musicales, las películas “normales” y la televisión. Nos
guste o no, vivimos en una sociedad que no sólo ha aceptado las imágenes
sexualmente explícitas, sino que las ansía desesperadamente desde un punto de
vista femenino. La pornografía ha cambiado, y de paso también nos ha cambiado a
nosotros. No lo habría conseguido sin Internet, pero Internet tampoco sería la
misma sin ella. Esta revolución cultural y caliente, que los publicistas llaman
“pornomanía” (supongo que en esto algo ha de tener que ver la Wrestlemania), los fashionistas
“pornochic” (chic es un vocablo
francés que corresponde al término inglés arty,
algo así como “artístico”, “elegante”, “distinguido” o “creativo”) y los que se
creen conocedores “Nación Porno” (parafraseando el libro Nación Prozac), ha atraído a intelectuales, artistas, cineastas,
diseñadores y músicos. Y ha convertido en agentes y usuarios a un colectivo
inesperado: el de la mujer.
Ellas han tomado las
riendas de la pornografía; han hecho interesantes cosas en la web como Fleshbot, Beautiful & Depraved, Filthy
Gorgeous Things, Suicide Girls, Nerve y Frisky, I Shot My Self, The Reverse
Cowgirl, Edecán urbana; han
desbaratado el dominio de Playboy (hace
algún tiempo pocos hubieran pensado que el mítico Hugh Hefner consideraría
vender a la revista del conejito por
cerca de 300 millones de dólares) y de Hustler;
han provocado (desde el 2003) la lenta agonía de Penthouse; han empezado a desvanecer el mito de que encuentran la
pornografía denigrante; han dejado claro que les gusta todo lo sexualmente
explícito en todas sus manifestaciones, desde el que se encuentra en las
paredes de los museos hasta en las mesas de los putibares; han logrado que en
la blogosfera abunden las strippers
(teiboleras) estudiantes de universidad, las ninfómanas con aspiraciones
poéticas y las directoras de porno indefinible (medio soft, medio hard, medio
ingenuo, medio astuto), como Erika Lust (Cinco
historias para ellas, Barcelona Sex
Project y The Good Girl). Y las
estrellas femeninas del imperio de los gemidos, como Sasha Grey, hoy se pasean
por Hollywood como grandes divas, tienen grupos de música, modelan lencería,
escriben libros, pintan cuadros, realizan performances, editan revistas
contraculturales, aparecen en videoclips y en los programas de máxima
audiencia, son protagonistas de películas “normales” y de campañas
publicitarias. Ahora bien, la postpornografía es un conjunto de performances,
instalaciones y representaciones audiovisuales que resultan de una perspectiva
crítica ante la porno dominante (machista-heterosexual) y los estereotipos de
género. La porno es un género (cinematográfico) que produce género
(masculino/femenino). La postporno es un subgénero que desafía al sistema de
producción de género y que desterritorializa el cuerpo sexuado (desplaza el
interés de los genitales a cualquier otra parte del cuerpo).
A las féminas se les
ha enseñado que tienen una naturaleza tierna, bondadosa, dócil, maternal y
sensible, y por lo tanto deben actuar coherentes a esa naturaleza. También se
les ha enseñado que la calentura sexual queda reservada para los varones. Pero
a ellas y a ellos se les ha dicho, al menos una vez, que deben tener encuentros
sexuales con amor y/o para la reproducción. Lo contrario sería malo, pecado.
Por eso están tan estigmatizadas las relaciones homosexuales o cualquier otro
mecanismo de placer sexual cuyo único fin sea el placer sexual. La
postpornografía desafía a la sociedad machista y mojigata donde prevalece la
simulación y el fingimiento. Su estética exhibe el placer sexual de manera
explícita y grotesca, como un reto a la hipocresía reinante.
En 1990, la estadounidense
Annie Sprinkle (ex prostituta, ex actriz porno y pionera del docuporno) utilizó
por primera vez la expresión “postpornografía” para presentar su espectáculo
performancero The Public Cervix
Announcement, en el cual invitaba al público a explorar el interior de su
vagina con la ayuda de un espéculo. La postporno afirma que los actos sexuales
son siempre representaciones, siempre performances. Cuestiona los códigos
(estéticos, políticos, narrativos) de visibilidad del cuerpo humano y de las
prácticas sexuales. Está relacionada con el activismo queer (movimiento de resistencia a la heterosexualidad dominante) y
el feminismo. Hacer postporno significa hacer de alguna forma que el placer
sexual se convierta en todo aquello que temen (o niegan) los iluminados con
vocación censuradora. Por ejemplo, ¿qué te parecería hacer una serie de
fotografías de porno sadomasoquista hardcore,
pero con muchachas bisexuales muy feas, muy delgadas y muy calientes que
dominen (o, mejor, que ignoren) a hombres heterosexuales muy guapos, muy
musculosos y muy calientes?
Si aparece en una
revista de moda, como por ejemplo Vogue, la imagen de una modelo, una chica,
que tiene las tetas al aire, los pezones no se deben ver. Pero no hay ningún
problema si en la misma revista se publica la imagen de un modelo, un chico,
cuyo pecho esté descubierto. He aquí una de las extrañas fronteras de lo que sí
es pornográfico y lo que no. La postporno nos indica que el mejor antídoto
contra la pornografía dominante no es la censura, sino la producción de
representaciones alternativas pornográficas, hechas desde miradas divergentes
de la mirada normativa. Así, el objetivo de este movimiento feminista no es
tanto liberar a las mujeres o conseguir su igualdad legal como desmantelar los
dispositivos políticos que producen las diferencias de clase, de raza, de
género y de sexualidad, haciendo del cuerpo humano una plataforma artística y
política de invención de un futuro común. De ahí que los integrantes de este
movimiento, que también recibe a varones en sus filas como el fotógrafo Kael T
Block, no dicen “hombre” o “mujer”, sino “biohombre” y “biomujer”. La intención
de esto es no ofender a quienes nacieron con una preferencia sexual que no
corresponde a su sexo. “Tecnohombre” y tecnomujer” son quienes pasaron por el
quirófano o son adictos a las prótesis. Y por si alguien se lo estaba
preguntando, responderemos que sí, que el trabajo de la performancera mexicana
Congelada de Uva, aunque todavía muy lejos de lo que se está haciendo en
Estados unidos y en Europa, es parte de la postporno.
El pornoterrorismo es
otra de las manifestaciones del postporno.
Ocurrió en la Navidad
del 2008. El Vaticano reventaba de turistas cuando la Virgen del Santo Socorro
empezó a lanzar gemidos orgásmicos. Luego fue Pio XII quien emitió desde su
tumba ayes de goce supremo. Los fieles escucharon con espanto el anómalo
milagro. Pero la castidad de los santos nunca se puso en duda, porque los
guardias de la Basílica de San Pedro descubrieron de inmediato que los sonidos
provenían de dos pequeñas reproductoras de cintas de audio. Según las cámaras
de seguridad, los responsables habían sido cuatro sujetos femeninos, y entre
éstos estaba la performancera española Diana Torres. Ella, hasta el momento de
escribir estas líneas, tenía 28 años y cresta punk, y en Internet explicó que
aquel atentado pornoterrorista fue una respuesta artística a la represión
católica. «El orgasmo es una puerta liberadora del pensamiento y la Iglesia lo
coarta», añadió.
Más tarde, en mayo
del 2009, Diana se quitó la ropa y desnuda, junto con varios amigos desnudos
(chicos y chicas), realizó un nuevo ataque pornoterrorista: una masturbación
colectiva sobre el césped de un parque público de Valencia (España). La policía
nunca supo qué actitud tomar.
Los pornoterroristas
quieren demoler las estructuras que limitan los actos sexuales. Sus armas son
la poesía, la desnudez, el orgasmo y la creatividad.
La pornografía actual
tiende a concentrarse en innovaciones femeninas y tecnológicas que acarrean una
estética de máxima visibilidad.
*Fotografía y texto publicados en la edición impresa Clarimonda #27: Vampiros, en la sección "Campo Nudista"


....wowow
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