| "El Real Under" (DF) _ Foto: Manuel Noctis |
Por Rogelio Villarreal
¿A qué clase de antros, a estas alturas, se le puede llamar underground? ¿Hay algo que no se haya visto ya, algún lugar que nadie conozca? ¿Qué lugares pueden competir en los albores del siglo XXI con la sordidez de las inmundas barracas de mediados del XIX que describió Manuel Payno en Los bandidos de Río Frío o con los cabarets de mala muerte compendiados por Armando Jiménez (el célebre autor de la Picardía mexicana) o por Sergio González Rodríguez en Los bajos fondos? Y eso para no hablar de las orgías y bacanales de la Antigüedad... En la Guía del pleno disfrute de la Ciudad de México. Recomendada para sectores desamparados y turistas arrepen¬tidos de la posmodernidad, su autor, el polémico ex delegado perredista de la delegación Cuauhtémoc, Jorge Legorreta, propone una necesariamente incompleta y complaciente guía de lugares para divertirse a lo largo y ancho de la acosada y reprimida noche citadina. Algunos lugares ya desaparecieron y surgieron otros nuevos, y otros más de plano ni siquiera figuran en esta guía publicada en 1994.
Sin embargo, los espacios del underground —o de las culturas subte¬rráneas— no podrían ser tan fácilmente sujetos de catalogación, por varias razones: su existencia fugaz, su carácter clandestino o movedizo, su férrea exclusividad y privacidad. ¿Alguien conoce los lugares donde se revientan las casi cien bandas de cholos de Ciudad Nezahualcóyotl? ¿A dónde fueron las lesbianas que hasta hace unos años atestaban El Don y El Enigma, en la colonia Roma? (Respuesta provisional: hace unas noches un irritante grupito de prepotentes lesbianas bailaba al son de horrendos boleros de Luis Miguel y Ana Gabriel en el diminuto y ahora de moda Bull Pen, de Medellín, casi frente al Mamá Rumba.) ¿Quién que no sea retropospunk se atreve a tomarse una cerveza en las fondas que circundan el zoco del Chopo?
Si bien algunos antros alcanzaron la fama —la glamorosa vida gay y roquera de los ochenta sería inconcebible sin el malhadado bar El Nueve—, otros se extinguieron después de una vida silenciosa pero intensa, como Las Ruinas, o Pompeya, minúsculo remedo de bar en pleno Eje Central, a media cuadra de Garibaldi, con piso de tierra, lodoso o polvoso, según la estación del año, sin baño —apenas una de las esquinas cubierta por un cartón— y un mísero refrigerador que contenía cervezas a medio enfriar, y donde el voluptuoso personal, gay en su mayoría, habría dejado helados a los musculosos y sudorosos parroquianos de los bares de la Castro Street sanfranciscana.
Otro lugar, por desgracia desaparecido al despuntar los noventa, era el Marrakesh, mejor conocido como las Tecatas (atrás de Bellas Artes, en Hidalgo y Eje Central), y adonde acudían a rematar los asiduos al Nueve y otros antros de la época. Un galerón inmenso con tres o cuatro rocolas sonando al mismo tiempo y con el personal más bullicioso de las penumbras: travestis, gays, soldados rasos, intelectuales, artistas y roqueros clasemedieros. Ahí vivi¬mos noches recordables en compañía de Roco y Sax —del entonces novedoso combo Maldita Vecindad—, Claudio Nada y Alfonso André —que cortejaba a Rita Guerrero—, del Pecas y la Dra. Elizabeth Romero, entre muchos otros personajes de grata e ingrata memoria. Poco después de su cierre, El 33 (en Eje Central y Perú) se volvió el lugar favorito del casting tecatero y escenario de jocosas, grotescas o cachondas escenas de baile (al son de una rocola), ligue y tragedia. A veces las puertas de los baños están abiertas y es posible ver orinar de pie a robustas travestis de vaporosos atuendos. Una vez mis amigas Carmen y Elisa fueron confundidas con Alejandra Guzmán y Daniela Romo, respectivamente, y una sensual vestida se enamoró de Guillermo Fadanelli, experto conocedor de estos lugares y quien, por cierto, es amigo de uno de los meseros, quien además es luchador profesional.
En la misma zona se encuentran los antros más chocantes y pasmosos que he visto en toda mi vida: El 14, La Chaqueta, El Víbora, El Pájaro, La Internacional y otros por el estilo, todos ellos con (deprimente) sexo en vivo y siempre hasta la madre de consumidores ávidos de emociones fuertes. El piso, por lo general, es pegajoso y los baños malolientes. El show, poco después de la medianoche, consiste de tres o cuatro mujeres que realizan striptease al ritmo de las baladas de moda; al finalizar seleccionan a otros tantos hombres del público —soldaditos, obreros, albañiles—, los despojan de todas sus ropas —salvo, inexplicablemente, los aguados calcetines—, les acarician o chupan los genitales hasta que alcanzan una erección aceptable, les colocan sendos condones de colores y se entregan al dudoso placer del sexo en las más variadas posiciones y en medio de porras, gritos y abucheos. Algunos ansiosos que no tuvieron la suerte de ser escogidos se sacan el tímido miembro y se masturban, mirando la escena ante sus ojos, retando descaradamente a los afortunados. Con los orgasmos probablemente fingidos de las damiselas y los casi siempre inconclusos de los aguerridos voluntarios, el show fenece. El baile da comienzo y, si se quedaron con ganas, pueden esperar el show de las cinco de la madrugada.
El Parque era una de las pocas cantinas de ficheras de la colonia Con¬desa, con una de las rocolas más bien surtidas de la ciudad: Los Tigres del Norte, Leo Dan, José José, Los Ángeles Azules, Doors, Led Zeppelin, Beatles, Queen, La Sonora Santanera y otros indispensables. De las paredes colgaban dos enormes fotografías del parque México de los años cuarenta o cincuenta, con una pátina sepia tan oscurecida y misteriosa que semejaban cuadros del pintor Roberto Parodi, además de carteles de la belle époque y de chicas setenteras en motocicletas. Alex y Elisa, dos queridos amigos míos, se juraron amor eterno —falso, a la postre— en ese entrañable lugar rodeados de ficheras regordetas y obscenas que brindaban por tan feliz acontecimiento, sin saber que tres años después la separación sería inminente.
A Tanya Sandler se debe el descubrimiento, para los amigos, de El Hoyo, otro pequeño antro desaparecido que se ubicaba en los bajos de un edificio a escasos metros de la glorieta Insurgentes. A pesar de lo reducido del espacio contaba con dos rocolas que se encontraban frente a frente, provocando estentóreos duelos musicales entre los escasos parroquianos. A veces había un sobrecogedor striptease de una lánguida y soñolienta ve¬dette sobre una colchoneta pringosa y vieja, a la que una vez le robaron, ahí mismo, la raya que acababan de pagarle: 200 pesos. El colmo fue una vez, en temporada de lluvias, que el baresucho se inundó, pero no por eso dejó de dar servicio: «Pasen, les ponemos unas cajas de madera para que no se mojen», ofrecían los meseros. En su descargo hay que decir que la dueña, una enorme y frondosa rubia teñida y de la que sería imposible adivinar su sexo real, enseñó a Lorena y a Elisa en una ocasión a bailar esa tonadita texana que dice: «No rompas más, mi pobre corazón...» Y cómo no recordar la madrugada en que llevamos a un par de amigas francesas, fascinadas por la decoración pop minimal del antrejo, y descubrieron horrorizadas sus suéteres hundidos en un coctel de cerveza y orines que corría por un traicionero canal que bordeaba el recinto.
Cerró El Parque pero volvimos la mirada a La Covachita Taurina, en la Roma, a un costado del Palacio de Hierro, otro breve espacio de dos pisos, con modernas rocolas en cada uno (incluyendo a los Creedence) y un per¬sonal muy divertido cuando no está durmiendo la mona. A menos que uno tome cerveza, las bebidas por lo general están adulteradas. Como en casi todos estos antros, las ficheras son gordas y malencaradas, pero una vez creí ver una que parecía un ángel caído del cielo, y no es necesario decir que fue asediada toda la noche por dos relamidos encorbatados que se disputaban galantemente sus favores. Uno de los mejores shows espontáneos que hemos visto fue el de un cincuentón que puso «The Great Pretender» en la rocola y la bailó él solo, recorriendo el salón con paso marcial y chasqueando los dedos para marcar el ritmo. Otro asistente, estrafalario y melenudo, asegu¬raba haber tocado alguna vez la batería nada menos que con Led Zeppelin. Fue también en La Covachita donde la amante de un querido amigo nuestro, periodista alemán, tiró al escusado —eso dijo— dos gramos de un polvo blanquecino de dudosa procedencia, para prevenirlo de un daño de graves consecuencias. En la tele pasaban los juegos olímpicos. La Covachita cerró también hace unos meses, no sin haber dejado en la memoria y en las placas fotográficas de Raquel Romero unas pocas escenas antológicas.
¿Existe el underground o se trata sólo de una variedad de antrejos visi¬tados por una infame turba de noctámbulos con ganas de divertirse un poco más que el común de los mortales? ¿O es acaso la combinación infructuosa de las ansias liberadoras del lumpenaje, de la clase media atosigada y de la curiosidad voyeurista y antropológica de artistas e intelectuales proclives al exceso? En todo caso, si algo vale la pena rescatar es el insólito y colorido acervo de imágenes que uno ha almacenado en el largo paseo por lugares a los que las buenas conciencias de todo signo jamás se atreverían a ir.
*Publicado en la revista Clarimonda no.26: La Cantina... tomado del libro "Sensacional de contracultura" Ed. Sin Nombre.

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