sábado, marzo 01, 2008

De la lectura

DE MOCHILAZO
Manuel Noctis
Esta es la unión de sentimientos.
Son verdades no son cuentos.
Papashanty

Me fui de mochilazo, como siempre me gusta hacerlo. En la mochila cargaba un montón de revistas, mi sleeping, un aparato para escuchar música, discos, varios libros, mi gorra, dos pantalones, una chamarra y tres playeras. El destino era lo importante, el trayecto era lo indistinto. No importaba si me iba por Guerrero, Veracruz o pasar por Oaxaca o Tabasco, el chiste es que llegué a San Cristóbal de las Casas, un Pueblo Mágico del estado de Chiapas. Esta vez sería la definitiva, quería establecerme allá.
Llevaba poco dinero, pero un chingo de ganas de encontrar un trabajo para poder rentar un cuarto de esos que hay allá hasta por 60 varos la noche. Anduve caminando, buscando un restauran, un bar o hasta una panadería donde solicitaran chambeadores. No era la primera vez que iba a San Cris, por eso me movía con mayor facilidad. El chiste es que ese día no encontré nada porque me decían que mi pelo y mi apariencia no me servían para la imagen del negocio y con el dinero que traía agarré uno de esos cuartos. Ese dinero así rascándole machín me alcanzaba fácil para tres días, eso solo para comidas, ya cuando quisiera sacar para las chelas me pondría a vender las revistas.
En las noches rolaba por los bares El Cirko, el Madre Tierra, el Independencia y otros chidos que están por el rumbo. Ahí cambiaba mis revistas por chelas o no faltaba que cabrón ya bien pedo me las invitaba. Un día me encontré con un camarada artesano de Morelia, le di asilo en mi guarida. Al día siguiente el morro se lanzó para Ciudad Antigua, Guatemala. Me dejo unos collares para venderlos y eso me hizo un parote porque saque la renta para otros dos días más.
Esa noche platicando en el bar con el gerente de El Cirko, me dijo que me podía dar chamba, pero que fuera al día siguiente temprano para arreglar todo el desmadre, así quedamos, ya me veía trabajando de mesero y pues me puse a pistear, chela tras chela, y que me agarra la peda, y con los toques de mota que me pongo loco, no supe ni como se armó de pronto el desmadre, el aventadero de sillas, botellas y que me da un madrazo un cabrón y que le entro. Cayó la poli y a varios morros se los cargaron, yo si le alcancé a correr. El gerente del bar me mando a la chingada y por güey ya no traía dinero. ¡Valió madre el asunto!
A la mañana siguiente la señora de la renta iba ir por el dinero. Me salí tempra con mis revistas, a ver si vendía unas aunque solo fuera para sacar los 60 varos de renta, pero esas madres ni se vendían, era más efectivo cambiarlas por chelas. Fui con un compa de ahí de San Cris, a ver si me prestaba dinero. Lo topé en su casa. Me prestó varo para la renta de tres días con la condición de que nos hiciéramos socios para vender galletas de mota. De ahí me empezó a ir de poco madre, traía el puro varo, las galletas rolaban en todos los bares, vendíamos también por encargos y hasta en el mercado. Era toda una red de vendedores y distribuidores de galletas de mota, la banda las conocía como las verdehalago.
Ya tenía como un mes allá, ya tenía banda con la que se hacían las fiestas. Traía una vieja bien buena y bonita. Chida la morra, era de monterrey, era un desmadre, le entraba duro a la mota. Con ella le bailábamos bien cabrón a las cumbiancheras en el Madre Tierra. Nos lanzábamos a los rituales del jikuri y todo el pedo. Para ese tiempo ya rentábamos una casa con otros tres compas -dos morras francesas y el otro era jalisquillo-. Una noche que teníamos fiesta en la casa, llegaron todos los camaradas, tocó la banda Bakte, se hizo un desmadre, liberación sexual, todos quemando, el reggae hasta el amanecer.
Cuando desperté andaba ahí dizque recogiendo la basura, las botellas y todo eso. Noté que el mueble donde guardé el pedido de 100 verdehalagos estaba medio abierto ¡Puta madre, se comieron las galletas! ¡No mames! Creo que hasta yo había comido en la noche y ni cuenta me di. Que pinches iba a hacer ahora, el compa iba a ir por ellas al medio día ¡Vale madre! El morro pues se encabronó, me dijo que me daba chance hasta en la noche para pagarle. Con mi vieja juntamos un varo para llevárselo. El morro se encabronó más y me dijo que en la mañana le diera el resto, si no se mancharían con los dos ¡Chale!, como se podía acabar este pedo. Le dije a mi vieja que me iba ir a Guatemala con mi compa el artesano mientras se calmaba el asunto, que si me acompañaba o que onda, y simón, nos fuimos los dos a Ciudad Antigua.
En Guatemala estuvimos como tres días, casi ni salíamos. El pedo es que allá había conectes con los galleteros y de alguna manera se enteraron que ahí estábamos, no sabíamos que hacer. Un día me topé con dos morros, ya me tenían bien checadito, me la hicieron de pedo y se armó la gresca, ya me andaban dando baje y me les desafané. Le platique a mi morra que me quería ir de ahí, nuevamente le dije que si se iba conmigo, esta vez me dijo que no. La morra se fue a Oaxaca con unas amigas que andan recios en el desmadre de los viaje hongo y yo me regresé a Morelia.
***
EL LLANTO DE LOS PERROS
Daniel Wence



Dormir sobre vidrios es poco. Aquí he conocido castigos de todos tipos.
Cuando llegué pensé que pagar culpas era como pagar cualquier deuda, desconocía el horror, la sangre en abundancia, el llanto seco, el cuerpo mutilado… y me burlé del tiempo y de los castigadores que pasaban horas eternas caminando enfrente de mi celda. Sus pasos eran como manecillas que indicaban hasta cierto punto una fracción del día; me sentía acompañado y, algunas veces, fuerte; pero todo iba disminuyendo, el sonido fue atenuando hasta el punto de volverse nulo, entonces empezó la verdadera tortura.

Hay supersticiosos que advierten que debemos tener cuidado con lo que queremos. Ésos los maté a puñados: les arranqué los ojos para que dejaran de ver más de lo ordinario; les clavé navajas y picahielos en el oído para que no oyeran al alma en pena arrastrando su desgracia en forma de cadenas por la calle; les arranqué la lengua y los obligué a tragarla para que aprendieran a no mentir sobre el infierno y, les deshice el cuerpo poco a poco, y disfruté su sufrimiento tanto, que estaría dispuesto a venderle mi alma al Diablo a cambio de torturar a otro; sólo que el alma la entregué hace mucho sin darme cuenta, lo entendí cuando vi mi cuerpo desabrido y lleno de larvas.

Yo quería que los castigadores se fueran y, hasta oré algunas veces para conseguirlo… pobre miserable como todos, deposité mi fe en la propia fe; quería escapar de aquí, correr, temía que si duraba más tiempo mi cuerpo sería insuficiente para alimentarme. Luego comenzó el crujir de las paredes, el llanto de los perros, el rasguño propio, el vómito de las serpientes y dormir entre veneno y trozos de vidrio.
Juro que traté de mantener mi mente en blanco, pero en un cuarto negro, completamente negro, aislado del resto del mundo uno es capaz de imaginar cualquier cosa, y justo ese fue el error: imaginar, porque todo se volvió cierto.

Distinguía la noche y la mañana porque siempre he sido metódica: estoy habituada a dormir de noche, y a mis víctimas siempre las maté de día; me gustaba ver sus rostros deshechos de pánico, a veces iracunda, otras, benévola, disfrutaba igual.
El castigador me preguntó una vez, mientras me violaba, si disfrutaba la penetración:
-Por supuesto que la disfruto, hijo de perra –le respondí antes de que viniera el verdadero disfrute. Por sus movimientos acelerados y sus gemidos bruscos supe que estaba a punto de eyacular, entonces clavé con fuerza mis uñas y, de un tirón le arranqué el pene, y lo abrí, le saqué las venas, hinchadas todavía del placer con que ese desgraciado me fornicaba; le corté el glande y luego lo abrí en dos:
-Para que comas despacio –le expliqué al castigador-, y no te vayas a morir ahogado con tu propio pene.
Cuando terminó de comerlo le dije que, ahora sí había tenido un orgasmo.

Los ladridos, los gritos, los rasguños, el crujir de las paredes, los vidrios, todo aumentaba, incluso mi pánico.
Si he de ser sincero, debo confesar que disfrutaba mi propia tortura y, en mis ratos de lucidez entendía penosamente que era probable que estuviera enloqueciendo; pero eso a quién le importa, el mundo está podrido de locos, negro de locos. Sólo una cosa me dolía profundamente: no poder mirar desde fuera mi cuerpo mutilado, mis huesos rotos o mi carne arrancada a mordidas, salvo cuando defecaba; hubiera sido un espectáculo por demás gracioso, ridículo, verme inofensivo, incompleto, inútil, durmiendo sobre vidrios y cadáveres, bebiendo veneno de serpiente.

Pero todo acaba. Esa fue, tal vez, la única esperanza, una esperanza sorda y gris llamada fin, una luz finalmente extinta, un muerto enterrado:
Y cuando esté del otro lado, vuelo
Voy a escapar de la muerte
Como se escaba del perro
De la mañana triste
Recordando, recordando
Hasta que todo se esfume
Y la esperanza se haga mito…

Ahora todo parece taladrarnos. Imágenes rojas y opacas se pasean por mis recuerdos, las oigo venir y luego escapan, se funden en las paredes de mi mente, se mimetizan con el sueño y duermen desordenadamente y sangran sin mesura y lloran inconsolablemente y desaparecen, igual que la oscuridad de la celda; nuestro cuerpo incompleto es vergonzoso: en lugar del pene tengo un hueco sangriento que duele como nunca había dolido nada. Ella me explica que tuvo un orgasmo, yo río, satisfecho de verla feliz porque la amo. La tomo por la cintura, la beso larga y delicadamente, acaricio lo que le queda de muslos y bajo mis labios hasta el cuello: su adrenalina me muestra una vena yugular perfecta, excitada, la beso con cariño, luego clavo mis dientes y la arranco.

Nos amamos.

Tomados de la mano nos tiramos al suelo, sobre la cama de vidrios y esperamos… ya no hay serpientes; las paredes crujen y se acercan a nosotros. Qué pequeño es todo ahora. Un enorme reloj cae sobre nuestro pecho. “Desgraciado, casi nos mata, casi nos priva de una muerte digna, poética, como la que todo hombre merece”.
Nuestros cuerpos sangran fluidamente y nos sentimos orgullosos de eso. A lo lejos logramos escuchar el llanto de los perros mientras somos ahogados por nuestra sangre.
Nos amamos.
Textos leídos durante la ceremonia del Convenio con Thiuime. Escritos especialmente para la ocasión y para la banda asistente.

2 comentarios:

  1. Anónimo6:26 p.m.

    Que chido el cuento.
    Yo he andado en San Cris varias veces y está de poca madre, a cualquiera se le antoja vivir por allá.
    Buena onda Clarimondos.

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  2. Anónimo12:29 p.m.

    Ke onda wey, ya no te acuerdas de la banda desde que te estas haciendo famoso..no no te creas chido por sus nuevos convenios para seguir haciendo olas literarias para la banda y los clanes de morelia. Oye cómo los topo a ustedes y a los thiuimes para entrarle su taller de literatura que van a hacer? Bueno estamos en contacto.

    Javier "El negro" Chia

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