domingo, noviembre 11, 2012

EL IZCUINTLE: El islam y otras tortas de jamón



El Islam y las tortas de jamón

Luis Enrique Anguiano Torres


Todos sabemos qué cosa es el Islam. Sobre todo después del 2001 que todo mundo comenzó a sentir el rigor de la última cruzada cristiana, con los EEUU como paladín de los buenos valores, y el odio hacia una religión que ya de por sí predicaba odio. Antes era nada más “los árabes” o “el mundo árabe” y ahora nos referimos a ellos como “musulmanes”.
Algo bueno debió traer toda la campaña de mala información que comenzaron los EEUU ¿no? Al menos sabemos que si eres musulmán y tu vieja te pone el cuerno tienes todo el derecho de matarla y si eres tú el que anda de cabrón, nada como que pagues por tu nueva esposa y ahora tengas dos.
Claro, no en todos los cultos musulmanes se permite eso porque, también sépase que están los sufíes, los suníes, los chiítas, los liberales, el coranismo, los ibadíes, etc. Y cada culto cuenta con reglas que los otros no. De hecho, las guerras internas son frecuentes dentro del islam siendo los suníes y los chiítas los que más se putean entre ellos ¿Las razones? Creer que ellos tienen LA razón y los demás no.
El dios del islam es el mismo que el de la biblia y, de hecho, reconocen a Jesús como profeta. El islam comienza en el mismo momento que comienza la biblia: Alá/Yahvé/Elohi crea todo el universo, incluida la tierra y sus pinches habitantes a los que tomará como raza predilecta –me sigue pareciendo un misterio el por qué nosotros y los pulpos no– para dictarles reglas sumamente disímiles a lo largo y ancho de los países y el tiempo.
Se supone que es el mismo dios el que está detrás del judaísmo, del cristianismo y del islam ¿Entonces por qué es común que entre los tres se anden matando? No tiene sentido, pero en fin.
El islam adoptó la costumbre judía de no comer cerdo por ser un “animal impuro”. Ya saben, andar entre su mierda todo el día y cosas por el estilo. Yo le encuentro más sentido si pensamos que en los tiempos bíblicos nadie sabía qué chingados eran los cisticercos, esos gusanos casi microscópicos que se te pueden meter al cerebro y empezar a comértelo, provocándote convulsiones, dolores de cabeza, pérdida de la memoria y otros tantos síntomas que un rural de la edad de bronce tardía bien pudo haber confundido con una posesión demoniaca o sobrenatural.
Nosotros no comemos cerdo ni res durante una época del año. Pero los judíos de neta, así, de verdad no lo comen nunca y los islámicos ante el cerdo son como vampiros ante crucifijos de ajo: nomás se tapan la cara parcialmente con los antebrazos con las palmas hacia delante en señal de “huevos, puto”, el torso echado hacia atrás y los dientes pelados haciendo el siseo que hacen los gatos cuando se encabronan.
Luego se sueltan el turbante y les salen alas de la barba y se van volando a rezar con dirección hacia la Meca, siendo ésta su santa iglesia que tiene nombre de adjetivo femenino singular para una persona que ande alcoholizada.
El odio de los judíos e islámicos hacia el cerdo es una de esas cosas a partir de las cuales se puede explicar el comportamiento cultural a grandes rasgos. Lo que Pierre Bordieu llama el “habitus” de una sociedad concreta. El conjunto de valores motivados que hace que las personas se comporten como lo hacen y que tiene sus raíces en lo que se llama tradición. Para los que no conocen el islam, déjenme decirles que es una cultura muy tradicionalista aún en sus vertientes liberales.
Hay islámicos que no consienten que sus esposas estén en la misma habitación cuando hay visitas. Hay islámicos que no consienten tener amigas. Hay islámicos que no consienten el consumo de alcohol pero sí el de la marihuana, el café y el tabaco (La hookah…¡Oh! Ese gran aporte musulmán al mundo) Hay islámicos cuya novia tiene que echarse una cobija encima para salir a la calle y puede que sean los mismos que se han aficionado al drifting y las carreras clandestinas de cuarto de milla en sus países.
Hay mexicanos musulmanes. En Morelia he visto niñas con hijab, el famoso velo que cubre el cabello y el cuello de la que lo porta. De hecho hace poco comencé a ver los videos de la hermana Itzel –la paz de Alá sea con ella– y me intrigué por varias cosas que ella llegaba a decir. Por ejemplo, que no era bueno tener perros en casa porque los ángeles no podrían entrar al hogar o que escuchar música mundana era malo. Todo muy bien dicho y con el Corán en mano respondiendo dudas que llegan a su correo.
En lo personal prefiero tener un buen perro que me avise cuando alguien se mete a la casa o que de plano le parta su madre con unas buenas mordidas a tener entidades invisibles e indetectables que, según, me van a traer paz y armonía.
Recuerdo una de las frases que leí hace tiempo cuando le eché un ojo al Corán. Decía algo así como “Ser musulmán es sumamente sencillo y el Corán provee un estilo de vida para seguir. Agradar a Alá es muy fácil” pero ya en profundidad te das cuenta que debes mudar de hábitos por otros que corresponden a un lugar muy distinto al que vives. Se trata de renunciar a muchas cosas. Una mudanza dramática, de un día a otro.
Puedo vivir sin perros en la casa o con la barba larga pero neta, neta, neta… No podría vivir sin cerveza y sin el cerdo en mole que prepara mi mamá.

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